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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Fondo de reptiles

Resulta curioso que, en estos tiempos tan agitados, cuando los medios de comunicación ocupan un lugar tan destacado en la vida nacional, no se hable de periodistas comprados. Los fondos de reptiles, que fue el término acuñado durante la transición para nombrar ese tipo de pagos, supuestamente aludían al dinero que recibían determinados informadores de parte del Gobierno y los partidos para que las opiniones de éstos, tuvieran influencia en la opinión pública a través de los contenidos de los periódicos. Del tema no volvió a hablarse después de la transición, aunque habría que precisar qué fechas resultan válidas para encuadrar ese periodo de nuestra historia reciente. Lógicamente, solía ser un tema recurrente sólo en casos extremos y flagrantes, a veces incluso fuera del ámbito político.

En cualquier caso, no deja de ser un término terrible para una época en que el periodismo desempeñó un papel tan importante en la evolución política del país. Dicho de otra manera, denunciar aquello fue como denunciar una perversión del sistema informativo, que manchaba a toda una clase profesional, la de los periodistas, cuando éstos gozaban de un gran respeto de los ciudadanos. Incluso hoy, en que casi todo está sometido a permanente revisión, no se duda de la gran aportación de la prensa en la conquista de unos derechos que han sido asumidos ya como irrenunciables por varias generaciones de españoles.

Quizá la aportación no se limitó exclusivamente a esa complicidad de la labor informativa con el nuevo orden, pero lo cierto es que el prestigio social de los periodistas, ganado a pulso durante décadas, contribuyó a concluir positivamente esa etapa, imbuidos, como estábamos todos, del mismo espiritu innovador que expresaba la opinión pública. De hecho, no llegó a reclamarse tampoco ningún tipo de ruptura histórica o depuración política en la prensa. Quiero decir que, los mismos cronistas que enterraron con sus artículos el régimen franquista, fueron los que alumbraron la democracia, y en las páginas de los mismos periódicos. Y aquello se hizo con la mayor naturalidad. La profesionalidad y el esfuerzo sustituyeron a la falta de usos democráticos en un marco de libertades, que es lo mismo que decir que aquello se hizo con el mayor rigor y dignidad. Con buena voluntad.

Por eso digo que sorprende que, pese a este revisionismo que ahora vivimos y que nos permite escribir los hechos con retroactividad o, directamente, versiones antagónicas de episodios ya conocidos, nadie haya reeditado ese triste párrafo de la historia de la profesión periodística como fueron los fondos de reptiles. Seguramente por su excepcionalidad, quizás por la candidez de aquella situación si la comparamos con ésta, quizás mejor, por el papel intrascendente que ahora se concede a la figura del periodista en el complejo entramado de la comunicación social.

Los tiempos son ahora otros. Los periodistas sufren hoy, en cambio, las contradicciones del propio sistema de libertades que ellos contribuyeron a traer. El libre mercado, el liberalismo a ultranza y sus consecuencias, permite hoy revivir una precariedad laboral que les convierte en el elemento más indefenso del proceso informativo. Al mismo tiempo, desde el poder se crean organismos de control que tratan de frenar la independencia de los profesionales, a veces de forma zafia, ni siquiera disimulada. La autorregulación como respuesta, no es, en sí misma, sino una forma de autocensura, lavada de dignidad, que evita al periodista males mayores.

Sorprende, digo, que en nuestros días no hayan surgido casos de periodistas comprados. Ni una denuncia, ni una sospecha. ¿Será que esta profesión se ha vuelto intachable, precisamente cuando más vulnerables son los informadores, o será que el sistema les controla de manera tan indeseable, que hace innecesario tener que pagarles un sobresueldo bajo cuerda para evitar su independencia? ¿Será que la precariedad es en sí misma la forma más indigna de soborno?



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