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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

José Vida Arroquia: "A los militares les hace falta vocación"


Desde su atalaya de jubilado, donde todo se puede observar con tranquilidad, el coronel José Vida Arroquia analiza objetivamente los acontecimientos que afectan al Ejército español, y que han supuesto para esa institución un salto cualitativo considerable en muy poco tiempo, tanto que parecen desdibujar la realidad que él conoció a principios de los cincuenta. En esos 53 años transcurridos desde aquella fecha inolvidable en que le fue entregado el despacho de teniente, toda una vida le contempla, orgulloso de lo que ha sido y lo que es, pero sin nostalgia. Una vida llena de sacrificios que le hacen confesar que, de poder hacerlo, hoy a la edad de diecisiete años no emprendería de nuevo el mismo camino.

José Vida Arroquia, a sus 72 años, mantiene todavía ese porte castrense, rostro enjuto, cuerpo espigado, que le acompañó durante todos los episodios que refleja su hoja de servicios, hasta que en 1992 pasara a la reserva, después de ocupar durante varios años el puesto de gobernador militar de Jaén. De sus comienzos, destaca sin duda la dureza de la vida militar, “todo el día tirado en el campo”, y los avatares de la estrecha convivencia con la tropa. “Recuerdo, por ejemplo, el tremendo error, y las consecuencias que acarreaba mezclar en un mismo grupo a soldados de reemplazo y corrigendos (soldados cumpliendo algún tipo de pena o sanción) dentro de un Batallón Disciplinario, como entonces se hacía. El problema era que los penados buscaban a toda costa fugarse, y cuando lo conseguían, por ejemplo desde el Hospital, el soldado que iba acompañándoles pasaba a convertirse en corrigendo”.

CAPITAN DE LOS RECLUTAS DE JAEN

No considera que en el ejercicio del mando se haya destacado por su dureza, “la prueba de ello, es la cantidad de personas que me saludan por la calle con cariño. Yo la mayoría no sé quiénes son, pero ellos sí me conocen, y me siguen apreciando desde que pasaron por el Servicio Militar. Muy exigente, no, pero sí cumplidor de las obligaciones, y eso ellos lo entendían”. Fue precisamente en el CIR-6 de Almería, destinado como capitán, donde aplicó ese criterio de afabilidad con la tropa que tantas simpatías despertaba, al apropiarse por propia voluntad de los sucesivos reemplazos de reclutas que procedían de la provincia de Jaén. Otra muestra de ese carácter accesible, fue el éxito de una academia preparatoria para ascensos militares, que organizó durante su estancia en el cuartel de la Policía Armada de Jaén, de donde salieron 17 cabos, que luego llegaron a sargentos y a subtenientes.

Para él, no obstante, las virtudes de un buen militar tienen más que ver con la obediencia, el valor, la cortesía, la bizarría y el sacrificio que Calderón de la Barca resumió en el conocido poema que aún preside la Academia de Zaragoza. “Yo creo que las profesiones más sacrificadas que hay en España –dice él— son los militares y los médicos. Los militares siempre están para todo lo que haga falta, sea apagar un incendio, sea para otra necesidad. Los médicos, igualmente, están dispuestos mañana, tarde y noche”.

EL EJERCITO PROFESIONAL

Los cambios que observa en el Ejército, respecto a su primera época, tienen que ver con la profesionalización de la tropa pero, sobre todo, con los medios con que hoy cuenta. “Cuando yo llegué al Batallón Disciplinario –recuerda--, incluso en el Regimiento Córdoba 10, los soldados iban a la comida con unos cuencos, de tres en tres: en un cuenco se les servía el primer plato para los tres, en otro, el segundo plato y en el tercero el postre, también para los tres. Dormían en jergones de paja. Luego eso se cambió, y ya se compraron colchones de gomaespuma, y pudieron comer en platos normales y corrientes, y en un comedor. ¡Si es que no había dinero! El Ejército estaba abandonado. Si alguien podría hablar mal de Franco, esos eran los militares”.

Pero la profesionalización, opina Vida Arroquia, no soluciona todos los problemas. “Efectivamente un Ejército profesional es bueno. Es bueno porque no es preciso hacer lo que hacíamos antes, y es que, cada tres meses, nos llegaba una tanda, los instruíamos y pasaban a las unidades, y al poco se marchaban. Ahora ese trabajo con los reclutas sirve para dos o tres años, y para el militar es mucho más fácil y más tranquilo, al no tener que estar preparándolos continuamente. Así pueden estar dedicados a hacer maniobras todo el tiempo”, puntualiza.

Echa en falta, sin embargo, “el espíritu que se les inculcaba a esos chavales, que yo creo que ahora no tienen. Hace falta vocación, espíritu militar, y el amor a la Patria. Se les insistía una y otra vez sobre el amor a la patria y, al final, eso les calaba. El Ejército profesional ha progresado, pero creo que no dará el resultado que daban los soldados de reemplazo, a los que sí se inculcaba esos valores. Prueba de ello es que, cada año, salen una serie de plazas y no se cubren. Allí pueden aprender a conducir, informática, un oficio, en definitiva, pero resulta que, cuando se termina su contrato, no tienen nada. Ahora parece que quieren arreglar eso”.

NUEVAS FUNCIONES EN TIEMPOS DE PAZ

Así, las nuevas funciones asumidas, más propias de una ONG, considera que son una consecuencia lógica de ese nuevo planteamiento más cercano a la sociedad. “Si no hay guerra –afirma— lo que no es lógico es que estén rascándose la barriga. Me parece muy bien que vayan a ayudar”.

Tiene, por tanto, argumentos en contra y a favor de la supresión del Servicio Militar obligatorio. Entre los primeros, la discriminación que hacía la ley a favor de las mujeres. “Una pareja terminaba la carrera el mismo día, y sin embargo sólo la mujer podía ocupar un empleo, mientras el varón debía dedicar un año al Servicio Militar, y eso no es comprensible”.

Tampoco parece tener una buena opinión sobre la incorporación de la mujer al nuevo Ejército profesional, pero esta es una cuestión sobre la que prefiere no ahondar demasiado. Seguramente no sería políticamente correcto.

LA JUBILACION

La jubilación, confiesa Vida Arroquia, aunque prematura por la edad, la aceptó de buen grado. “Me propusieron seguir unos años más --señala— como gobernador militar, ya en la etapa en que se plantean las Subdelegaciones de Defensa, pero lo rechacé. Estaba rabiando por pasar a la reserva”. Ahora, su tiempo le pertenece por entero. “Voy a vivir mi vida, pensé entonces, y así he hecho”. Ya viudo, entre sus aficiones destacan la caza, la pesca y un pequeño huerto que ha revitalizado en la finca donde reside los veranos, en el que cultiva tomates, pimientos y calabacines. Cosas sencillas.

No opina lo mismo de la consideración que los jubilados merecen a la sociedad, pese a reconocer que, “salvo en el caso de las pensiones que les queda a las viudas de los titulares”, disponen de más medios económicos que antiguamente. “Hay un abismo de aquella época a la de ahora”. Lo que ocurre es que no se valora nada la experiencia que los mayores podrían aportar en muchos aspectos, en su opinión. “La sociedad ha cambiado en este sentido. Yo siempre vi cómo mis familiares morían en sus casas. Ahora lo hacen en alguna residencia. Yo no quisiera eso. De lo contrario, prefiero una muerte rápida, acabar cuanto antes”.
































UNA “RARÍSIMA” CARRERA MILITAR EN JAEN


De su carrera militar se queda con dos fechas, la entrega de despacho que suponía su nombramiento como teniente, y aquella otra, veinticinco años después, en la que volvió a la Academia General para renovar su juramento ante la bandera. No piensa que le quedó nada más por hacer o decir que lo que hizo o dijo. “Nunca me callé cuando tuve algo que decir y, en tantos años, nunca fui ni siquiera arrestado”.

José Vida Arroquia muestra en todo momento sus enormes vínculos con Jaén. Nacido en la castiza Plaza de San Bartolomé, procede de una familia con indudable arraigo militar. Nieto e hijo de militar, puede decir que esa dinastía no acabará cuando él desaparezca. Uno de sus cuatro hijos eligió también la carrera de las armas, y hoy ostenta el empleo de comandante.

Ingresó en la Academia General Militar en 1949. Tras obtener el despacho de teniente fue destinado al Regimiento Córdoba 10, con acuartelamiento en Granada. De allí fue enviado, con un grupo expedicionario, al destacamento de Tistla, de Villa Cisneros, en el todavía Sahara español, en lo que fue su aventura más cercana a un conflicto militar, aunque no llegó a entrar en combate. Seis meses después consigue uno de sus destinos más prolongados ya en Jaén, cuatro años, todavía como teniente, en el cuartel de la Policía Armada de nuestra capital.

Como capitán, pasa al Centro de Instrucción de Reclutas de Almería (CIR-6), y con el grado de comandante, durante un año permanece en Cáceres, para después volver definitivamente a Jaén, donde ocupó tres empleos, sucesivamente, hasta llegar al grado de coronel, una situación que él considera “rarísima”. En 1992, ya como gobernador militar de Jaén, y 59 años de edad, pasó a la situación de reserva. Por aquellas fechas, la provincia todavía contaba con varios acuartelamientos militares, que posteriormente fueron desapareciendo: la Zona, el TD-4, el Polvorín de Vadollano, etc., con una dotación de varios centenares de soldados, en su conjunto. Ahora, esa dotación no supera la media docena de militares.

El coronel Vida Arroquia cuenta en su haber, entre otras condecoraciones, con la Cruz del Mérito Militar, con distintivo blanco, y la Cruz y Encomienda de San Hermenegildo.



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