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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Deuda histórica


La historia está en deuda con Jaén. He leído la frase en algún sitio, pronunciada por un dirigente político a propósito de la campaña electoral, y me ha llamado la atención. No sé si se trata de un elemento argumental o, simplemente, una construcción literaria, un lugar común que siempre viene bien tener a mano para alimentar el victimismo colectivo, que suele ser el recurso utilizado por los que carecen de recursos, sobre todo intelectuales, o voluntad para aplicarlos. De todas formas, me da qué pensar esa manera de analizar los acontecimientos, donde desaparece o se difumina la actuación de los que han tenido el poder de decidir en sus manos.

Porque, sencillamente, no se puede estar todo el día reclamando protagonismo en todos los temas y luego eludir cualquier responsabilidad sobre decisiones adoptadas al respecto, especialmente cuando el rumbo de las cosas no se endereza, que a menudo ocurre. La historia sirve para recordar sucesos, incluso negativos, pero también a sus autores.

Los protagonistas de la historia, que a diario llenan los periódicos de discursos e imágenes populistas, se esfuerzan en hablarnos del bienestar futuro y la herencia recibida, como si ellos no hubieran estado allí. Algunas veces habría que creerles, si no fuera porque les delatan las fotografías, en las que aparecen siempre sonrientes, asegurando haber solucionado una y otra vez los mismos problemas de la gente.

Decir que la historia está en deuda con nosotros, es una forma edulcorada de no pedir responsabilidades a quienes realmente las tienen. En su lugar, yo diría que los ciudadanos de Jaén estamos en deuda con la historia por no haber elegido bien a nuestros dirigentes. A tenor de la propaganda, todo suele hacerse bien pero, y a los resultados nos remitimos, nunca conseguimos avanzar, aunque nos digan que sí lo hacemos, sobre todo en campaña electoral.

Hay muchas placas conmemorativas de eventos triunfalistas, ninguna que conmemore un fracaso. Abundan las que atribuyen autoría a las obras de infraestructura: a cada proyecto corresponde, al menos, una placa, a veces dos, incluso tres. Hay proyectos en que, con su presentación oficial, colocación de primera piedra, visitas institucionales, inauguración y puesta en servicio, de buena gana algún político habría descubierto cuatro o cinco placas con su nombre. Nunca se les olvida atribuirse méritos, perpetuarse en una placa, que es lo mismo que pasar a la historia con letras mayúsculas, escritas en bronce.

El fracaso en cambio siempre es anónimo, en todo caso, colectivo. Y cuando hacemos balance de él, resulta ser una deuda de la historia. Quisieran que ésta se escribiera sólo a capítulos, justo donde aparece la colocación de alguna placa, entonces sí, con nombres y apellidos. Lo otro, el permanente fracaso colectivo, siempre será una deuda. Pero no de la historia, sino de los incapaces o los corruptos.


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