El pelotazo que no llega
José Manuel Fernández Ruiz - 12-06-2006 10:19:07 | Categoria: General
Leíamos hace poco en el periódico, que existe la propuesta de convertir los restos de las instalaciones mineras de Linares y su comarca en Patrimonio de la Humanidad. La iniciativa rehabilitadora no es nueva. Ya hace años se planteó la posibilidad de crear en la zona un parque temático (sí, como suena), y convertirlo en recinto turístico, aprovechando su ubicación en las proximidades de un importante nudo de comunicaciones, cerca de la N-IV. El proyecto fracasó sencillamente porque nadie creyó en su viabilidad. Nadie puso un duro.En Jaén existe también una campaña parecida, dirigida a convertir la Catedral, obra incomparable de Andrés de Vandelvira, en bien de interés universal. El entusiasmo se contradice, sin embargo, con las dificultades que presenta la conservación del edificio. Nadie pone un duro, y me refiero a la iniciativa privada, al contrario de lo que ocurre en otras capitales y sus templos catedralícios.
Yo diría que la mayoría de los pueblos de la provincia apostarían por algún elemento de su pasado histórico, que quisieran ver reflejado en la lista de bienes de la UNESCO, a modo de sello de calidad homologada. De alguna manera, todos nos hemos fijado ahora la necesidad de destacar nuestras señas de identidad con distintivos exteriores que reconozcan su valor, como si nos hiciera falta, tal vez por un complejo atávico que nos hace ser víctimas de nuestra propia realidad, de nuestra propia desidia.
No sé si todos estos esfuerzos tienen algo que ver con lo conseguido hace ahora tres años por Úbeda y Baeza, seguramente sí. Lo suyo fue un proyecto al que nadie o casi había prestado atención hasta entonces, pero al que ahora todos quieren apuntarse como sea, incluso a costa de hacer el ridículo. Del esfuerzo que supuso para los estamentos implicados de aquellas ciudades, nadie dice nada.
Lo cierto es que no creemos nosotros en las cosas que hacemos o tenemos, pero nos envanece el orgullo de necesitar su puesta en valor, como se dice ahora, sobre todo si el vecino lo ha conseguido y nosotros no.
No todo el mundo piensa lo mismo, la verdad, porque este furor por la imagen pública muchas veces no se corresponde con el interés que llega a despertar la realidad que disfrutamos, y eso nos hace caer de nuevo en la frustración. Además, por si alguno no lo sabe, ese tipo de reconocimientos exteriores no dan ni un duro, sólo prestigio y el reto de mantener las señas de identidad que permitieron alcanzarlo, que no es poco.
Todos miramos ahora de reojo el éxito de esas ciudades y pensamos que también podría ser el nuestro. No paramos de diseñar itinerarios turísticos e históricos, rutas de interés y jornadas gastronómicas de todo tipo. No paramos de inventar pero siempre lo apostamos todo al esfuerzo de otros, de los de arriba o de los de abajo, de las instituciones, de los políticos, a los que además siempre culpamos del fracaso. Parece como si permanentemente estuviésemos tanteando la posibilidad de lograr un pelotazo que al final nunca llega.
Queremos que nos toque la lotería, pero creo que siempre compramos el billete de un sorteo que ya se celebró y, claro, así nunca nos toca nada.
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