Mujeres y poder
José Manuel Fernández Ruiz - 07-11-2006 11:27:42 | Categoria: Comentarios
Avanza la legislación sobre la mujer, pero de forma atropellada, porque muchas veces se convierte en literatura inútil, que no sirve para nada; y otras, ineficaz, porque el marco jurídico nunca llega a alcanzar a la realidad galopante que todavía les afecta a ellas. Quiero decir que, como ocurre a menudo en nuestra sociedad, las leyes (como decisiones del poder) van por detrás de los acontecimientos que nos preocupan a los ciudadanos, muy por detrás, y siempre nos transmiten la sensación frustrante de que parece no vayan a alcanzarlos nunca. Me refiero a ese desaliento tan familiar que nos invade cuando hablamos de política.
He pensado esto al conocer que una concejala dimitió hace poco en Úbeda harta ya de no ser más que un florero para sus compañeros de grupo. Es decir, de no pintar nada o sólo pintar bonito. El color político es lo de menos: todos los partidos actúan de la misma forma, porque las decisiones importantes sólo las toman los hombres y sólo se les atribuye a ellos el poder de decidir sobre las grandes cuestiones. La mujer en política, para estos feministas de salón, tiene apenas el valor de lo simbólico. Observamos la realidad de un reparto paritario de las responsabilidades, pero no del poder, éste nunca cambia de manos, al menos en política.
Dejando a un margen la posibilidad, bien cierta, de que para algunas mujeres esta situación resulta cómoda, sí ocurre que, a veces, inventamos un lenguaje “ad hoc” para poner nuevo nombre a viejos problemas, de manera que parezca que aplicamos soluciones no sexistas, cuando en realidad queremos que todo siga como siempre. El lenguaje feminista adquiere así la fórmula de un barniz progresista, que en la práctica no sirve para nada, pero queda muy aparente y políticamente correcto. Por eso, casi siempre, las políticas de paridad no son más que la excusa que les otorga a los hombres licencia para hacer justamente lo contrario de aquello que proclaman.
Las carreteras, las calles, otro ejemplo en lo material que serviría para explicar la cuestión, se construyen o se mejoran únicamente cuando el tráfico se vuelve agobiante en un tramo concreto o, si hacemos caso a los malos pensamientos ciudadanos, cuando a algún político le toca sufrirlas. Lo mismo ocurre en otros capítulos del gobierno, porque las prioridades sociales no suelen coincidir con los planteamientos del poder, o son utilizadas como pauta para justificar sus errores, cuando no pueden rentabilizarlas.
Y eso sucede porque la gestión pública, tal y como ahora la entendemos, tiene mucho de ejercicio histriónico. Se tiende a solucionar los problemas por la vía de su negación. Se alaban los simples enunciados de algunos proyectos como la prueba fehaciente de que los problemas ya no existen, y luego nos olvidamos siquiera de que la demanda respondía a unas necesidades sin satisfacer. Se escenifica la puesta de una primera piedra, pero nos olvidamos de poner las siguientes.
Sólo en contadas ocasiones sucede lo contrario. Ahora se antojan grotescos los episodios revolucionarios, pero históricamente la hartura de los ciudadanos se manifestaba de otra manera. Ocurría que era la cabeza del aristócrata la primera en caer, antes que las de sus subordinados, cargos o propiedades, porque se condenaba el abuso, no el error. En otros tiempos, los problemas eran atajados desde la raíz, no por un afán revanchista, ni siquiera egoísta. Eso sí, por las bravas.
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