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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

La lírica de los medios

Malos tiempos para la lírica, repetimos ahora con insistencia. Todos los indicios, todas las sospechas señalan en la misma dirección, la que menos nos gusta. Cada vez hay más noticias sobre los medios de comunicación y todas, al final, vienen a concluir lo mismo: que los periodistas tienden a extralimitarse, que tanta libertad no es buena. Es como una oleada de sentido común, de prudencia, que quiere enderezar los renglones torcidos de la información. Con ese runrún llevamos más de un año y, al final, todos los periodistas acaban metidos en el mismo saco de la ignominia.

A la inquina de los predicadores, vino después la de los sectarios ¿O éstos fueron antes? Ocurre que, de un tiempo a esta parte, todas las guerras incruentas de este país declaran sus hostilidades en el escenario de los medios de comunicación, tomados al asalto. Los periodistas deben asumir el papel de meros arietes, que repiten como papagayos el mensaje que, en realidad, correspondería transmitir al jefe de filas, un señor que dice entender de audiencias y contenidos, y suele cubrir sus espaldas con la coraza protectora del anonimato. Los alineamientos bajo una u otra bandera, para mayor desgarro, no los deciden los peones, sino aquellos que dicen interpretar la opinión pública, pero que en realidad están interpretando los flujos económicos que conducen el dinero hasta su bolsillo.

En el parte final de la batalla, como es lógico pensar, las bajas suelen ser numerosas en uno y otro bando, sobre todo si lo que se contabiliza tiene que ver con la credibilidad de una profesión que, para gran parte de la sociedad, sólo anuncian ejercer los que más la envilecen.

El mensaje oficial es que la Prensa, así en general, debe moderar sus contenidos, debe limitarse a repetir lo políticamente correcto. Es decir: los periodistas deben autocensurarse si no quieren que organismos políticos creados ex profeso, asuman el deber social de silenciarlos para siempre. Por eso se justifican propuestas para la creación de Consejos de la Información, que den el visto bueno a los profesionales que puedan ejercer el periodismo, o de Consejos Audiovisuales Estatales, que añadan filtros a los contenidos ya filtrados por los autonómicos.

Malos tiempos corren cuando debemos justificar las opiniones y plegar el derecho a la discrepancia, incluso cuando se señala como causa la amenaza de la violencia, sea integrista o nacionalista.

¿Qué está ocurriendo en realidad? ¿Es ésta una nueva era revisionista, como respuesta de la sociedad a la indefensión provocada por su desnudez ante los medios? ¿Por qué es posible justificar ahora un apagón informativo sin que se considere un atentado contra las libertades básicas del ciudadano? ¿Es esto consecuencia de la propia irresponsabilidad de los medios informativos, cuando éstos decidieron anteponer el beneficio económico como empresa al interés social de su función? ¿Qué hemos hecho mal para encontrarnos así?

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