Compañero Manu
José Manuel Fernández Ruiz - 31-10-2007 11:11:53 | Categoria: Comentarios
A veces he tratado de recordar cómo de joven me aproximé al mundo del periodismo, hasta el punto de convencerme de que ya no habría otro horizonte en mi vida que ese, en contra de cualquier previsión familiar o de mi entorno. Por eso pienso que aquel proceso vital, casi milagroso, sólo fue posible gracias a tipos especiales, como Manu Leguineche, un periodista cuya enorme envergadura moral, su independencia y honestidad, nos sedujo a tantos jóvenes para emprender ese camino incierto de la información que, muchos años después, aún no sabemos a dónde conduce, y si merece la pena saberlo.En casa de mi familia, en Úbeda, no se compraba el periódico a diario, casi nunca para ser más exactos, pero los domingos nunca faltaba. Era el viejo diario “Madrid”, del que apenas me viene a la cabeza una columna de chistes en la página tres, junto a otros largos y aburridos artículos alejados de mi comprensión. Con él llegaba también el semanario “España”, creo que editado en Tánger, un periódico de enormes titulares, con reportajes de todo el mundo y muchas fotografías de países singulares situados, siempre, en el otro extremo del mundo. Leer aquellas grandes páginas constituía la mayor aventura a la que un niño de la época podía entregarse. Crónicas de viajes, expediciones, aventuras en el desierto o en el polo norte, las tribus de Madagascar, los grandes ríos de China.
Luego, con la adolescencia, llegó el encuentro con revistas y diarios cuyas informaciones, según los iniciados, contenían claves que resultaba imprescindible descifrar para comprender el mensaje político que debía ocultarse a la mayoría. Era el caso de La Codorniz, Triunfo y Cuadernos para el Diálogo, o el posterior Cambio-16. Pero sobre todo, estaban las crónicas de Manu Leguineche, un personaje tan identificado para nosotros con el periodismo independiente, como alejado de esta profesión que ahora la mayoría de los periodistas nos vemos obligados a ejercer.
El estaba en todas las guerras. Manu Leguineche era como el corresponsal inamovible en todos los puntos del planeta donde estallaba un conflicto. No se distinguían en sus crónicas, todavía en blanco y negro, ni el tono engolado de voz ni el encuadre artificioso que hoy vemos en los presentadores de telediario. Su aspecto tranquilo, su sencillez, su expresión tímida contribuían a describir una realidad cruda pero nunca exenta de humanidad. A través suyo, los dramas humanos no impedían reconciliarnos con el mundo ni apreciar hasta qué punto la solidaridad con el sufrimiento de los refugiados, ha constituido siempre un valor imprescindible. Fue ese el momento de descubrir que todos los periodistas no eran iguales.
Ahora, años después, he tenido la oportunidad de aproximarme de nuevo a la figura de Manu Leguineche, un periodista ya exhausto, después de mil viajes, pero tan intacto en su integridad que aún en su retiro voluntario de La Alcarria no ha dejado de crecer su autoridad moral, sobre todo moral, en la profesión.
La concesión del premio de periodismo de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, en cuyo jurado he tenido el honor de participar, no ha sido sólo un reconocimiento a su trabajo de tantos años, sino una reivindicación del profesional que todos quisimos ser al leer sus crónicas, que incluso nos llevó a seguir sus pasos, como el pago de una deuda imposible de saldar de otra manera que no sea el agradecimiento. Sólo mirando su obra sabemos que sí merecía la pena seguir ese camino, que no ha sido tiempo perdido.
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