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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Muerta y enterrada

Debo reconocer que me ha alegrado el derribo de la vieja cárcel de Jaén, sobre todo porque se ha hecho justicia a la propia institución redentora, que ya no merecía ese escarnio público sobre su futuro ni el irreparable deterioro de sus muros a la vista de todos. El edificio llevaba años pidiéndolo a gritos, con independencia de los acontecimientos que determinen el destino y la ocupación de su espacio, al albur de unos u otros intereses políticos. Sí, debió caer mucho antes. En estos casos, mejor el olvido.

Era como la historia incompleta de alguien, una biografía inconclusa a la que faltaba el dato final de la muerte, para inscribir el epitafio, sin el cual no es posible cerrar definitivamente todos los capítulos de una historia. Yo creo que, en el fondo, el misterioso caserón ha hecho un esfuerzo para sucumbir a sí mismo, y terminar de una vez con la paradoja de su realidad, ahorrándole a detractores y partidarios, argumentos inútiles de viabilidad.

El caso es que, una discusión tan artificial como engañosa, ha permitido mantener en pie casi quince años más de lo debido, estos pabellones sombríos, como un fantasma del pasado que no sabíamos cómo enterrar, en una agonía tan agotadora e insufrible para el cadáver como para los que le rodeaban.

Durante los últimos años en funcionamiento, en la década de los ochenta, la tozudez institucional por mantener el edificio como prisión en pleno casco urbano de la ciudad, unida a la saturación y deterioro de las instalaciones, había terminado por convertir el centro en una jaula inhumana, acrecentando su imagen pavorosa. Luego fueron los motines provocados por esta situación, que lo convirtieron en un polvorín, siempre a punto de estallar. Los que vivimos en las inmediaciones y fuimos testigos de esos últimos episodios, aprendimos a mirar hacia otro lado cuando, a través de la ventana, adivinabas el rostro de algún interno apostado tras los viejos ventanales del pabellón central. El olor nauseabundo que desprendía la cárcel por aquella época, y que inundaba todo el barrio, no permitía aceptar que los sueños de alguien pudieran sobrevivir en el interior.

Por eso, el derribo de la antigua prisión formaliza definitivamente la ruptura de Jaén con su pasado más tenebroso, un pasado recurrente y manoseado que sin embargo nadie ha querido nunca reconstruir, seguramente por miedo a desenterrarlo, ni aún los favorables a mantener erguida la estructura como base útil para lo que se está proyectando. No diré que esos muros y su caída han significado nuestro particular muro de la vergüenza, pero casi.

El nuevo edificio que se levante en ese solar, ese Museo de Arte Ibérico que llevan años anunciando y que nunca llega, surgirá así con la limpieza moral del recién nacido, sin las ataduras o compromisos del que sabe que un cadáver insepulto, yace en un cajón de cualquier armario, por ahí, perdido, como es costumbre hacer en Jaén.

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