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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Calvario informativo, pero menos

 No está de más hacer de vez en cuando alguna autocrítica sobre la forma que tienen los periodistas de ejercer su responsabilidad en la gestión de los medios. Aparte de saludable, un análisis en esa dirección nos permite no perder una perspectiva social amplia sobre nuestro cometido. Lo contrario, ineludiblemente, nos conduce a la soberbia de pensar que siempre nos asiste la razón, cuando no es así. 

 No he podido apartar este pensamiento de mi cabeza, después de leer las conclusiones de un encuentro celebrado en la Facultad de Comunicación de Sevilla, sobre aplicación de la normativa electoral en los contenidos informativos de los medios de titularidad pública. Participaban estamentos académicos, profesionales e institucionales, que no hace falta precisar. 

Me ha llamado poderosamente la atención, de principio, el resquemor de algunos periodistas respecto a la actuación de los jueces en la función de control de esa gestión. Por esta causa, llegan a definir la labor informativa como un verdadero calvario, imposible de padecer, en lo concerniente a aplicación de minutajes y equilibrio en el tratamiento de las noticias de contenido político, es decir, en el mantenimiento de la imparcialidad e independencia que se le supone a un medio público, y su sometimiento a la proporcionalidad de los espacios con relación a la representación parlamentaria de cada grupo. En concreto, se quejan los redactores de la Radiotelevisión Andaluza de la permanente ingerencia de los jueces, mediante sentencias condenatorias, en la tarea profesional de interpretar la actualidad política y trasladarla a la sociedad, subrayando, en todo caso, que precisamente son los periodistas los profesionales mejor preparados para entender esa misión, y no los jueces. Subyace en la afirmación un cierto tono de rebeldía, eso parece evidente, pero en ningún caso se alude al deseo de hacer caso omiso de las sentencias. Bueno, yo pienso que mis colegas se equivocan de medio a medio, por varias razones. La primera es que no es posible entender el funcionamiento de ningún organismo, entidad, empresa o colectivo sin el sometimiento a la ley y el control de los tribunales. Efectivamente, los jueces no suelen tener conocimientos sobre periodismo a la hora de sentenciar, pero tampoco los tienen sobre medicina,  arquitectura o mercadotecnia y, sin embargo, sentencian sobre estas materias, y los afectados no suelen sufrir por ello ningún calvario. Si los jueces no saben sobre algo, puntualmente, pues supongo que tendrán que aprenderlo para sentenciar, y el periodismo no puede ser una excepción, menos aún si se ejerce en un medio público. 

Por lo demás, las decisiones adoptadas por los redactores en ese ámbito,  se supone que responden al ideario que les trasladan sus superiores, que a su vez, no lo olvidemos, han sido nombrados con criterios de representatividad política. El control, por tanto, parece doblemente aconsejable, eso sin contar con que las pérdidas económicas de la gestión se anotan en el presupuesto de todos, no en el de los editores. Es decir, sus errores los pagamos todos. Pero es que, por si fuera poco, las quejas que luego se materializan en sentencias, nunca proceden del grupo que nombró a esos editores. Y, eso sí, da mucho en qué pensar sobre la tan cacareada independencia. 

Divagaciones sobre género

A veces los periodistas nos ofuscamos en la defensa de unos argumentos que, por su aparente endeblez, nos obligan a explicarlos con reiteración, empalago e, incluso, angustia. Es el caso de la mal llamada violencia de género, mal llamada no por tratarse de un concepto ficticio, sino imposible. Ya saben,  la violencia nunca podrá ser aplicada en materia de género, porque éste es un elemento gramatical, y difícil tenemos hacerle maltrato a las palabras de forma violenta, aunque algunos ejerzan con verdadera maestría en el empeño. 

Lo que ocurre es que, como las modas, hay palabras o conjuntos de ellas, cuyo uso político les otorga carta de naturaleza, y los personajes de verbo fácil, por no decir ligero, las hacen extensivas a todo lo que se les pone por delante.  Sin ir más lejos, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía insiste en el error cuando considera que deben anularse los contenidos referidos a ideología de género de la asignatura Educación para la Ciudadanía, lo cual nos viene a indicar que tampoco en el ámbito de la Judicatura merece mayor respeto la correcta aplicación semántica del vocablo. 

 Realmente, el defecto no es de ahora. Ya hemos hablado alguna vez en esta columna del fenómeno de las palabras gastadas, expresión que sirve para un roto y un descosido, incluso para los gestos de agresión, si las palabras son lanzadas como piedras al adversario, ejercicio muy del gusto popular. El maestro Manu Leguineche dice que hay palabras que habría que tener en remojo una temporada, como los garbanzos, antes de utilizarlas en una conversación o un texto escrito. Más vale en esos casos administrar los silencios, es decir, callarse, que adentrarse en una terminología confusa que empobrece nuestro idioma. Intenciones aparte, las palabras mal utilizadas corren el riesgo de gastarse antes de la cuenta, amén de perder su verdadero significado.  Como anda corto de vocabulario el andamiaje intelectual de la mayoría, hacemos caso omiso de las recomendaciones que nos llevarían a una expresión correcta, y  una y otra vez recurrimos al latiguillo. Porque, sinceramente, no creo yo que haya algo más que desconocimiento gramatical detrás de esa expresión, y no precisamente de un/a miembro/a de la RAE. El término violencia unido a género, en lugar de violencia por razón de sexo, lo inventaron los políticos y, como ellos, no hace sino crear controversia. Sabemos lo que querían decir, pero no anduvieron finos. Antes, en cambio, era el uso social el que imponía las expresiones, y así se consolidaban mejor, sin tantas prisas. 

No piensan así quienes otorgan al término categoría ideológica, más allá de lo gramatical,  y  acusan a sus adversarios de ocultar un fondo reaccionario en esas interpretaciones. A estos habría que decirles que, no por inventada, la expresión deba recibir un respeto unánime.

Sí es cierto que suelen renegar de la idea, no de la palabra en sí, sin importarles la expresión correcta, sectores radicales de la derecha, la Iglesia y, como hemos visto, la rama más conservadora de la Judicatura, no por casualidad. La derecha es la derecha. Por cierto, el término derecha, para determinar sólo una posición, ¡qué éxito tuvo en política! El caso es que los políticos seguirán atribuyéndose el derecho a bautizar nuevos conceptos, saltándose a la torera todo lo que haga falta, gramática incluida. Todo muy al gusto de la época, y del género nuestro.

 

Trapicheos telefónicos

 



 Por temporadas, hay sectores productivos que declaran sus particulares guerras comerciales, guerras de precios, se entiende, con el fin de dar salida a la mercancía que hace bulto pero no rinde, y poder introducir los artículos de mayor novedad.  Para los del ramo textil, entre otros,  están las rebajas de enero y julio, a cuyo término toca cambio de escaparate. No es el caso de los mercadillos, que son como unos grandes almacenes pero a pie de tierra, toda una gran planta de oportunidades Más recatados son los concesionarios de coches. 

  Hay, sin embargo, una lucha sin cuartel que últimamente está registrando numerosos daños colaterales entre los usuarios. Me refiero a la competencia entre operadores de telefonía, un sector en el que deberían poner orden las autoridades, sobre todo  en el capítulo relativo a publicidad de las tarifas y servicios de atención al cliente, un verdadero galimatías que, casi siempre, deriva en la protesta del consumidor, con toda la razón del mundo.

 Evidentemente, cuando solo existía una empresa no había más remedio que entrar por el aro, si bien la Administración Pública ejercía el papel compensatorio que hoy se concede al mercado. Todos pedíamos a gritos la libre competencia de ofertas y la entrada de nuevos operadores, como ahora ocurre. Pero, la verdad, ya no sabe uno a qué atenerse, porque a veces nos encontramos con los problemas de antes, añadidos al desparpajo de ahora, y con muy escasas ventajas. Por ejemplo, el que fuera operador único niega ahora determinados servicios (la infraestructura básica para edificios en construcción, por ejemplo) sólo en localidades donde sabe que no tiene competencia. En otros casos, dice ofrecer mayor potencia o capacidad de conexión a internet, cuando en realidad no puede prestar esa cobertura. Ya no habla, como entonces, de interés social. Al margen de otras peculiaridades en los procesos de contratación de servicios (es fácil contratar, pero no tanto darse de baja), en todos los casos resulta escandalosa la publicidad que le llega al consumidor, escandalosa por lo confusa y manipuladora.

En las continuas ofertas, la cifra del precio es enorme, mientras que en caracteres diminutos se nos informa que ese precio sólo tendrá vigor dos meses. Para el resto del contrato, ni pío, o una letra aún más pequeña.  Raro es el operador cuyo servicio de atención al cliente sirva para algo, menos aún el departamento de quejas, si es que lo tienen.  De los departamentos de asistencia técnica, mejor no hablar. Nadie se hace responsable de nada. Las operadoras repiten un soniquete supuestamente cortés con el cliente, pero ininteligible, si es que responden operadoras, todas por supuesto de algún extraño país donde no se habla castellano, o se habla fatal. Lo más fácil será que los números de la compañía remitan a otros departamentos mediante una tecla opcional, según el objeto de la llamada, para que, finalmente, se nos requiera una breve explicación del problema, antes de que nos dejen con la palabra en la boca.

Falta de respeto, o algo peor si luego te encuentras en la factura servicios que no deseabas. En fin, una calamidad a la que solo puedo responder con el silencio. El de mi teléfono, claro.

Canciones de despacho

   Me ha venido a la cabeza este pensamiento, con una mala sensación, al oír   una música de fondo parecida a la que acompañó los últimos días de mi vecino de despacho, en la habitación de enfrente. Por un momento me ha distraído de lo que hacía. He escuchado de nuevo ese puñado de melodías que hace años dejé a un lado y tenía casi olvidadas, y no he sabido qué pensar. Son hermosas canciones que señalaron épocas concretas de mi vida y que, recopiladas ahora, marcarían un completo recorrido por cincuenta o sesenta años de la historia de mucha gente. Sin embargo, me han parecido antiguas, como de otro tiempo, cuando no vienen acompañadas de recuerdos concretos, de imágenes que el tiempo ha tranquilizado para que la mente las pueda retener indefinidamente. 

  He pensado en esa música como en la banda sonora individual que cada persona elige para sí mismo y luego se identifica con episodios aislados que, unidos a ese otro estribillo que aporta nuestra piel, construyen toda una vida y se rememoran cuando ésta puede estar a punto de finalizar. Recuerdo cómo le miraba a la cara a mi compañero y veía a una persona que fue contemporánea de mi propia existencia, que incluso pudo sentir cosas parecidas a las mías y que la música después le permitió revivir los acontecimientos felices, que como tales, quedaron retenidos en la memoria, anclados a una melodía como la sintonía que permanece vinculada a la escena de una película y ya se nos hace imposible separarlas. Todos sabíamos que ese compañero, vecino de despacho, estaba gravemente enfermo, presentíamos que iba a morir. Resultaba evidente que él también lo sabía y ocultaba su desconsuelo, quizás su resignación, escuchando esas canciones que, aunque muy bellas, en ese contexto  dejaban de ser alegres.

  Ahora es también una cinta magnetofónica la que suena,  como la que él  ponía una y otra vez, subiendo en cada ocasión el volumen del reproductor, como si las demás cosas que le rodeaban significaran ya muy poco, cada vez menos cuando uno se enfrenta al propio destino y no cabe la ayuda ni el consuelo de nadie. En realidad, pienso que no se sentía triste. Era otra cosa. Se mostraba ausente en la espera incierta de su final. La mirada, orgullosa y desafiante de años atrás, se había vuelto perdida. Ya no era una mirada afilada, como tampoco su voz ni sus gestos. Parecía como si sólo le importara la música, su música, donde dormían sus recuerdos y las sensaciones que siempre le acompañarían, incluso más allá del final. 

 La luminosa habitación, grande y con vistas al parque, había languidecido durante esa triste espera, así la recuerdo. El, abstraído de todo, cada vez pasaba menos tiempo en  ella,  últimamente  apenas  sin  papeles  encima  de  la  mesa. Su presencia parecía inadvertida, como si ya no pudiera alterar el paisaje interior de esa oficina. El escritorio ordenado, igual que las mesitas auxiliares, todos los muebles y objetos personales, parecían elementos inmóviles de una decoración que ya no contaba, por falta de utilidad. Su historia se había detenido, no podía ser ajena a la escena sombría de una persona aguardando la muerte. Como él, también se apagaron.  

Aún presintiéndolo,  el desenlace nos pilló a todos por sorpresa. Luego, ese despacho ha permanecido vacío varios meses, un periodo prudencial y de respeto, me han dicho, suficiente como para que pudieran quedar desalojadas las cosas personales de su dueño anterior, ya sin valor ni significado. Esa es la costumbre para estos casos.  Durante este tiempo, casi nunca ha vuelto a entrar nadie. Sólo uno de los ayudantes del fallecido, tal vez por la costumbre, se asomaba todavía incrédulo para cerciorarse de que su jefe no estaba, con la vaga esperanza de que la pérdida sólo fuera un accidente pasajero. Le echaba de menos, eso era evidente. Juntos comentaban todos los lunes, durante años, nada más llegar al trabajo, las andanzas del fin de semana y los resultados del fútbol. Hasta hace bien poco seguía haciendo lo mismo: abría la puerta como siempre, entraba al despacho y echaba un vistazo a todo y, con la mirada nublada, ante la ausencia del amigo, volvía a marcharse.

En estos días ha llegado el relevo, el despacho vuelve a tener utilidad y, curiosamente, a esa habitación vuelve a entrar la luz, ha vuelto a ser una habitación iluminada. La música lejana ha pasado a un segundo plano. Ahora suena como un murmullo que apenas distrae mis pensamientos.  La irrupción de la primavera, y su explosión luminosa, ha coincidido con la llegada de un nuevo inquilino al despacho. Se trata de una mujer, joven y hermosa, a la que la habitación ha recibido con orgullo,  así es el clima que hoy reflejan esas cuatro paredes. La estancia ha vuelto a darle vida a los objetos, el sol ilumina de nuevo todos los rincones, como si la historia empezara de nuevo después de un punto y aparte, una historia nueva en cada caso, aunque enlazada con la anterior, siempre inacabada. Las manillas del reloj vuelven a marcar el comienzo, un volver a empezar que se repite de forma cíclica. Desde luego, nadie podría decir que las habitaciones carecen de alma, si sus paredes pudieran hablar.

Curiosamente, en este nuevo pasaje de su historia, en el despacho no se echan de menos las canciones de otra época, ya no cuentan. Su música está aún por llegar.

Luz, taquígrafos y televisión

Desde el principio he dicho que no es una medida acertada retransmitir por televisión los plenos del Ayuntamiento de Jaén. Sin embargo, no cabe simplificar la respuesta, y que ésta sea alineada con los que consideran que se trata de una maniobra política, en lugar de un intento baldío para mejorar la información que recibe el ciudadano sobre los problemas de la ciudad. Entre otras razones, porque si alguien tuvo intención manipuladora, debe saber que estas retransmisiones le reportarán muy pocos réditos y, seguramente, ninguno positivo.

 En primer lugar, habría que decir que se comete un error al transformar un medio de comunicación en un mero altavoz de los sucesos locales, cuando las funciones de uno y otro instrumento son diametralmente opuestas. La diferencia  radica precisamente en la intervención decisiva del periodista, que es el encargado de separar la noticia de aquello que no lo es, y en los plenos no todo es noticia. Es más, casi nada lo es en las actuales circunstancias. Se confunde la cantidad informativa con la calidad. Si no hay un periodista para explicarlo, la confusión siempre será mayor. Además,  la extenuación que producen unos plenos interminables, nunca podrá contribuir al interés de la gente por los asuntos municipales, razón que debería determinar el propósito de la retransmisión. En segundo lugar, se hurta a la audiencia la necesaria aportación profesional que representa la documentación de las noticias. Nada o casi nada de lo que se dice en los plenos tiene sentido para la opinión pública si no va acompañado de los datos necesarios que contextualicen los acuerdos. Tampoco contribuirá a explicar los contenidos la falta de antecedentes y consecuencias de cada decisión, que es la base para la elaboración de una noticia de interés. En ningún caso puede ser  desdeñable el argumento relacionado con la propia naturaleza del medio, en este caso audiovisual, por lo repetitivo de las imágenes servidas, que como tales dejaron hace mucho tiempo de ser noticia. 

 Es un error, en definitiva, porque en lugar de dar más información, se está mermando la capacidad del medio. Por si fuera poco, se ofrece a horas en las que a menudo el ciudadano no puede atenderlo (los horarios del  telediario no se eligen por casualidad), además de presentar un formato extremadamente aburrido. Quiero decir que, si alguien piensa que estamos ante una información interesada, en estos términos, el resultado del directo va a ser sin duda contraproducente. La repetición del programa en diferido no hará sino insistir en el fracaso informativo, al prescindir también de la sorpresa. En fin, pocos elementos quedarían en el haber de la medida, informativamente ninguno. Realmente, los debates políticos carecen de interés en sí mismos. Si incluyen insultos y descalificaciones, además, flaco favor estamos haciendo a la convivencia social. 

 La televisión es una ventana al mundo, reza una definición idílica del medio, pero como alguien apuntó también, los postigos de las ventanas, aparte de abrirse siempre desde dentro, a voluntad del propietario, deben abrirse con el propósito de que entre la luz en las mejores condiciones. Y esta de aquí es una luz que alumbra poco.  




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