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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Una ciudad de suplentes

En verano juegan los suplentes y, a veces, según cuentan, juegan mejor que los titulares. Es un decir. La ciudad con el calor y las obras, no está para muchos juegos. Todo parece que se ralentiza, aunque no todo se detiene, salvo contadas excepciones. Las empresas echan mano de su fondo de armario para que no se paralice la actividad productiva y comercial. Se trata de los becarios, los aprendices, los meritorios. Durante las vacaciones de parte de la plantilla, los puestos de trabajo son ocupados por jóvenes que buscan su oportunidad. Son más amables, incluso eficaces, pero provisionales, como la propia ciudad de la que toman los mandos por unos días.

Los centros de trabajo adquieren así una nueva fisonomía: caras jóvenes y ojos muy abiertos ante la responsabilidad que les han dejado. La clientela asiste al cambio de turno un poco desconcertada los primeros días, pero pronto se acostumbran a ese esfuerzo suplementario que ahora les dedican los empleados accidentales, y luego les acaban echando de menos. Ellos son algunas de las escasas sonrisas amables que ahora encontramos en la capital.

También se marchan los responsables de los organismos e instituciones oficiales, y en ellos la suplencia parece más circunstancial que deseada, como si fuera el final de curso que obliga a cerrar las aulas, sencillamente porque no hay alumnos, o la clausura de un cuartel por licencia de la tropa. Eso el que tenga tropa.

Ellos, los suplentes observan esta otra vertiente de la ciudad en verano, la de los que se quedan. Hay como una leyenda que, sin embargo, no sirve de consuelo a los veraneantes que no se van. Jaén, decían antes, es en los meses de verano un lugar por descubrir y disfrutar, que por poco tiempo se vuelve una ciudad radiante e irreconocible. Pero era sólo leyenda, inventada por la necesidad o el deseo.

En realidad, Jaén se queda en el tradicional ir y venir de las terrazas. Sólo en estos sitios se ven las caras los noctámbulos y ello contribuye a la novedad del trasiego, que hace del bulevar el escenario más festivo y ruidoso que se pueda encontrar Pero es la excepción. Por lo demás, tienen las calles en agosto, un punto de ciudad abandonada, ligeramente adormecida y provisional, a causa de la huída masiva de sus habitantes. Algunos barrios se consuelan con unas fiestas populares en pequeño, que no son más que un espejismo del viejo pueblo que todavía muchos quisieran que fuera Jaén.

Antes decíamos que la gente huía a los Puentes, a las tradicionales caserías y las modernas urbanizaciones, para mejor pasar los rigores del verano. Ahora en cambio, parece que la ciudad huye de sí misma, de su epidermis descarnada por las obras y el tráfico atolondrado que a todos nos convierte en una noria sin principio ni fin. Los que se quedan sobrellevan como pueden los agobios, en la confianza de que, finalmente en septiembre, Jaén dejará de ser provisional para volver a ser la de siempre, un lugar apacible como ahora sólo nos la hacen ver esos jóvenes aprendices que, por unos días, asumen las suplencias de todos los que se van.



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