La decisión de mi barbero
José Manuel Fernández Ruiz - 17-01-2007 09:19:09 | Categoria: Comentarios
Anda preocupado Antonio, mi peluquero, sobre las repercusiones de su política informativa, así como suena, y los efectos que ésta pudiera tener en su cuenta de resultados. No nos debe extrañar su estado de ánimo, habida cuenta de las habilidades comunicativas de este gremio. En términos de actualidad, han demostrado siempre estar al día. Hay alguno, incluso, que ofrece un amplio abanico temático al distraído usuario, como complemento al servicio de tijera, siempre en un tono de conversación distendida, a la que pueden unirse otros contertulios en espera de ocupar el sillón de operaciones. El más puro boca a boca, o mejor, boca a oreja que se pueda producir en el siempre complejo entramado de la comunicación, lo encontramos allí, mientras a uno le arreglan el cogote.
Pero no es éste el motivo de su preocupación. En concreto, me ha consultado al respecto de la información que surge de su aparato de radio, y que ameniza las sesiones de afeitado, corte y peinado que centran la actividad de la casa. Y, sinceramente, tengo que reconocer que su buena parte de razón le acompaña.
El caso es que, desde tiempo inmemorial, él gustaba de sintonizar las emisiones de Radio Nacional de España, mañana y tarde, de manera que los boletines informativos, las entrevistas y los programas de entretenimiento sirvieran de compañía en su trabajo, a él y a la paciente parroquia que aguardaba el turno para adecentarse la melena. Eso sí, reconoce que el único motivo de su interés por esa oferta radiofónica era la ausencia de mensajes publicitarios, con lo que las mañanas se hacían más llevaderas en ese ten con ten, tedioso y repetitivo, de mover las tijeras y el peine, la brocha y la navaja, el champú y el secador de pelo. Lo de la conversación era y es oferta gratuita y, por ende, placentera. O así.
El problema lo plantean las preferencias de los clientes. Y no se trata de poner de acuerdo a un auditorio variopinto, que no va de eso, sino del más inconveniente no comer ni dejar hacerlo que practican algunos ciudadanos. Me explico: los clientes de Antonio, y estoy por asegurar que no son una excepción respecto a otros establecimientos dedicados al noble oficio del rasurado, creen identificar las preferencias ideológicas del titular de la barbería, por el solo hecho de él sintonizar RNE, porque consideran que eso significa tener sintonía con el partido del gobierno. Así, hay paisanos que con la misma naturalidad que solicitan un masaje “after shave”, acusan al barbero de fascista trasnochado o rojo peligroso, según el momento político del país y quién esté dirigiendo las ondas de la radio oficial, con lo cual la bronca –es un decir—está asegurada.
Hay costumbres que consiguen sobrevivir al paso de los años, y el trasiego y los rituales de una barbería parecían ser una de ellas, pero todo hace indicar que no ha sido así. Al contrario que en los clubs ingleses, el recinto inmaculado donde ejerce el peluquero ha sido siempre un espacio de libertad y respeto, donde se permitía, incluso, hablar de política, sin provocar con ello más allá del gesto desdeñoso o incrédulo, pero tranquilo, de algún parroquiano. De mujeres también se hablaba, pero de otra manera.
El caso es que se encuentra ahora muy extendida la creencia de que existe una relación directa entre la elección de un periódico y la opción ideológica del lector del mismo, cuando los periodistas siempre hemos pensado que el fenómeno era el inverso, es decir, que la información siempre tiende a convertirse en un reflejo del poder y, consiguientemente, los medios más alejados del poder suelen ser los más interesantes para el lector independiente. Otra cosa que habrá que revisar.
Lo que ocurre es que, para los ciudadanos de a pie, resolver la disyuntiva no siempre ha sido una cuestión fácil, y en épocas de tanta controversia política como ahora, prefieren ocultar sus preferencias en esta materia como si se tratara de un secreto de confesión. Incluso hay quien utiliza el dato como argumento inquisitivo, como si se tratara del hincha deportivo que discute los lunes sobre la actuación del equipo de sus amores, cuando la encendida defensa de unos colores va más lejos de lo aconsejable por la razón.
Para Antonio, mi barbero, el problema ha quedado zanjado definitivamente. De un tiempo a esta parte, sólo sintoniza en su establecimiento las melodías interminables de Kiss FM, y todos contentos. Visto el panorama, ha sido una sabia decisión, desde luego.
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