Negocios de burbuja
José Manuel Fernández Ruiz - 12-05-2006 09:11:18 | Categoria: General
Una burbuja, en términos económicos y versión popular, vendría a ser como el anuncio de la debacle. La rapidez del crecimiento de un sector en la misma dirección en que crecen los precios, en contraste con la fragilidad de la estructura que lo sustenta. Es decir, la viva imagen de una pompa de jabón, breve esfera transparente que flota en el aire, condenada por la fragilidad de su materia. O sea, algo que no puede ser bueno si viene a definir estructuras económicas supuestamente sólidas, al detectar síntomas de agotamiento, o peligro de explosión, en negocios de crecimiento espectacular. Según los agoreros, de una u otra forma, pronto todos seremos víctimas de una burbuja. Un ejemplo típico del miedo que sugiere la burbuja, porque en realidad estamos hablando de miedo, estaría aplicado al sector inmobiliario, cuyo negocio se ha multiplicado durante los últimos años, desmintiendo una y otra vez a los que presagiaban la hecatombe.
Si me apuran, el aceite de oliva estaría también sufriendo una situación de burbuja parecida, si nos atenemos a la evolución de los precios del producto en origen, una subida que, por cierto, aún no se ha trasladado íntegramente al consumidor final. La propia ministra de Agricultura, Elena Espinosa, ha alertado sobre el problema, advirtiendo que corremos el riesgo de cargarnos la gallina de los huevos de oro. En realidad, vendría a denunciar la escasa transparencia de este mercado, cuando tratamos de encontrar explicaciones a la tremenda agitación que ha sufrido en el transcurso del último año, con escaladas del orden del 40 por ciento. De hecho, apenas hay quejas sobre la baja producción de la pasada campaña, es más, casi la agradecen, ni siquiera sobre el galimatías del pago único.
Las reacciones surgen más contra quienes tratan de avisar sobre el fenómeno burbujeante y peligroso de que el consumo de aceite de oliva, a causa de los altos precios, se reoriente hacia otras grasas y mande al garete todo el esfuerzo comercializador realizado durante años por muchas empresas de Jaén. Por lo que se ve, todos tememos por el final precipitado de los beneficios que genera esta situación, cuando los beneficios son desmesurados, como si fuéramos herederos necesarios de una riqueza que debe consolidarse eternamente.
Por cierto, no ya burbuja sino de verdadero milagro debemos calificar el panorama del aceite de orujo, ya saben, ese subproducto casi desaparecido de los anaqueles comerciales como consecuencia de la alerta alimentaria que decretó la ministra Villalobos. Aquello sí que fue de escándalo. Desde entonces apenas nadie lo consume, ya saben, por lo del benzopireno. Sin embargo, se cotiza un trescientos por cien más caro. Quien lo entienda que lo explique.
En todos los casos, pese a los negros presagios, ya sea de aceite o ladrillo, el alborozo es general, lo cual me lleva a la conclusión de que lo de las burbujas no está tan mal, sobre todo para los que más conocen esos negocios. El argumento victimista parece resultar infalible para llenarse los bolsillos: las burbujas, como en el champán, si no engordan se nos suben a la cabeza.
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