El pulso perdido de la información
José Manuel Fernández Ruiz - 21-03-2007 12:55:56 | Categoria: Reportajes
Andamos desde hace años los periodistas, discutiendo sobre la naturaleza del trabajo de los gabinetes de prensa, unos departamentos que, aunque de historia reciente, han conseguido consolidar su influencia en el proceso de la comunicación hasta hacerla decisiva y decisoria, y no sólo como instrumento mediador de las instituciones en la mecánica de acceso a los medios, sino como elemento determinante a la hora de entender los contenidos de los medios de comunicación. Su único parecido respecto a los medios, es que éstos, normalmente, están dirigidos por periodistas y aquellos, normalmente, nunca lo están.El primer gabinete de prensa que funcionó en Jaén surgió a finales de los años setenta. Lo creó el Gobierno Civil por iniciativa del titular de ese organismo en aquella época, Enrique Gómez Palmero, y lo impulsó brillantemente Vicente Oya Rodríguez, uno de los grandes periodistas que tiene esta provincia, y hablo en presente porque aún nos deleita con sus artículos y con otras labores que quizás le satisfagan a él tanto como la de escribir. Resulta imprescindible hablar de ese precedente porque de alguna manera, mostró el esquema de trabajo a desarrollar con posterioridad en ese campo, aunque desde luego nadie duda ya de que, el modelo y los objetivos de los que han proliferado después, nada tienen que ver con aquel, desgraciadamente, y todos tendríamos que lamentarnos por ello.
El caso es que, como todos sabemos, los gabinetes de prensa se han convertido en instrumento imprescindible para entidades y organismos y, de alguna manera también, para los medios de comunicación, sobre todo si lo que se pretende es una completa planificación previa de la actualidad, de manera que nada, absolutamente nada, quede sin control informativo, aunque éste se haga desde fuera de los propios medios. La agenda de la actualidad, que no equivale a la agenda del interés para la opinión pública, ya no la planifica el azar ni el criterio de los periodistas. Lo hacen los sujetos de la noticia, y ni siquiera todos, sino sólo aquellos que pueden permitirse un departamento de comunicación. Es decir, los más poderosos. ¿Me siguen?
Así, el fenómeno de las ruedas de prensa, producto genuino de los gabinetes de prensa, aunque ideadas en su origen como comparecencias inexcusables para dar a conocer la versión oficial de acontecimientos de extraordinario interés, se han convertido en la añagaza mediante la cual, los personajes públicos se apropian de los espacios de los medios de comunicación. Se trata de un fenómeno profundamente antidemocrático, con independencia del escaso interés que puedan tener unas convocatorias reiterativas, a veces sin tema concreto a glosar, ni motivación, ni exposición previa, ni derecho a la pregunta, sino porque las referencias que recogerán al día siguiente los medios, cerrarán el paso a temas de verdadero interés general y además atarán de pies y manos la iniciativa y el esfuerzo de los propios periodistas.
Lo peor del caso es que los profesionales que ejercen en gabinetes son instrumentalizados para justificar estos encuentros informativos infumables, cuando la iniciativa de actos casi nunca está propiciada por criterios técnicos y sí por el afán protagonista y propagandista de alguien que no merecería esa atención social si no estuviera ocupando un cargo público o un alto puesto en la escala social.
Carlos Briones, director de periódico de bochornoso recuerdo para la profesión, pero buen periodista, llegó en una ocasión a rubricar con una “R”, de remitido, una extensa nota gubernativa recibida en la Redacción, lo que la convertía, automáticamente, en publicidad de pago, provocando el consiguiente terremoto en las relaciones entre el diario y el organismo en cuestión. Porque desenmascarando un comunicado oficial, no había hecho sino dejar al descubierto todo el engaño que suponía la publicación de una noticia como tal, que en realidad no lo era. No le costó el puesto de milagro, aunque, en su caso concreto, todos hubiéramos agradecido un cese fulminante.
Manuel Ruiz de Adana, veterano periodista, maestro de muchos de nosotros y que aún escribe por algún rincón del diario “Jaén”, saltaba de gozo en sus años de redactor-jefe cuando la actualidad no incluía ninguna convocatoria oficial. Eran esas las fechas en que, en su opinión, se podía hacer un verdadero periodismo. Los mejores contenidos surgían cuando no existían ruedas de prensa ni notas oficiales, una realidad que ahora resulta imposible de contemplar.
Además, desde las comparecencias oficiales se marcan pautas sobre criterios informativos, se eligen frases que luego cuadrarán en el titular, por su ingenio, vengan o no vengan a cuento. Se sugieren tratamientos informativos que, por repetitivos, acaban por convertirse en normas de conducta para el periodista. Incluso se sentencia sobre repercusiones sociales de la información, como la violencia de género, muertes en la carretera o quién sabe qué, culpando al informador de los efectos perniciosos de la noticia. Se presiona a los periodistas, se les manipula, hasta conseguir de ellos la versión adecuada.
Definitivamente, el pulso entre medios y gabinetes lo tienen ganado éstos últimos, sin ningún género de dudas, aunque mejor sería decir que ese pulso lo hemos perdido todos.
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