José Manuel Fernández Ruiz - 26-01-2010 09:44:15 | Categoria:
General
Hablar de periodismo en estos momentos es lo mismo que hablar sobre el enorme desequilibrio que se produce entre la aportación intelectual y humana del periodista y lo que, a cambio, éste recibe de la profesión, que en las actuales circunstancias suele ser bien poco.
El nuevo libro de la APJ recoge, fundamentalmente, testimonios sobre el resultado del reto personal que supone este trabajo, y que a menudo deviene en desencanto y desconsuelo, cuando no desesperación. Por ello, cuando nos adentramos en el tema, no podemos limitarnos, exclusivamente, a los aspectos puramente laborales del trabajo en los medios, sino también a los efectos que en el ámbito personal provoca la crisis de la profesión.
Detrás de una remuneración económica la mayoría de las veces injusta y ridícula, suele esconderse además todo un drama personal que nada tiene que ver con el dinero pero sí con la recompensa moral, en este caso inexistente, que conlleva cada jornada de trabajo. Surge así una primera cuestión fundamental: ¿Ha dejado el periodismo de ser una pasión, confundida ya su naturaleza y su objeto por otros intereses ajenos a la mera dinámica informativa? Tenemos testimonios en un sentido y en otro.
En realidad, creo yo, este no es un problema de calidad informativa sino de la predisposición al decaimiento que sufren los profesionales ante el cariz de la agenda, en un efecto rebote que equipara la saturación del periodista al hartazgo de la audiencia. Dicho de otra manera: con demasiada frecuencia se juntan el hambre y las ganas de comer.
¿Cuáles son las causas reales de la crisis del periodismo actual? Porque lo que nadie duda es que ésta es una profesión en crisis ¿Procede de la masiva aparición de medios y de la personalización informativa que permite internet o es consecuencia del aburrimiento de los lectores? ¿O son ambas cosas?
Los medios de comunicación, mal que nos pese, se han convertido en el escenario donde se dirimen los grandes debates de la política basura y la sociedad basura, amén de otras cosas, obviamente. Se convierten también, muy a menudo, en el cadalso donde son ejecutados, sin juicio previo, los personajes públicos candidatos a trofeos cinegéticos de la batalla social. Todos repudiamos esa situación, pero no hacemos nada por evitarla, o no podemos hacer nada por evitarla.
El periodismo ha pasado de servir a unos intereses sociales a otros intereses menos honorables, en un proceso en el que el periodista es utilizado como mero instrumento mecánico, sin criterio, sin otro valor intelectual o moral que el que requieran las necesidades de su empresa. Y así andamos.
José Manuel Fernández Ruiz - 28-12-2009 20:23:30 | Categoria:
General
Lean detenidamente este poema jocoso porque creo adivinar en sus versos un misterio oculto. ¿Quiénes son los personajes que aparecen?
Recuerdo una noche fría / De estrellas iluminada,
Y recuerdo la tostada / Que aquella noche comía.
Recuerdo el claro cristal / Donde bebí vino a chorro,
Recuerdo el preciado óleo / Que en mis dedos goteaba,
Recordando los chupaba / Como manjar delicioso.
Recuerdo el Ángel gozoso / Que con nosotros se hallaba;
Recuerdo, vino nos daba / Con ademán jubiloso.
Recuerdo el néctar precioso / Que en nuestra boca vertía;
Recuerdo que sonreía / Con aspectobondadoso.
Recuerdo el grato calor / Por las brasas en la hornilla
Recordando la morcilla / Y su agradable picor
Recuerdo un nombre de arcángel /Y el de un santo buñolero
Recuerdo comió el segundo, / Pero más comió el primero.
Recuerdo que dos doctores, / Muy desiguales en peso,
Igual le hicieron honores / A la sabrosa tostada,
Sin diferenciarse nada / ¡Yo no me lo explico eso!
Recuerdo que Periquillo, / Por mucho que se empinaba,
Al capacho no alcanzaba / Donde estaba la morcilla;
Recuerdo subió a una silla / Y nos dejó sin tostada.
Recuerdo las atenciones / Que tuvo el anfitrión;
Recuerdo al hijo burlón, / Que es nuestro amigo Manolo;
Recuerdo no estaba solo / Con su gran satisfacción.
Es mi recuerdo tan grato / Que me atrevería a decir
No se vuelve a repetir / Por muy bien que se prepare
Ni habrá nada que le iguale / A este inolvidable rato.
Estos versos pertenecen al poeta ubetense Cristóbal Herrador, un paisano del que desconozco casi todo. Sí me es familiar la fiesta que describe, entre otras razones porque yo asistí de niño a alguna de ellas. Se trata de un encuentro de amigos celebrado, calculo yo, a principios de los años sesenta del pasado siglo, sobre finales de febrero o principios de marzo, con motivo de la prueba de la cosecha de aceite, una vez finalizada la molienda de la aceituna, y almacenado todo el producto en las bodegas a la espera de su venta.
Mi padre, como titular por entonces de la empresa familiar, reunía a un grupo de amigos y conocidos para dar cuenta de unos panes tostados en la hornilla de la fábrica, todavía alimentada de leña de olivo y orujo, y degustar el aceite nuevo, acompañado de otras viandas y, por supuesto, abundante vino.
Al banquete, todo un espectáculo, no acudían nunca mujeres, hecho que nada tenía que ver con la tradicional exclusión femenina de los lagares vitivinícolas, sino seguramente al carácter grasiento y poco confortable, aunque muy acogedor y cálido, de las dependencias de una almazara.
De la descripción rimada que hace Cristóbal Herrador, me llama la atención, sin embargo, el tono un tanto misterioso que utiliza para presentar a los personajes. Entre ellos, apenas es identificable el nombre de mi padre, Manolo. Ni siquiera el del anfitrión, que debía ser mi abuelo. Del resto, tan solo pistas, referidas a su profesión, personalidad o apariencia.
A mis lectores de Úbeda les invito a descubrir la identidad de estos personajes, con el único propósito de enriquecer esta historia, recomponiendo los lazos de amistad que unían a todos ellos. Y si alguno se anima, pues a repetir la cata, cincuenta años después.
José Manuel Fernández Ruiz - 16-12-2009 19:54:56 | Categoria:
General

La Navidad se ha vuelto este año una celebración triste, apagada, como el ánimo de los consumidores. Las calles aparecen iluminadas, como siempre, pero resulta ser una luz tenue. Una ornamentación más sofisticada pero tenue, sin brillo. A esa sensación contribuye también el frío intenso y la humedad, que nos tiene a todos con el cuerpo un poco desencajado.
Resultaba difícil imaginarnos estos rigores invernales hace apenas unas semanas. Será el cambio climático, que hasta en la climatología se entromete la crisis para complicarnos la vida. En fin, las bajas temperaturas nos preparan el cuerpo para la tradicional nevada navideña que al final no llegará a producirse, como una muestra más del desencanto colectivo que nos invade.
Pese a todo, la Navidad nos induce a la ilusión, necesaria más que nunca para cerrar un annus horribilis en todos los sentidos. Los proyectos nuevos los acomodamos con optimismo en la caja de los buenos propósitos del año nuevo, aún a sabiendas de que, luego, las circunstancias se encargarán de tintar de gris la mayoría de los sueños, conforme el calendario vaya deshojando los días. Como un espejismo.
José Manuel Fernández Ruiz - 07-12-2009 13:28:02 | Categoria:
General
Entre las presiones que sufren los periodistas no son menores las que proceden del poder político, aunque no siempre sea posible distinguirlas si no se aíslan del contexto en que se producen. La peor de todas, que no suele realizarla nadie en concreto, es la presión social que crea y ejerce el sistema para que nadie escape al comportamiento políticamente correcto. Se trata de un mensaje institucional sibilino, insistente, repetitivo. Sólo es correcto lo que la sociedad y el poder, amparándose en un supuesto deseo social, han ratificado como correcto. Nadie debe sustraerse a ello.
Hace dos años, en un debate organizado por la APJ, tratábamos de establecer las bases para superar los desajustes en las informaciones sobre violencia en el ámbito familiar. Toda nuestra preocupación, según el discurso oficial, se debía centrar en impedir que las noticias sobre el tema conlleven algún tipo de impunidad para los agresores. El objetivo era orientar el criterio del redactor con recomendaciones que contribuyeran a la solución del problema. El hecho, como se ha demostrado, pasaba por encajar piezas extrañas en el engranaje informativo, sin advertir que podrían conducir a resultados funestos. Ahora, por su repercusión, el “caso Pastrana” nos hace pensar que estábamos en un error al diferenciar esas noticias de otras y extender sobre ellas un código específico.
Tantos mensajes apuntando en la misma dirección pedagógica y social, que llegamos a olvidar cuál es la principal obligación del periodista. La objetividad de las noticias no consiste en escribir bajo criterios sociales ni la exigencia de lo políticamente correcto. Quienes deben detener, acusar y juzgar a los culpables, son otros.
El caso de Daniel Pastrana es una consecuencia directa de esa tentación a la que a veces sucumben los medios y a la que los periodistas no nos sustraemos con la suficiente energía. Imitando la inercia social que prioriza la detección de los casos de violencia de género sobre el respeto de los derechos civiles del ciudadano, nos hemos unido al linchamiento moral, incluso físico, de alguien inocente.
Pero no estamos hablando sólo de un problema deontológico de trascendencia social. Hay otra vertiente profesional de indudable interés que no podemos pasar por alto, y se suscita cuando el rigor informativo deja de ser rentable. La prueba la observamos a diario: ningún medio otorga el mismo tratamiento tipográfico a una noticia truculenta que a una rectificación sobre la misma. Eso resultaría vergonzoso, pero lo peor es que sería aún menos rentable.
Se produce así una confrontación entre la responsabilidad moral del periodista y el interés económico del medio, de muy difícil solución. Para la actividad empresarial es prioritaria la competencia comercial, como factor de subsistencia, y en esas circunstancias no suelen extremarse las precauciones que preservan la calidad informativa. Es más, a veces suele primarse lo contrario. No en vano, de un suceso salpicado de sangre se obtienen mayores ingresos económicos que de otro sin esas connotaciones, con independencia de que, a la larga, eso suponga una grave merma para la credibilidad de todos los medios, cuando compiten en la carrera por acentuar el drama.
Sólo parece importar el día a día. Tememos más equivocarnos por defecto que por exceso, lo cual constituye una monstruosidad. No podemos olvidar que nadie está exento de sufrir en su persona una situación como la vivida por Daniel Pastrana. Los periodistas tampoco.
Esta historia no tiene nada que ver con acontecimientos recientes, posiblemente ni con la realidad, pero resulta muy ilustrativa sobre una cuestión de enorme actualidad. Me ha venido a la memoria al oir a algunos dirigentes políticos pedir prudencia o discreción a los periodistas, cuando lo que se pretendía, en realidad, era que determinadas informaciones no vieran la luz. Unos exhiben razones de Estado y otros, otro tipo de argumentos, por lo que se ve, de un calibre menor, pero igualmente poderosos. El problema surge cuando esos intentos por coartar la libertad de expresión no resultan fallidos.
El episodio a que hago mención circula desde hace años como leyenda urbana para regocijo de unos e indignación de otros, según las afinidades políticas de cada cual. Desde luego, parece imposible certificar su veracidad. Todo el mundo le concede credibilidad al relato, por los muchos elementos reales mencionados en el mismo, o quizás porque ven aquí reflejada la naturaleza humana, lo que obliga a pensar que la versión, al menos, parece verosímil, entre otras razones, porque nadie suele igualar en inventiva a la propia naturaleza.
La historia hace referencia a un alcalde que sufrió los efectos indeseables de cierta píldora de color azul, cuando se hallaba en compañía de una señora a la que frecuentaba de forma clandestina, peluquera ella por más señas, se aseguraba, como si a este gremio pudieran atribuirse alegremente comportamientos que no son identificables en otros profesionales.
La prolongación indefinida del estado gozoso, produjo primero en el edil ciertas incomodidades que luego fueron agravándose al comprobar que aquello, lejos de desistir, cada vez adquiría una consistencia mayor. Saltaron entonces las alarmas en el nido amoroso y no tuvieron otra que requerir ayuda facultativa, en vista de unos síntomas tan espectaculares como dolorosos.
Total, que nuestro personaje y su compañera avisaron a los servicios sanitarios como última medida a tan incómoda e íntima crispación, no sin antes haber probado con baños fríos, masajes y toda clase de apósitos. La ambulancia se personó inmediatamente en el domicilio donde no esperaban hallar al alcalde, y al comprobar las asistencias de quién se trataba y las características de su mal, no tuvieron por menos que tomarse el asunto con cierta parsimonia y aplicar al servicio todo tipo de protocolos y garantías de procedimiento, no fuera que el incumplimiento de la normativa sobre urgencias la sufriera en sus carnes una primera autoridad local, y para qué más lío el que se hubiera podido formar.
El alcalde, en aquel trance, observándose tan desarmado, en sentido figurado, claro, no alcanzaba sino a pedir “discresión” a las asistencias, médico, ATS, conductor y camilleros, requerimiento que no consiguió sino el efecto contrario al deseado: como en una cabalgata de feria, fue paseado por toda la ciudad, cubierto con una manta que no dejara ver sus vergüenzas en erección, pero con todas las sirenas, focos y luces de la ambulancia encendidos y a todo trapo, con lo que el accidente rijoso a punto estuvo se salir en la portada de todos los periódicos nacionales o ser retransmitido por alguna televisión local, en horario de adultos.
Por mucha "discresión” que se aplicara al asunto, nadie pudo evitar que todo el vecindario supiera al día siguiente la peripecia del alcalde, con pelos y señales, así como la identidad de su amiga secreta, que ya dejó de serlo a consecuencia del escándalo. Bueno, dejó de ser secreta la amiga del alcalde y dejó también de ser vecina de la localidad, porque tuvo que marcharse a vivir a otro pueblo.
El alcalde también dejó de ser alcalde, aunque todos atribuyeron el fin de su carrera política a sus malas relaciones con el aparato del partido, lo cual, según esta versión, constituye toda una falsedad. Porque la culpa no la tuvo el aparato del partido, la culpa la tuvo su propio aparato.