José Manuel Fernández Ruiz - 01-07-2009 11:59:19 | Categoria:
General
A menudo hablamos del escaso o nulo protagonismo que suele tener el periodista en la gestión de los medios de comunicación, aunque sabemos que su impronta constituye uno de los atractivos más importantes del producto informativo. Hablamos de los géneros informativos más habituales en las páginas de los periódicos.
Ocurre en cambio que, a veces, el carácter personalista excede al contenido del artículo, o su actualidad. Aparece así la figura del periodista estrella, cuyo interés pretende que lo suscite más la personalidad del autor que la naturaleza de su trabajo. No me estoy refiriendo a los famosos columnistas que publican a diario en los diarios de ámbito nacional. Hay otra especie de comunicadores, en un ámbito más cercano, que se vuelven admiradores de sí mismos, aduladores de su inteligencia, que, yo creo, son víctimas de los halagos hipócritas de los supuestos lectores que les rodean.
En estos casos, es perceptible una característica inconfundible de ese periodismo, y es que tiene por destinatarios a unos escasos pero selectores lectores solamente. Parece como si se escribiera con valores entendidos, no sé con que propósito, para situarse intelectualmente por encima de la media, cuando ese barroquismo no hace otra cosa que ocultar un cierto vacío o el desconocimiento de la materia abordada.
Cuando escriben sobre política, por ejemplo, estos admirados columnistas utilizan un lenguaje de claves que elude exponer claramente la información que poseen, como si esos datos ocultos, al ser desvelados, pusieran en peligro la labor periodística, algo que la mayoría de las veces sólo resulta una impostura. En realidad tratan de disimular sus errores, su falta de documentación o su escaso dominio del asunto en cuestión, con ese pretendido tratamiento intelectualizado que no sirve para nada. Prefieren ponerse del lado del rumor o sus personajes preferidos, protagonistas de la noticia, que de los lectores, y eso resulta imperdonable. El periodismo no es eso.
En otras ocasiones, el autor se vuelve personaje por propia decisión. Si entrevista, las preguntas arrebatan todo el protagonismo a las respuestas, asiente o resta importancia a las afirmaciones ajenas, o las complementa con datos propios, como si sus opiniones fueran más atractivas que las declaraciones del entrevistado.
En lo personal, en cambio, estos periodistas-estrella suelen apagarse con demasiada frecuencia. Su escaso trato social les vuelve seres huraños, seguramente tímidos, pero ensoberbecidos por la proyección pública a que les someten los medios. Tan difícil de asumir resulta una cosa como la otra. No digo que los contenidos periodísticos tengan que ser anónimos, pero un exceso de protagonismo del autor a veces le hace perder perspectiva al artículo.
Sin embargo, nadie podrá restarles a esos comunicadores de pacotilla, el valor de su aportación mediática, por desenfocada que ésta sea, sólo por el permanente sentido crítico que ese esfuerzo conlleva.
José Manuel Fernández Ruiz - 16-06-2009 13:36:58 | Categoria:
Reportajes
Convendrán conmigo que las manifestaciones ya no son lo que eran. Los españoles nos hemos mostrado siempre como unos ciudadanos bastante apáticos en lo referente a expresar en público nuestras opiniones, que en eso consiste lo de manifestarse. Digo apáticos, por no decir otra cosa. Sí, somos vehementes cuando el motivo de la protesta afecta directamente a los intereses personales, al bolsillo digo. Entonces sí que la liamos. Sólo entonces.
Las manifestaciones de contenido político, caso aparte, tuvieron su punto álgido durante la transición, hace ya unos años, cuando todo el universo imaginable estaba sometido a discusión y todos nos podíamos sentir protagonistas de la historia. Los ciudadanos tomaron la calle al final de la dictadura porque, de alguna forma, deseaban recuperar un espacio que les había sido arrebatado. Sabíamos donde queríamos llegar pero no muy bien cómo conseguirlo, de ahí la necesidad de manifestarse que tenía todo el mundo en aquella época.
Vinieron los tiempos de normalidad democrática y todo se volvió rutinario. Las manifestaciones, también. Dejaron de ser lo que eran. Ni siquiera los sindicatos saben ya cómo movilizar ahora a los trabajadores. Las manifestaciones del 1º de Mayo recuerdan a cabalgatas de feria, por su tono alegre y desenfadado. No les falta ni música. Al verles, diríamos que la clase trabajadora carece de motivos para protestar. Los partidos políticos, que pasaron de la pegada nocturna de carteles a los anuncios audiovisuales y el photoshop, también han dejado de manifestarse, en este caso por motivos distintos. Los protagonistas de aquellas manifestaciones visten hoy de traje y corbata, que es un atuendo que resulta poco práctico en una manifestación, además de patético.
Curiosamente, muchas manifestaciones las convocan ahora las instituciones públicas, o las entidades vinculadas al poder, bajo la fórmula de la concentración, o el minuto de silencio, así resultan más breves y no necesitan excesivo poder de convocatoria. Apenas un posado para los fotógrafos, y se acabó. Es una manera cómoda de no olvidar los orígenes sin alejarse demasiado del despacho oficial.
La parte sonora, nada de griterío, consiste en una “improvisada” rueda de prensa para que puedan expresarse de forma ordenada, las opiniones que constituyen el motivo de la convocatoria. Las pancartas y banderas rojas al viento han sido sustituidas por un solitario rótulo de poliuretano, que exhibe el lema único de la movida, pactado previamente cuando no dictado desde arriba. La primera fila de manifestantes, la que saldrá en la foto, obedece más en su composición al decreto de protocolo que a la pasión manifestante. Los ciudadanos brillan por su ausencia, pero ni falta que hacen.
Y digo yo que corremos serio riesgo de convertir las expresiones de protesta en una paranoia si seguimos insistiendo en que sean los representantes del poder los únicos que se manifiestan, cuando en realidad debían ser ellos los destinatarios de la protesta. Es lo mismo que presidir un duelo y pretender al mismo tiempo ser el difunto. Nada que ver con el estribillo de la canción: “Antes muerta que sinsilla”.
José Manuel Fernández Ruiz - 10-06-2009 08:41:55 | Categoria:
General
En algún lugar he escrito que los periodistas hemos perdido la guerra de la información, de la libertad de expresión, después de haber ganado todas las batallas posibles para el resto de la sociedad. Por eso comprendo la frustración que deben sentir en estos momentos los informadores de Onda Jaén, ante la inminente privatización de ese medio. Conozco esa sensación.
Se trata de un problema con una doble perspectiva que conviene matizar. Por un lado, los trabajadores observan con incertidumbre el futuro laboral de la plantilla pero, sobre todo, rechazan la posibilidad de perder una identidad profesional que les pertenece, en un proceso de privatización que resulta tan predecible como injusto.
La existencia de medios de comunicación de titularidad pública ha sido históricamente un tema polémico, de análisis político más que profesional, y siempre con planteamientos diferenciados en función del objetivo a perseguir. Para los detractores, nada justifica la carga económica que su funcionamiento supone para el erario público. No parece necesario aclarar que la evidencia de pérdidas ha sido consustancial a la propia realidad de los medios públicos. Desde el poder se suele gastar con alegría para rentabilizar los contenidos, mientras que desde la oposición se les acusa de ser instrumento del poder.
Los defensores, en cambio, esgrimen que la libertad de expresión sólo pueden garantizarla los canales que no discriminan a sectores sociales por la naturaleza de sus opiniones, es decir, los canales públicos. Nadie, en cambio, reclama para ellos independencia de gestión.
El caso de Onda Jaén no es diferente, en mi opinión. Ahora todos parecen estar de acuerdo en aplicar una solución política a un problema económico, una solución que nunca sería planteada para otros servicios municipales. Se señala como culpable al mensajero, no el contenido del mensaje.
El argumentario utilizado en su momento en el debate sobre la privatización de Telemadrid, establece cierto grado de paralelismo con el caso que nos ocupa, y resulta clarificador. “La libertad de información está suficientemente garantizada por la actividad libre de la sociedad. Los medios públicos sólo son necesarios en casos excepcionales”, afirmaban allí desde el poder a la hora de justificar la privatización. Desde la oposición, en cambio, se preguntaban: “¿Ha sido parte del plan de privatización mantener una programación nefasta y teledirigida, para ahora poder decir que resulta imprescindible la privatización?”.
Además, en una situación de crisis, ¿a qué empresa puede interesar compartir un proyecto tan deteriorado? ¿Qué compensaciones espera recibir? El tiempo nos permitirá dar respuesta a estas cuestiones, pero me temo que entonces ya será demasiado tarde para buscar una solución alternativa a la que está encima de la mesa.
José Manuel Fernández Ruiz - 01-06-2009 12:06:39 | Categoria:
General
No es internet, en realidad, la causa de nuestros males. El problema del periodismo es que los periodistas estamos dejando de aplicar los códigos de conducta de la profesión. La crisis de la Prensa tradicional no sólo tiene que ver con el nuevo escenario planetario de la red de redes, al menos, no tanto como el abordaje de que han sido objeto los periódicos por parte de los sectores interesados de la información.
En cualquier caso, tenemos que decir que los medios ya no son lo que era. Eso es evidente. Las empresas editoras están mediatizadas por la cuenta de resultados, y eso les impide difundir mensajes que no sean políticamente correctos. Pero, al mismo tiempo, esa actitud, que no puede traducirse sino por una tremenda deslealtad hacia las audiencias, está cavando su tumba. El periodismo exige mantener vivas todas las expectativas de la audiencia o crearlas. La opinión pública reclama que las noticias tengan impacto, provoquen sorpresa, y ahora los periódicos, los medios en general pero sobre todo los periódicos escritos, no sorprenden a nadie, atentos como están sólo a complacer a unos y otros. Aburren.
Hace poco, en un encuentro sobre el fenómeno migratorio, una compañera me reprochaba que los políticos, las Administraciones, estuvieran molestos con la Prensa de Jaén, con los periodistas en general. No le contesté, pero pensé que ojalá eso respondiera a un panorama de independencia de nuestro colectivo respecto a los poderes públicos y no a un escenario de sumisión de los medios y de voracidad insaciable de los políticos.
En ese mismo acto, otro compañero, responsable de un periódico, se veía obligado a pedir disculpas por el uso en un titular del término “avalancha” (aplicado en el sentido de masiva afluencia de inmigrantes) al ser cuestionado por un supuesto aludido, cuando el léxico de la Prensa todos sabemos que no obedece casi nunca a los principios de literalidad y sí a su identificación con los usos sociales del lenguaje. Acostumbrados como están a la mansedumbre, a la falta de contestación, incluso a imponer sus contenidos, los personajes de la vida pública no admiten la mínima crítica.
La mansedumbre como rutina se extiende a toda la sociedad. De ahí que haya crecido de forma desmedida, y en todos los sectores, el interés por condenar al mensajero cuando las informaciones no responden al gusto del poder. El problema para los políticos en este contexto, es que tampoco les sirven los halagos, cuando la realidad publicada es tan poco displicente. Si nos fijamos atentamente, ya apenas hay noticias en los medios elaboradas a iniciativa de los propios periodistas. Eso ocurre por la sencilla razón de que no interesan a los editores, por no ser mercancía rentable.
Es decir, los medios renuncian al periodismo en aras de sus proyectos ideológicos o comerciales. No nos debe extrañar entonces que la sociedad busque en internet lo que ya no encuentra en los medios tradicionales. Se establece aquí una competencia desigual. Los medios no pueden competir con internet, más allá de razones técnicas, porque ésta ha heredado la frescura que perdieron los periódicos cuando sucumbieron al asalto de otros intereses.
Si dudas, haz periodismo: busca, investiga, contrasta las informaciones. Si no dudas, si no puedes contrastar ni te permiten investigar, estás ante una nota oficial.
José Manuel Fernández Ruiz - 14-05-2009 12:13:41 | Categoria:
General
Un inevitable empresario de la Prensa acaba de analizar el futuro del sector, mostrando su preocupación por los eventuales cambios estructurales que se vislumbran en el horizonte. Oírle hablar hace apenas unos años, era conocer los derroteros por los que caminaría el periodismo profesional. Siempre un diagnóstico certero. No así en su última etapa, donde parece destacar más el perfil de un hombre de empresa que el de periodista comprometido que fue.
En particular, ha hablado sobre el futuro de los periódicos tradicionales de papel, ante la presión cada vez mayor que ejerce sobre ellos el mundo de internet. El dilema es si les echará del mercado o el producto tradicional conseguirá subsistir. El problema para el empresario no radica en la diversidad de códigos que ahora se establecen en la información libérrima de la red, sino en el hecho de que ese “totum revolutum” impida asentar sistemas de negocio aceptables, como alternativas al periódico convencional. Ello como consecuencia de haberse trastocado radicalmente el modelo económico del sector: al irrumpir la red, afirma él, hemos pasado de un mercado con predominio de la demanda, a otro donde es la oferta la que prima.
Asegura que, un negocio cuya rentabilidad no supera el 4 por ciento, no puede mantener una estructura informativa convencional de redactores, corresponsales y editorialistas como hasta ahora conocemos que ocurre en los periódicos de papel, pues eso sólo puede sustentarlo una empresa de rentabilidad superior al 25 ó 30 por ciento de la facturación. Y seguramente, tiene razón, si todo lo que cuenta es el aspecto económico.
Ese planteamiento le lleva a pensar que la nueva situación nos conducirá a una información oportunista, es decir, sometida a los vaivenes populistas o demagógicos de la propia actualidad, que no contribuyen a estructurar una opinión pública estable. Es decir, una información imposible de controlar desde las esferas de poder que él sí domina, o eso deja entrever. Dicho de otra manera, internet no va a posibilitar unas audiencias estables a las que sea posible fidelizar, por estar sometidas a los influjos irracionales de los acontecimientos, y con la presencia de infinitas posibilidades informativas. En definitiva, será un panorama ruinoso para las empresas tradicionales.
Le preocupa menos, en cambio, el hecho de la previsible desaparición del periodista como elemento profesional de mediación en el proceso. En la red, no hacen falta, sencillamente, porque todos los lectores tienen la posibilidad de convertirse automáticamente en periodistas y fuentes informativas. Olvida nuestro personaje que la información, no ya oportunista sino oportuna, solo debe estar regida por los códigos que marcan el interés general y la curiosidad social, no la cuenta de resultados propia, ni los intereses que esa cuenta les lleve a defender.
A cambio de periódicos más rentables, influyentes y determinantes, nos encaminamos a un escenario de libertad que sólo los poderosos parecen temer. El temor de los periodistas no es el mismo, porque nuestra penuria viene de antiguo.