Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Baeza, mon amour

 Definitivamente, parece que se le van los humos a Baeza, o eso he leído. Las autoridades municipales y el propietario de la factoría que enturbia los aires de la ciudad Patrimonio de la Humanidad, han llegado a un acuerdo para trasladar esa industria contaminante al Puente del Obispo, un pueblo de al lado pero lo suficientemente alejado como para que el tufo oleícola no espante a los turistas. Sin duda será para bien, pero la ciudad parecerá otra, no sé si al final no se arrepentirán. Estoy bromeando, claro. 

Lo cierto es que esa espesa niebla en invierno, vapores emitidos por la secadora de orujo,  otorgaba cierto aire de misterio a la ciudad. Las farolas del barrio que circunda el casco antiguo, por el que Baeza se asoma al valle del Guadalquivir, irisan al atardecer sus destellos de luz como una invitación para adentrarse en la bella realidad monumental que atesora, como si fuera una realidad de otro tiempo. Si me apuran, el olor de almazara completa una sensación de atemporalidad y de geografía rural a una ciudad, querámoslo o no, que no puede oler a otra cosa.  Baeza, toda la provincia, huele a eso y no nos debemos avergonzar. 

Quiero decir que no sé si hacemos bien en plegarnos tan rápidamente a los deseos de esa cohorte de funcionarios de la UNESCO que periódicamente nos visita, teatralizando una inquietud medioambiental que sólo se exterioriza por motivos turísticos. Digo yo que el problema es problema, no porque lo digan esos inspectores, sino porque lleva años atosigando a todo un pueblo y poco se han preocupado las autoridades de ponerle solución. 

A mi, particularmente, me horroriza más la silueta de ese engendro industrial situado como portada de la ciudad que los olores que desprende. Sin embargo, todo apunta a que la planta permanecerá en el mismo lugar, sólo con funciones de almazara. Puestos a hacerlo bien, tal vez nos hemos quedado cortos. La contaminación visual puede resultar tan inquietante como la otra.

 Digo todo esto a cuento de nuestra idiosincrasia provinciana: tan dispuestos siempre a complacer al visitante como reacios a ponerle remedio a situaciones tremebundas cuando afectan al paisano que tenemos más cerca.  Esa forma de actuar, a impulsos de conveniencia localista, puede que haya significado muchos éxitos históricos  para esta tierra, de forma puntual, pero refleja una indudable falta de personalidad colectiva que nos condena, permanentemente, a la sumisión y el victimismo: sea a la UNESCO de turno o al señorito con dineros de toda la vida. ¡Baeza, mon amour, ya nada será lo mismo!

Un velatorio accidentado

  A los entierros asiste uno por compromiso, la mayoría de las veces. Parece como si nos quedara una cuenta pendiente que saldar si no acudimos a consolar a los familiares de un difunto en día tan señalado. Además, suele ser ese tipo de actos sociales donde pasan lista y a los que faltan se lo tienen en cuenta toda la vida. Por gusto, nadie iría. 

 La primera vez que fui a uno, marcó mi existencia para los restos. Pensé, ni uno más, pero luego no he podido sustraerme a la inercia social a que se asocian, y ya llevo unos cuantos. Además, la gente suele ir a los entierros menos tristes, los que suceden a una defunción que reclama la propia naturaleza, para luego liarse de copas. Los otros, prefiere uno ahorrárselos. Y si encima los deudos no expresan demasiado dolor o desesperación, les decimos, eufemísticamente, que están muy enteros, que es como criticar la entereza como poco apropiada para estos casos. Otros  entierros, los que no son de parientes ni de amigos, corren el riesgo de ser hasta divertidos, aún con el mal trago, claro, si uno no los sufre en primera persona. 

Con mis colegas de entonces, J. y M. asistimos una noche al velatorio de una señora que había sido la suegra de otro compañero, o sea, un rollo. La difunta habitaba (había habitado para ser exactos) una casa del barrio de Belén y San Roque, en Jaén, una vivienda de pequeñas habitaciones e intrincada escalera para unir sus dos plantas. Nada más llegar, y encontrando ocupados todos los asientos, los tres optamos por acomodarnos sobre un poyete situado a un extremo del salón, y adecentado con una manta. A esto que comenzaron a contar los chistes habituales para estas ocasiones y, mirándonos, a la gente cada vez les daba más risa. Por momentos nos animábamos más y más. Sólo con mirarnos,  todos los asistentes acababan soltando una carcajada, y los chistes no eran para tanto. Cómo no sería la escandalera, que uno de los familiares de la fallecida, que aún se encontraban en la planta de arriba, bajó al salón a ver lo que pasaba, y fue él quien se encargó de explicarnos la fiebre desternillante de aquel público. Se acercó hasta nosotros y, levantando la manta del poyete, nos mostró lo que se ocultaba debajo: 

--¿Es que no tenéis otro sitio para sentaros que encima del ataúd? 

Ni que decir tiene que aquel era el último lugar en donde hubiésemos situado el habitáculo de la muerta. Con una agilidad pasmosa (las risas ya debían oírse a kilómetros de allí) saltamos del aposento a la calle, de un traspiés. El deudo, no contento con nuestra cara de arrepentimiento, se propuso que completáramos la noche con una acción solidaria, a modo de redención por nuestra falta de respeto: 

--Ya que estáis aquí, y sois tan buenos mozos, podíais ayudarme a subir la caja al dormitorio, donde está la difunta. 

A mi se me heló la sangre en las venas. Los tres nos miramos, a ver si alguno encontraba alguna excusa. Lo cierto es que al instante, nos vimos haciendo maniobras para tratar de subir el ataúd a la planta de arriba, algo que se comprobó a todas luces imposible. No cabía por la escalera. 

--Bueno, no tendremos más remedio de hacerlo al revés, terció el deudo. 

Al revés consistía en lo que temíamos: descender a la muerta hasta el salón tendida sobre una manta, una operación por lo que se vio, tan complicada o más que lo de la caja. A los dos más altos, para compensar el desnivel, nos tocó la parte de los pies de la difunta, hacia donde por efectos de la gravedad se deslizaba todo el cuerpo. Primero probamos a sujetarla cogiendo sólo los picos de la manta, pero la estrechura de la escalera nos hizo que los cuatro acabáramos abrazados a la abuela, eso sí, todos mirando hacia otro lado y a punto por eso de rompernos la crisma varias veces. La maniobra concluyó sin novedad ante el regocijo de una concurrencia a la que sólo faltó aplaudir a los animados voluntarios, a esas alturas con una palidez de rostro mucho  mayor que la de la interfecta. 

Fue ése el día en que juré y perjuré que nunca volvería a ir a un entierro.

La dignidad de un cadáver

 Lejos de lo que pudiera pensarse, los forenses no suelen ser personas a las que el fenómeno de la muerte les tenga despreocupados. El hecho de manejar a diario los cuerpos sin vida de otros paisanos, yo creo que no les hace perder sensibilidad ni respeto hacia ellos o sus restos  mortales, sino todo lo contrario. Quizás sea una forma instintiva de compensarles por el hecho de pasar por sus manos en la disección que supone la autopsia. Repito, la humanidad del forense no debe quedar jamás en entredicho. Yo lo puedo atestiguar desde aquel suceso que tuve que cubrir para el periódico, un suceso que conmocionó a Jaén y saltó a la mayoría de los medios nacionales. 

La noticia era realmente truculenta. Un hombre mayor, que trabajaba como conserje en una residencia de ancianos regentada por una congregación de monjas, se había suicidado no sin antes amenazar con su escopeta a la superiora y encaramarse al tejado del edificio, presa de la desesperación. Al parecer, sus ideas políticas no congeniaban con las creencias de las religiosas, y éstas no desaprovechaban la menor ocasión para expresarle su desprecio  y hacerle la vida imposible, tal vez queriendo forzar su despido. Un día, harto de la situación, amenazó con llevarse por delante a todo el claustro, pero al final, sólo dirigió su cólera contra sí mismo, descerrajándose un tiro en el rostro que acabó con su existencia, en un último acto supremo de protesta.

  Entre la opinión pública circularon dos versiones distintas: una, la de aquellos que se apiadaban del suicida y censuraban el comportamiento de las hermanas; otra, la de las personas muy cristianas, para las que la acción del conserje de amenaza contra las monjas no podía justificarse de ninguna manera. 

 El caso es que aquello era tema informativo, sobre todo la foto del cadáver,  por el morbo de comprobar los efectos de un disparo de escopeta de caza en la cara de una persona. Acompañado del fotógrafo, me fui hasta el depósito de cadáveres, donde no resultó nada difícil colarse dentro, ante mi sorpresa. Allí sobre una mesa desvencijada, se hallaba el cuerpo del conserje, aún con el uniforme de trabajo, pero en estado lamentable. Su rostro no existía. Apenas  un ojo, y fuera de su órbita,  colgando sobre una masa informe de carne, era todo lo que quedaba en esa zona de su anatomía. Un desagradable olor a carne quemada,  terminaba de convertir la escena en una cámara de los horrores. 

El fotógrafo se apresuró a tomar la imagen, tratando por todos los medios de no tener que mirar al muerto, es decir, con los ojos cerrados, algo imposible. Yo mientras tanto, opté por volverme de espaldas, evitando soltar el vómito allí mismo. Un trance terrible. En esto, apareció el forense,  que comenzó a gritarnos: 

--Por Dios, ¿no os da vergüenza?, ¿es que no sentís respeto por este pobre hombre? Los periodistas sois chacales… 

Nosotros no podíamos sino asentir con la cabeza, apesadumbrados, sin decir ni pío. El forense seguía con su monserga mientras ponía en orden aquel cuerpo desmadejado: abotonó su traje, apretó la corbata y colocó el cuello y los puños de la camisa, al tiempo que entrelazaba los dedos de las manos para que reposaran sobre el pecho. Concluida la operación, todo esto sin dejar de argumentar sobre los excesos de la clase periodística, dijo: 

--Ya está. Ahora sí está en condiciones. Ya podéis tirarle las fotos. Nada como la dignidad de un cadáver.

El difunto

Desde muy joven me han producido repulsión los entierros, mejor dicho, los velatorios, esa liturgia que nos permite hacer más llevadero el trance  a quienes han perdido a un ser querido. Se dice que compartiendo la pena, se libera a los deudos de una tristeza que, en soledad, se volvería de un dolor insoportable. Mi rechazo atávico de la muerte, alcanzó el grado de irremediable una noche que jugaba con otros chavales en la calle, a las puertas de mi casa en Úbeda, y asistí por accidente a uno de estos ceremoniales. 

 La vivienda de al lado albergaba una taberna de vino del país, esas cuya cosecha procede del fruto de una vendimia familiar, cuando tocaba la temporada. Todo el mundo identificaba las fechas porque colgaban del balcón principal un manojo de hojas verdes de parra. Por eso estaba yo acostumbrado a ver trasiego de personas y murmullo de gentes en ese portal. Incluso, con cierta frecuencia,  me enviaba mi padre, con una botella, a traerle vino para nosotros.

Aquella noche, digo, jugando al escondite no se me ocurrió otra cosa que ocultarme en aquel portal, sin importarme a mi lo que allí se cocía. Con la excitación del juego, no advertí  que el ritual de los presentes, en apariencia el mismo que el de un bar, por el tono de las conversaciones, poco tenía que ver con el trasiego de vinos ni nada por el estilo, sino todo lo contrario. Nada percibí de extraordinario hasta que, al volver la vista, me encontré ante un catafalco ocupado por el cadáver de un anciano, en medio de la lúgubre habitación, por si fuera poco, custodiado por cuatro velas encendidas.

 Cual no sería mi grito, que todos los asistentes al velorio creyeron advertir algún suceso extraño y saltaron de sus asientos como un resorte. Yo corrí todo lo rápido que me fue posible hasta refugiarme en mi casa y, tras de mi, instintivamente, aquel grupo variopinto de personas que desconocían la causa de la estampida y que acabaron por dejar solo y abandonado al pobre difunto.

Fue aquella una escena de confusión total que se prolongó durante un buen rato. Unos a otros se miraban desconcertados, interrogándose sobre la razón del tumulto, sin mediar palabra. Los rostros desencajados, nadie sabía qué decir. 

 La normalidad del velatorio sólamente se recuperó cuando todo el vecindario (ya no eran los dolientes sino un buen número de los habitantes de la calle) se cercioró de que nada extraordinario había turbado la paz de esa triste familia, y que el cadáver seguía ocupando un lugar preferente en el portal, dentro del ataúd. Eso sí, ninguno volvió a acomodarse sentado cerca del catafalco, sino a una distancia prudencial, en las inmediaciones de la puerta de la calle. Por si acaso.

Especulaciones: Javier Ortiz

¿Cómo hablar de una persona a la que no conoces? Javier Ortiz, un periodista donostiarra fallecido hace unos meses, visitó este blog en una ocasión, interesado por uno de mis artículos. La verdad es que no sé cómo llegó hasta aquí. El artículo se llamaba (se llama, porque todavía sigue colgado) “Palabras gastadas”, en relación a los usos equívocos que solemos hacer del lenguaje. El añadió en su comentario una referencia a las palabras que son utilizadas como "pedradas”, un uso muy extendido, desgraciadamente, en la sociedad que nos ha tocado vivir.  

Trato de establecer ahora algún grado de paralelismo entre este colega y yo, a propósito de esas ideas comunes, al margen de la afinidad profesional, para comprender qué proceso mental le llevó a un razonamiento similar al mío. Sólo puedo decir que, después de indagar algo sobre su existencia, una existencia de  indudable compromiso ideológico, el mundo de las palabras y las imágenes escritas constituía su modo de expresión, una forma de comunicación que le permitía conseguir la mayoría de las cosas que el resto ni siquiera alcanza a soñar.

Sus “pedradas” literarias, si las hubo, no fueron guerra preventiva, sino una forma civilizada de entenderse con los demás, eso sí, alejado de convencionalismos, ni siquiera literarios, tan al gusto de la época. Una muestra de su forma de entender la vida (y este trabajo) fue la publicación de su propio obituario aún en vida. 

 Ahora, un grupo de compañeros y amigos se encarga de continuar la obra de Javier Ortiz, añadiendo textos al diario inverosímil de un difunto. El, entre tanto, puede  ya descansar en paz, tan tranquilo.


Al otro lado del espejo © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.
LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009