Una defunción interesada
José Manuel Fernández Ruiz - 21-02-2008 09:47:30 | Categoria: Comentarios
La sociedad civil, por más que se esfuercen muchos en afirmar lo contrario, ha dejado de existir. Ha dimitido, o la han dimitido, al menos en Andalucía. Si se fijan bien, verán que la ciudadanía, como tal, ya ni sale en los periódicos. Hay noticias sobre colectivos, sobre instituciones, sobre asociaciones o sectores productivos, todas noticias oficiales, pero ninguna sobre la gente corriente, la no afiliada, que sigue siendo la inmensa mayoría. La sociedad civil ha muerto, víctima de la política, y de esa tendencia colectiva que tenemos a no hacernos cargo de nuestros propios asuntos, en la espera permanente de soluciones por parte del poder.
A menudo la palabra frustración forma parte del argumentario, cuando hablamos de subdesarrollo (ahora se llama convergencia). Yo suelo referirme al permanente victimismo de todos los estamentos sociales. Hay como una parálisis colectiva que nos impide avanzar. Todos queremos vivir del presupuesto y, cuando no lo conseguimos, sencillamente porque la cosa no da para tanto, entonces caemos en la depresión colectiva. Nos derrumbamos.
Y eso ocurre porque la iniciativa privada apenas existe, si no está vinculada al dinero público. A la iniciativa empresarial me refiero. Pero es que a la cultura le ocurre lo mismo. Las infraestructuras culturales, y sus contenidos, hace años que están en manos del sector público, es decir, de los políticos. Luego están las asociaciones, sindicatos, entidades vecinales, todos cobrando del presupuesto, o tratando de hacerlo. Y claro, al final, todo está a expensas de la política, una deriva que nos conduce a un terreno extremadamente peligroso.
Los políticos nos tienen acostumbrados a meter la nariz en todos los rincones de la vida social, les incumba o no. Son generosos con el dinero público si la iniciativa favorece sus intereses partidistas. Por eso, todos los proyectos al final acaban por convertirse, por la omnipresencia pública, en iniciativas oficiales, asumidas por los dirigentes de turno con toda naturalidad. Además, podrán anotarlas en el haber de su gestión.
En parte, no le falta razón a la ciudadanía cuando reclama soluciones para todo a los poderes públicos. Ahora el sector público lo abarca todo, desde la fabricación de automóviles o embutidos, a la comercialización de productos turísticos, culturales y deportivos. Hay ya etiquetas oficiales para avalar toda clase de artículos. Incluso las denominaciones de origen para el aceite, el Mercado de Futuros, las Cajas de Ahorros, han hincado sus raíces en el presupuesto de todos.
En cambio, carecemos de una infraestructura ferroviaria que nos conecte con el siglo veintiuno, la red de carreteras deja mucho que desear, los sistemas de salud y asistenciales continúan deteriorándose y la mayoría de los servicios públicos funcionan con la misma eficacia que hace cincuenta años, aunque el número de funcionarios haya crecido de forma exponencial. En general, todos los grandes proyectos siempre van a remolque de las necesidades, con atrasos de décadas.
Hace poco, una fiscal comprometida con la causa de la violencia de género, se preguntaba para qué tanta burocracia alrededor del problema y tan escasos recursos directos para tratar de solucionarlo. Y es que con este empeño en pisar tantos charcos que les señalan los amigos, los responsables públicos dejan aparcados los problemas que de verdad preocupan a la mayoría, esa sociedad civil de la que tanto se han alejado. Porque interesaba su defunción.
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