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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Espejismos de agosto

Por primera vez en muchos años, he asistido al estreno del mes de agosto desde la primera fila de mi puesto de trabajo, un poco ajeno al trasiego de personal que se produce entre los dos grandes meses del verano para tomar las vacaciones. Me ha venido a la memoria, al salir a la calle a media mañana, esa sensación de vacío que se produce al cesar una agitación.

El pulso de todo, de todos, parece disminuir. No hay conversaciones en voz alta, apenas veinticuatro horas después de acabar julio, sensación que se acentúa tal vez porque el final de mes, a mediados de verano, significa el punto y final para muchos asuntos, que no volverán a retomarse. Esa necesidad de concluir todo, convierte a ese mes en el más trepidante del año. Todos queremos abandonar la ciudad o las obligaciones sin ninguna tarea pendiente.

La gente que no se ha marchado disfruta la ciudad en mayor medida. Le está permitido pasear por las calles por donde, habitualmente, sólo caminamos de ida y vuelta al trabajo. Incluso se entretiene tranquilamente, ya sin prisas, conversando en las terrazas, despreocupada. He creído oír ese raro pitido que suena en los oídos cuando cesa un gran estruendo.

Los primeros días de agosto percibimos mejor los mensajes de la ciudad, sus olores, sus luces, sus rincones escondidos, donde no acostumbramos a mirar el resto del año. Los que nos quedamos tocamos a más ciudad por persona y nos sorprende encontrar una cara conocida, cuando suponemos a todo el mundo en la playa. En cambio, los que han regresado ahora, se les ve un tanto desconcertados, con la piel bronceada del turno de julio, incluso ya arrodalada, como tratando de sopesar si lo que queda de verano merece la pena llamarlo así.

Pensamos ahora que septiembre significará el principio de un nuevo curso, de un nuevo ciclo para la mayoría de los temas y los asuntos que nos preocupan. Se nos antoja muy lejano el regreso, aunque en realidad no sea así. Son espejismos, como las pequeñas cosas a las que nos aferramos para hacer más llevadero el sopor de estas fechas, en espera de algún soplo de brisa fresca, que casi nunca llega.



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