Al otro lado del espejo

Blog personal de José Manuel Fernández. Artículos periodísticos de contenido social y cultural

Pareja de baile

La estilográfica es una chica con la que bailo agarrado.  La tomo por la cintura y los dos dibujamos sobre la pista de papel en blanco una partitura que yo le voy susurrando al oído. Ella de puntillas, como una bailarina profesional de técnica depurada; yo, como director de ceremonia, tratando de conjugar sus movimientos delicados con la música que sale de mi cabeza. 

Debo reconocer, sin embargo, que no siempre existe armonía entre los dos. En realidad, hay veces que no sé muy bien quién manda en el tándem, si mi cerebro creador o su esqueleto primoroso.

Los pensamientos se suceden con rapidez cuando una idea original me provoca el deseo de escribir. La pluma, entonces, parece detener ese primer impulso mío, como apuntando la necesidad de una reflexión mayor sobre el asunto. No quiere que me precipite, sentencio yo cuando se atasca el plumín. Y reconozco que da resultado, porque la frase siguiente que dibuja mi mano suele venir mucho más trabajada. 

En ocasiones incluso he comenzado a desgranar los párrafos de una historia y he visto cómo el argumento no discurría según mi voluntad: ni planteamiento ni nudo ni desenlace, nada  respondía al  proyecto del autor, es  decir, mi proyecto, cuando acababa plasmado en un folio.

La estilográfica decide a veces darle otro sentido a las cosas. Parece que baila sola y me rebelo, aunque luego tenga que rectificar y asumir que ella, ¡siempre ella!, tenía razón. Desconfío entonces, y adivino una mano oculta en la maniobra. 

Digamos, en fin, que hacemos una buena pareja, a pesar de mis movimientos dubitativos, fruto de la ansiedad, que ella difumina con encanto y fragilidad. Tengo la sensación de que esta pluma, con su porte aristocrático, corrige muchos de mis errores para  que la pieza concluya de forma brillante, aunque a un precio excesivamente alto. Definitivamente, se toma demasiadas libertades. 

Después de darle muchas vueltas, caigo en pensar que, en cierta forma, la pluma me vigila como si fuera una prolongación de los ojos de mi mujer, que fue quien la puso en mis manos. Si fuera así, habría una complicidad entre ambas para evitar mis devaneos, o yo qué sé qué intención. Esa es una posibilidad que no termina de tranquilizarme, porque significaría aceptar que existe una conspiración en toda regla contra mi, más allá de una sospecha. 

El caso es que, desde que escribo con ella, mi mujer ha comenzado a mostrar interés por mis páginas. Le pido que lea algo y después sonríe con satisfacción, como si el texto le resultara familiar. No le pone pegas ni sugiere cambiar nada, circunstancia que hace apenas unos meses yo habría considerado un milagro. 

Por eso, llego a la conclusión de que mi mujer y la pluma están conchabadas, o una es la extensión de la otra. Lo cual quiere decir que mis devaneos estilográficos no podrán traspasar los límites que la fantasía establece como correctos para una relación estrictamente profesional, aunque ello me provoque cierta frustración.  

Pero si, como parece, a la postre ella siempre acabará por enterarse, la deslealtad sólo quedará en un pecado venial, dado que algo habrá tenido que ver en el asunto. Por el contrario, si le soy fiel a una, lo seré a las dos, y los tres quedaremos contentos.

Cuando la fuente se seca, todos al paro

Me apena decirlo, pero el periodismo tiene ya poco que ver con la realidad que interesa a la gente. El contenido de las noticias se vincula ahora más a la versión oficial de las cosas y los hechos que a las necesidades de las personas o la curiosidad que despiertan en ellas. Los medios se han convertido en meros instrumentos de la información oficial.

El problema es que los periodistas nos estamos convirtiendo en rehenes de esa dinámica y, a la postre, en víctimas propiciatorias. 

El diálogo social que se establece en los medios de comunicación se ha vuelto en los últimos años en caudal de una sola dirección. Las noticias tienen un único sentido. Mientras el poder tiene acceso libre a los canales de comunicación para emitir sus mensajes, la sociedad se ve cada vez más limitada para emitir una respuesta. El flujo informativo circula casi siempre de arriba abajo y la sociedad queda silenciada. Todo tiene que ver con la lucha política.

La estrategia del poder consiste en mantener permanentemente la iniciativa en el debate público, en cuanto a actividad y argumentación. Se trata de evitar, por todos los medios, que el juego se desarrolle en campo contrario, en terminología deportiva. Los políticos quieren siempre jugar con cartas marcadas, con ventaja. El adversario (todos los que no se alineen con sus postulados) se verá así forzado a debatir sobre temas en los que no se siente cómodo. 

Luego están los intereses de los titulares de los medios, que unas veces son confesables y otras no. Los empresarios del sector tienen tendencia a creer que todo está permitido para mantener el negocio rentable, que incluso los contenidos informativos son material dúctil que debe acomodarse a las necesidades del balance. 

Por eso, los periodistas no dejamos de reclamar en todo momento una gestión profesionalizada de los medios, que evite la manipulación informativa y la docilidad forzada ante los poderes públicos. Las fuentes oficiales no pueden ser el único caudal informativo que llega a un medio, por muy generosas que sean las instituciones públicas. Porque cuando se acaban las subvenciones, la fuente se seca y los trabajadores son despedidos.

¿Por qué se distancia la sociedad de la clase política?

Ha sido una constante en la historia de España. La escasa capacidad de liderazgo de la clase política, que las encuestas identifican como una de las principales preocupaciones de los ciudadanos, parece guardar relación con el decepcionante distanciamiento que han mostrado las oligarquías más preparadas de nuestro país respecto de la gestión pública. Los profesionales más capaces y los grandes intelectuales, siempre han huido de los partidos y, por extensión, de cualquier actividad relacionada con la política, en un fenómeno de aversión que parece recíproco. 

 Hay un esfuerzo interno para alcanzar el poder dentro de las organizaciones políticas, porque ésa es la única vía posible para aspirar a las listas de candidatos, lo cual favorece la formación de grupos enfrentados. Porque ser candidato es estar en política con opciones, y solo se puede estar si se pertenece al grupo dirigente. El resto de militantes se comportará como un grupo amorfo, asumirá un papel de feroz oposición o directamente serán expulsados. 

Gente como la que hoy hace política, de forma profesional, solo puede triunfar en sistemas partidistas tan endógenos como el de nuestro país, donde no es posible acceder a ningún cargo de elección democrática si previamente no se ha pasado por el proceso de control interno de los partidos, de ahí que los mayores esfuerzos se centren más en lograr el poder dentro del partido que en adquirir una formación técnica adecuada. Por eso, los mensajes y propuestas que se formulan suelen ser en realidad apriorismos ideológicos basados en el pasado.  No es pues la mala fama de los políticos lo que inhibe de la actividad pública a los mejores, sino la propia organización interna de los partidos y su encorsetamiento disciplinario disfrazado de ideología.

 Por eso, la identificación de sistema democrático con el procedimiento de listas cerradas que defienden los partidos conducirá, necesariamente, al cuestionamiento de toda la arquitectura institucional  si ésta se muestra incapaz de resolver los problemas.

 La política, así planteada, será pues el primer obstáculo a demoler, el que impide la participación real  de los ciudadanos,  porque llegan a descubrir que, en realidad, ese es un mundo ajeno a los intereses generales. Además, el clientelismo fomentado por los partidos suele entrar también en crisis cuando las nuevas generaciones no se pueden adoctrinar con sucesos enquistados  de los que no participaron, y se mueven más por criterios de interés  personal  que en virtud de planteamientos  ideológicos o políticos ya desfasados. 

 Con todo, hay pistas, más que ilustrativas, para deducir que nos dirigimos hacia una realidad política distinta y transversal, cuyo único reclamo será la eficacia y no la demagogia, como si la política quisiera corregirse a sí misma de tantos años de errores.

El oliva virgen, a precios hortofrutícolas

 Puede ser cierto lo que opinan muchos expertos comerciales: el verdadero problema del aceite de oliva, por lo que a los andaluces se refiere,  no está relacionado con la calidad sino con el enorme volumen de su producción, circunstancia que le llevaría en ocasiones a ser competencia de sí mismo, a veces incluso competencia desleal.  

 Sin embargo, todo hay que decirlo, son los agricultores los que han llevado al sector a esta situación, tal vez motivados por las generosas subvenciones que han venido recibiendo de la Unión Europea, y que han convertido el campo en absoluto monocultivo del olivar, en particular Jaén, con los peligros que este panorama lleva consigo.  

Lo curioso es que, aún pudiendo controlar el mercado con una  posición de dominio, tampoco se han adoptado decisiones en la buena dirección. Todos los intentos para unificar la oferta en origen han sido siempre infructuosos o han acabado como el rosario de la aurora. Cada cooperativa se ha movido bajo su propia dinámica, tratando de rentabilizar a corto plazo iniciativas que, casi siempre, se han mostrado equivocadas. La inversión o el riesgo, en términos comerciales, nunca han existido en la agenda del sector.

 Por si fuera poco, el futuro de las subvenciones (verdadero motor de la producción hasta ahora) parece vislumbrar a corto plazo un modelo  prácticamente agotado.

 Ahora asistimos al maltrato del aceite en los mercados, obviando cualquier valor añadido a los costes básicos de producción, cuando era ésa la única consecuencia previsible a la permanente atonía del sector. O mucho nos equivocamos, o los precios de los graneles, con independencia de su calidad, no van a sufrir en el futuro excesivas oscilaciones al alza, sino todo lo contrario, una vez que se vayan incrementando las producciones intensivas. 

Las elevadas producciones (a las que han contribuido también la extensión de los regadíos, los avances tecnológicos en la extracción y refinado del aceite, que apuran los alperujos hasta el agotamiento) impiden avances en materia de calidad y comercialización final del producto. Se distraen esfuerzos en la especulación que resultan baldíos, cuando el reto sigue siendo la apertura de mercados finalistas con productos de la más alta calidad. De hecho, todos los proyectos que convierten al virgen extra en referente de exclusividad, han triunfado siempre, si detrás hay esfuerzo e inversión. 

Al final, siempre llegamos a la misma conclusión: si el productor en origen no abre mercados propios con marcas de excelencia, otros lo harán. De lo contrario, el aceite de oliva cada vez valdrá menos en origen, porque lo realmente valioso es su presentación al consumidor, y en eso se incluye el envasado y el transporte, especialmente ahora, con el creciente  encarecimiento de las materias primas y auxiliares utilizadas en el proceso de  distribución.  

Si el riego para evitar la vecería hace modificar el régimen de producción del olivo, convirtiéndolo en un frutal , ¿no será ése el triste destino de los productores, condenados a ceder su producto a precio sensiblemente  inferior al de mercado, como les ocurre a los hortofrutícolas por mor de los cultivos intensivos?

Sobre la política y los políticos

Hace años que no realizo información política. Era realmente apasionante en aquellos años, contar las cosas que, hasta poco tiempo antes, habían estado vetadas a todos los ciudadanos.  Después de la transición, que debió ser un sarampión que nos inmunizó a todos de la fiebre política, reconozco que ya no me atrae el tema. No solo es tendenciosa y sectaria, la que se hace ahora, sobre todo es aburrida.  Por eso está perdiendo espacios en los periódicos. O será que estos han elegido el camino de no disgustar a los personajes políticos en materias que podrían ser espinosas.  

Ahora se confunde la política con los políticos, que son esos personajes tan particulares que siempre se consideran en la necesidad de opinar sobre todo, y sus palabras acaban escupiendo sandeces o insultos al adversario. Si alguien tratara de indagar sobre el contenido de la gestión política, se daría cuenta del fraude en que se ha convertido. Todo parece ideado para que la gente no se entere de nada, incluso para confundirla. Nadie quiere profundizar en lo verdaderamente importante, que es la naturaleza de las decisiones adoptadas. 

 El problema es que los políticos, si no todos, casi todos, han acabado por disfrutar de una acomodada posición a costa del contribuyente y por eso consideran que, en la polémica, les va la vida, porque deben competir con otros de su misma condición que tratan de arrebatarles lo que consideran que ya les pertenece. Los de abajo tratan de  medrar, es ley de vida y, como siempre hay alguien por encima, siempre estamos en la gresca.  El ámbito oficial, en definitiva, les ampara a todos. La actividad política se ve limitada por esa cortedad de miras de los personajes públicos.

Hace unos años, al llegar la democracia, despertaban cierta curiosidad esos afanes, por novedosos. Luego nos hemos dado cuenta de que los políticos siempre actúan de la misma forma, con independencia del sistema político que nos gobierne. La política, así, se convierte en una  actividad mezquina que consiste en negar el pan y la sal al adversario, para impedirle que pueda realizar su aportación a la cosa común, que vista así deja de ser común para convertirse en patrimonio de unos pocos, llamados líderes, en realidad miserables individuos.


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