Lenguaje, para entendernos
José Manuel Fernández Ruiz - 15-11-2006 11:26:33 | Categoria: Comentarios
El auge del catalán, más o menos forzado desde el ámbito político, debemos considerarlo indiscutible, aunque no indiscutido, si en el análisis se nos permite introducir criterios que vayan más allá de la miopía nacionalista que nos invade. Toda la vida oficial, todos los textos literarios o casi, se deben escribir en la lengua vernácula. Incluso, dicen, existe un servicio público –si se me permite llamarlo así—encargado de denunciar a aquellos establecimientos comerciales que no rotulan sus letreros en esa misma lengua. Se hace tanto apego de la política lingüística, que incluso entidades afines al poder, tratan de boicotear los productos no catalanes, para que los consumidores no los compren.
Por cierto, ¿denunciarán también a los periódicos escritos en castellano pero que con tanto ahínco contribuyen a este afán nacionalista? Una reflexión sucinta sobre los efectos culturales (o desculturalizadores) de los medios de comunicación, tal vez haría modificar esas estrategias excluyentes a las autoridades nacionalistas. Deberían saber que esta guerra la tienen perdida de antemano, en una sociedad como la nuestra, tan globalizada y manipulable y una cultura hispana en permanente expansión.
El caso es que parece extenderse la opinión entre la sociedad, de que no hay marcha atrás en este capítulo: lo quieran o no, habrá una sola lengua oficial en Cataluña. El catalán se impone desde el gobierno autonómico como el signo de identidad de obligado cumplimiento, en un esfuerzo político que no tiene precedentes en la historia de nuestro país. Primero fue la inmersión lingüística y luego, directamente, el agua fría de la imposición, el hielo de la condena y la persecución.
El problema de la intransigencia –lo estamos viendo a diario-- es el escenario que genera, que normalmente tiene su reflejo, o su reacción, en otras parcelas de la convivencia. Como ocurre con todas las leyes represoras, los hombres tienden a eludir su cumplimiento, o evitarlas en el marco de su libertad más íntima. Ya sabe mucho la Hacienda pública de esta tendencia de los ciudadanos, cuando les toca declarar en una materia tan íntima como es el propio patrimonio. Es como poner puertas al campo, con el valor de síntoma sobre la salud moral de la clase política catalanda.
Porque resulta un mal síntoma que, sin excepciones, se utilice la lengua vernácula para practicar la exclusión. No se trata de dar ejemplo, de instruir en una dirección determinada, para propiciar el cambio y la convivencia pacífica de dos idiomas, según la libre elección de cada cual. El objetivo es conseguir la eliminación de todo vestigio cultural ajeno al oficial, cuando esa otra cultura, igualmente materna, ha convivido con naturalidad con la vernácula en todos los ámbitos sociales, durante siglos.
No en vano, cuando los ciudadanos catalanes quieren que se les entienda con nitidez, la mayoría de las veces utilizan el castellano para expresarse, sobre todo, si se trata de cuestiones que les interesan de verdad o les preocupan internamente: la salud, la vivienda, la libertad. Con lo cual, la lengua oficial sólo queda para las instancias oficiales, sencillamente porque se utiliza como arma contra los que no la practican. Porque los catalanes que realmente sienten la necesidad de defender su idioma más querido, son también extremadamente respetuosos con la cultura materna de los demás, vernácula o no.
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