Parques de atrezo
José Manuel Fernández Ruiz - 17-01-2007 09:25:38 | Categoria: Comentarios
La sociedad moderna busca sus particulares formas de esparcimiento, que no parecen diferir mucho de las que siempre nos han atraído. Sin ir más lejos, las personas siempre hemos tenido en los espacios naturales, un refugio que nos ha permitido liberar las tensiones de la vida urbana, del trabajo, incluso de la convivencia, que también para convivir es preciso ejercer un esfuerzo, físico e intelectual. Por lo visto, el hombre tiende a volver al campo porque allí estuvo su hábitat originario y, desde su estabulación en las ciudades, lo echa de menos. En realidad, tendríamos que hablar ya de nuevas fases en ese proceso de desarrollo de la especie, para observar los cambios que se han producido en el instinto que nos concedió la naturaleza. En el ocio, también.
Hasta hace poco, los abuelos gustaban de tomar el sol en los parques, hasta que les abrieron los clubs del jubilado, donde la conversación se sustituye por la partida de dominó. Los niños merendaban también al aire libre mientras aprendían a montar en bicicleta o jugaban al balón, no muy lejos de la mirada de las madres, entretenidas en otros quehaceres. Los parques, las plazas ajardinadas, fueron el sustituto de las calles del barrio, primer escenario de juegos y primer ensayo de convivencia que conocimos los chavales. Eran el único esparcimiento sano de la ciudad.
Ahora, como todo el mundo sabe, los medios audiovisuales han sustituido en gran medida al ocio tradicional, sin necesidad de salir de casa. La televisión nos trae a domicilio paisajes inmaculados, territorios sin explorar, horizontes abiertos, si me apuran, casi la sensación de respirar aire puro. Los críos, ni siquiera eso, se contentan con una dosis generosa de dibujos animados desde el amanecer hasta el atardecer, sin moverse del salón de la casa. Así no crecen muy sanos y robustos, pero sí muy seguros, y con la mente más despierta a nuevos contenidos de la parrilla. En cambio, nuestros parques se están quedando vacíos.
Ya apenas se ve jugar a los niños en los parques. Si acaso, los fines de semana, cuando las familias de padres divorciados necesitan de estos recintos para propiciar su convivencia intermitente. Se distingue a estos niños por la hora intempestiva de la visita, aún por las mañanas, y porque comparten sus juegos no con otros chicos de su edad, sino con el padre que les acompaña, que debe apresurar su afecto a las pocas horas que el juez le concedió. El resto de días, los parques están solos, sin apenas uso.
Además, los parques están adquiriendo una nueva fisonomía, más acorde con el uso limitado que ahora hacemos de ellos, o tal vez es que no los usamos porque no nos gustan. Hasta tal punto eso es así, que en ocasiones parecen meros decorados de atrezo. Los responsables políticos agobian estos espacios con tanto mobiliario destinado a juegos infantiles que luego, su escasa utilidad, los convierte en teatros de fantasía, pero solitarios. Se diseñan, efectivamente, bajo la premisa de un espectador. Son parques para mirar y no tocar, ni pisar, ni correr, ni reír. No propician la participación de la gente, no invitan al descanso ni a los juegos que los niños quisieran practicar en los espacios abiertos, seguramente menos sofisticados que los que les proponen. Otro motivo que no les anima a utilizarlos.
Realmente, los parques siguen siendo los espacios más tranquilos de la ciudad, sencillamente porque los visita poca gente. En su lugar, son ahora asiduos de estos recintos, por esa soledad, los que buscan otro tipo de trasiego más indecoroso que el descanso o el silencio que propicia la lectura o la conversación. En el pecado llevamos la penitencia.
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