Manuel Larrotcha: "El respeto a los mayores engrandece al ser humano"
José Manuel Fernández Ruiz - 19-01-2006 10:52:48 | Categoria: Entrevistas
Manuel Larrotcha tiene el alma dividida, o tiene dos almas. Una parte mira a la medicina, la otra al campo, no de forma genérica, sino a ese horizonte de olivares que le ha rodeado desde el mismo día en que nació, hace ochenta y tres años. En un caso, se trata de una vocación, en el otro, la devoción de su vida. De ninguna de las dos se ha jubilado aún, ni piensa hacerlo mientras le queden fuerzas en el cuerpo y, créanme, no es energía lo que le falta a este hombre.
Natural de Alcaudete, es en el medio rural de esta población donde transcurren sus primeros años de vida, aunque será Jaén, posteriormente, donde se establezca, forme su familia y ejerza la Medicina la mayor parte de su existencia. Aún recuerda cómo aprendió las primeras letras en el parvulario de don Rafael Aldehuela, a las que siguió el bachillerato en San Agustín y la carrera en Granada, donde se licencia en 1948. Su primer empleo como médico interno, al que accede por concurso, le lleva a Santander, a la Casa de Salud Valdecillas. Allí, en tres años, consigue el título de especialista en Dermatología médico-quirúrgica, y es allí donde aprende a realizar los primeros injertos de piel.
EN EL HOSPITAL MILITAR “GOMEZ ULLA”
En Madrid desarrolla después un curso completo en el Servicio de Cirugía Reparadora del Hospital Militar “Gómez Ulla”, a las órdenes de don José Galindo, otra de las referencias fundamentales en la formación de Manuel Larrotcha, junto con el profesor Navarro Martín, que le introduciría en nuevas técnicas terapéuticas. Antes de instalarse definitivamente en Jaén, su etapa formativa le lleva también a ejercer la Medicina en Inglaterra, un año más.
A principios de los cincuenta, ingresa como interno en el Hospital “San Juan de Dios”, en lo que fue el inicio de una fructífera carrera profesional que aún continúa. “En realidad no tengo antecedentes familiares relacionados con la medicina –confiesa, no sin cierta ironía--, quizás un pariente lejano. Eso sí, de niño trabajé como chico de los recados en un hospital de Murcia que tenía ocho plantas y carecía de ascensor. Tal vez de ahí me vino la vocación”. Ya en la Seguridad Social, sucedió a Antonio Beltrán Alonso al frente del Servicio de Dermatología. En ese puesto permanece hasta 1992, cuando se jubila. Desde esa fecha, ha seguido ejerciendo la medicina en su consulta privada.
FALLA LA BASE HUMANISTICA EN LA UNIVERSIDAD
“De la Universidad –recuerda—tendría que destacar a grandes profesores que enseñaban la medicina más avanzada, siempre con una base humanística, que yo considero fundamental. Ahora es diferente. Se ha producido una transformación muy favorable respecto a mi época, debido a los nuevos descubrimientos científicos, de instrumental, de exploración, etc., pero quizás falle el aspecto humanístico. En cualquier caso, si existe vocación por ser médico, por muy tecnificada que se vuelva la carrera, esa vocación llevará al médico al humanismo”.
En un orden práctico, Manuel Larrotcha ha asistido desde una posición privilegiada a la consolidación de la sanidad pública española, y sigue pensando que el sistema no tiene por qué estar enfrentado con la medicina privada. Además, sea cual sea la opción, opina que lo importante es el diagnóstico, sin el cual no es posible realizar un buen tratamiento.
SOLO ANTE EL PACIENTE
“Yo siempre he sentido la necesidad de trabajar en un hospital, y hay hospitales públicos y privados --señala a este respecto--. Pero el médico debe siempre saber ejercer en la medicina privada que es totalmente distinta. Trabajando en un hospital el médico se encuentra muy arropado, en cambio en la privada está solo ante los problemas del paciente. Además, debe saber trabajar para no encarecer el tratamiento, evitando un dispendio innecesario”.
En la medicina privada, asegura que se observa mejor la experiencia del médico, su forma de hacer la exploración clínica, de hacer el historial del paciente, en contacto directo con él. “Esa es la gran realidad de la medicina privada”.
EL DRAMA HUMANO DE LA PÉRDIDA
En cualquier caso, el drama humano que conlleva la pérdida del paciente a veces resulta inevitable. “El médico no olvida nunca aquellos casos en que, por desgracia, se han cometido errores, aunque luego tratáramos de rectificarlos. Esto es irrebatible. Y más si se trata de una enfermedad seria”. Recuerda algunos casos propios, que le han dejado un poso de preocupación y amargura, y que le han obligado a “apuntar por elevación” en tratamientos similares, es decir, considerar que se enfrentaba a la peor de las posibilidades, en un “diagnóstico diferencial”. Piensa, sobre todo, en aquellos momentos en que se produjo un fracaso irreparable, que no se pudo evitar, sobre todo en una persona joven: “no es lo mismo cuando un enfermo muere en plena juventud o en la infancia que en una edad madura. Duele mucho más cuando se pierde a un ser indefenso”.
Distintos son los casos en que la Medicina reparadora tiene más que ver con la estética que con patologías angustiosas. El doctor Larrotcha se muestra comprensivo con esa opción, que justifica por los cambios sociales relativos a cánones de belleza, que históricamente van evolucionando, o necesidades estéticas de algunos grupos sociales, pero no la comparte. “Por enfermedad y patología, sí soy partidario de la medicina reparadora –afirma--, por estética o para rejuvenecer a una persona, no tanto”.
LA SOLEDAD DEL PACIENTE
La soledad del paciente, más aún cuando se trata de una persona mayor, también le preocupa al doctor Larrotcha: “Una cosa que me ha enseñado la vida, y que no comprendía cuando era joven y visitaba a las personas mayores, es lo mucho que les gusta hablar. Si tienen poca familia y van quedándose solos, resulta muy difícil despedirse de ellos. Es la soledad del enfermo. Eso es tremendo, dramático, y se aprende con los años. Uno piensa que debería estar hablando horas y horas con un enfermo, porque éste lo necesita, porque pasa la mayor parte del tiempo en soledad”.
Su visión de los mayores le sugiere la antigua figura patriarcal de los abuelos, que ocupaban un lugar privilegiado en la escala social. “Eran respetados, queridos y cuidados, después que ellos habían sido cuidadores de sus hijos y sus nietos”. Con la evolución de la sociedad, sin embargo, ”los lazos familiares ahora no son tan fuertes como antiguamente, en que la convivencia era continua, diaria y permanente. La sociedad cuidaba y reverenciaba a sus ancianos”.
LA ABNEGACION
Piensa, como causas de ese cambio, en un cierto proceso de desarraigo que ha trastocado las relaciones sociales: “Antes una familia se establecía en una ciudad y vivía en ella cientos de años, durante generaciones. Hoy es muy raro que eso ocurra, y eso ha modificado las relaciones familiares. Hoy también existen lazos familiares, y hay muchos ejemplos de abnegación en una familia, podría citarle numerosos casos de personas entregadas a cuidar de sus padres o hermanos, pero no son tan frecuentes como antes. Entre otras razones, porque las condiciones laborales, el hecho en sí que trabajen todos los miembros de una familia, imponen otro tipo de relaciones y, en muchos casos, los ancianos no pueden ser atendidos”.
Y no deja de lamentarse por ello. “El respeto a los mayores engrandece al ser humano”, sentencia.
UDOE Y LA ACEFALIA DEL OLIVAR
Hace casi una treintena de años, a Manuel Larrotcha le tocó encarnar un movimiento que convulsionó a la provincia. El olivar se hallaba sumido en una crisis profunda, casi de subsistencia. Por primera vez en su historia, los agricultores comenzaron a movilizarse, organizándose como grupo sectorial, en una respuesta sin precedentes que tuvo su eco en otras muchas provincias españolas. Nacía así Unión del Olivar Español (UDOE) como respuesta a los problemas de un sector que hasta esa fecha permanecía “acéfalo” y sin ningún tipo de vertebración profesional.
“La única condición que puse cuando me propusieron ser presidente, fue no tener que abandonar la actividad médica. Así es que me tocó sacar tiempo de donde no lo había”, recuerda ahora Larrotcha Torres. Luego vino la huelga y aquella gran manifestación de olivareros de todo el país, cuya magnitud sorprendió a los convocantes y desde luego a la Administración. “Fue una reacción espontánea, llena de buena fe y disciplina. Salieron a las carreteras más de veinte mil tractores, sin que se produjera ni un solo accidente. Sin enfrentamientos y sin obstaculizar el tráfico”.
Las autoridades de la época se mostraron por primera vez receptivas a las demandas del olivar. Se abrió el diálogo a través de una comisión que fue recibida por el ministro de Agricultura y el presidente del Gobierno Adolfo Suárez. Por primera vez, el sector “comenzaba a ser protagonista de su propio destino”.
Manuel Larrotcha, que tiene ampliamente documentados todos los avatares del olivar, desde los antecedentes del VII Congreso de Olivicultura celebrado en Sevilla en 1925, cuando se propuso por primera vez la creación de una Asociación Nacional de Olivareros, destaca históricamente a dos ministros de Agricultura por su comprensión ante las demandas del sector: Jaime Lamo de Espinosa (“fue la primera persona que subvencionó el aceite, antes incluso de que nuestro país ingresara en el Mercado Común”); y Loyola de Palacio (“por su lucha y defensa del sector ante las autoridades europeas”).
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