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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

La plaga del aire fresco


Ignoro si hay alguna normativa que obligue a guardar cierto tono de dignidad en las nuevas edificaciones que se levantan en la ciudad. Dado que la belleza siempre puede ser objeto de opinión, nadie debe quedar obligado a participar del gusto general, ni aún tratándose del buen gusto, que no es el caso. Quiero decir que, si no existe la ordenanza correspondiente, habrá que inventarla. Debería tenerse en cuenta algún criterio respecto a la apariencia exterior de las viviendas, ya que la vista de los ciudadanos está impedida de obviarla. Hablo de criterios que prohíban perturbar la armonía arquitectónica que debe presidir la visión del conjunto urbano.

Sé que existen requisitos de obligado cumplimiento, con relación a edificabilidad, altura de las casas y demás, que deben consignarse en los proyectos de construcción. Pero lo que desconozco son las normas relativas a los elementos añadidos con posterioridad al permiso de primera ocupación.

Lo digo porque a mí, en particular, me produce verdadera bochorno, por no decir otra cosa, la facilidad con que son adheridos a las fachadas esos ingenios, imprescindibles para la vida moderna, pero de nefasta apariencia ornamental, como son los aparatos de aire acondicionado. Pero hay más. Están también las antenas parabólicas, los cables de conexión a redes telefónicas o televisivas, incluso, algunos espantajos publicitarios, en forma de toldos, rótulos y luminosos, además de otros artilugios, que dudo mucho que cuenten con autorización de algún organismo o entidad municipal competente. Y si la tuvieran, habría que perseguir judicialmente al autor de la norma. Hablo de plaga del aire fresco, porque es ahora en verano cuando más proliferan y la tenemos más a la vista.

Cuando creíamos superada la época de los tendederos a la calle, en que no era posible guardar el mínimo secreto ni aún sobre cuestiones de ropa interior, ahora venimos a padecer otra plaga aún peor, que deja al aire nuestras vergüenzas, sobre el mucho deseo de bienestar personal, pero escaso apego a la apariencia de la ciudad en que vivimos.

El problema lógicamente, no afecta sólo a la capital. Hace poco me hablaban del efecto estético de estos aparatos en las fachadas de las ciudades Patrimonio de la Humanidad, Úbeda y Baeza, sin que las autoridades municipales hayan movido un dedo para contrarrestar la plaga de aire fresco que nos invade. Si volvieran los evaluadores de la UNESCO supongo que algo tendrían que decir al respecto.

Cientos, miles de aparatos, como una inmensa exposición, compiten en las fachadas como un nítido exponente del poder adquisitivo de los ciudadanos. No hay domicilio que se precie que no disponga de, al menos, un chisme de estos, y todos, absolutamente todos, se muestran impunemente al exterior, colgados en las fachadas principales, como si tuvieran reservado un lugar privilegiado en cada casa. No sé si con ellos podríamos medir el grado de confort de una ciudad, como sucede con el nivel de consumo de electricidad, pero lo que sí hacen, con toda seguridad, es poner de manifiesto el pésimo gusto de sus moradores y, en cualquier caso, de las autoridades municipales que los consienten.
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