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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Paradojas artesanales

Celebro que el antiguo Matadero de Úbeda vuelva a tener utilidad, doble utilidad, digo mejor. Se recupera el recinto después de diversas obras de rehabilitación y, al mismo tiempo, abre de nuevo sus puertas como escuela ocupacional, que va a reavivar la artesanía del esparto.

Se trata, al parecer, del último reducto que mantiene viva la tradición del esparto en la ciudad, que es lo mismo que decir, que la realidad presente mantiene todavía un lazo umbilical con el pasado que no se ha roto. Quedan ya muy lejanos los tiempos en que la esquina del Matadero de Úbeda servía para descalificar la puntualidad de los relojes. Pero esa es otra historia.

Los productos del esparto los hizo famosos en todo el mundo la tienda de Pedro Blanco Vera, al final de la calle Real. Los primeros turistas que, algo despistados, comenzaron a aparecer por Úbeda a finales de los cincuenta, todos acababan desfilando por esa casa. Era, principalmente, la artesanía de las esteras, las alfombras trenzadas de esparto, que luego se complementaba con otros objetos de mayor filigrana, de bello diseño pero utilidad incierta. Después, esa industria ha languidecido durante décadas, aún sin desaparecer del todo. Sí quedó finiquitada la manufactura de capachos, primero por la irrupción de las fibras sintéticas, finalmente por la invención de los decantadores de aceite por centrifugado. Las almazaras no han vuelto a ser lo mismo desde entonces. Sin embargo, ahora asistimos a la paradoja de que, incluso desde Italia, se vuelve a reivindicar el método de prensado de la aceituna, como si la historia quisiera rendir un homenaje tardío al esparto, que no una segunda oportunidad.

Las dinastías de los ceramistas Tito hacen lo propio con el barro, ya sin el complejo de pensar que se entrometen en la parcela de los artistas, y un poco les pasó lo mismo. Poco tiene que ver el actual catálogo de vasijas, platos o cuencos esmaltados con la primitiva industria de los cacharros. Siempre que puedo me paso por la tienda de Juan Tito, en la Plaza del Ayuntamiento, a saludarle a él y a su mujer Paqui, y asombrarme de lo que son capaces de hacer unas manos desnudas con el más humilde de los materiales. Cada vez más me reafirmo en la opinión de que debieron dejarse de complejos mucho antes.

La modernidad, en todo caso, les ha retirado el uso doméstico a los objetos artesanales por cuenta de la comodidad o el plástico, y ahora acaban colgados en sótanos y mesones rústicos, como piezas ornamentales de coleccionista. Son el vestigio antropológico de Úbeda, que en lugar de exponerse en museos, como debiera, acaba decorando cortijos y chalés. Lo mejor de todo es que no sólo en eso ha quedado la buena artesanía sino que su presencia ha crecido y, además de identificarnos en ella como pueblo, vuelve a crear riqueza.

Los artesanos se ocupan de fabricar cosas útiles que ya no se utilizan, sólo por el placer de recuperar la belleza sencilla de los objetos cotidianos, seguramente porque nunca hemos reconocido la belleza en lo cotidiano, por su propia sencillez o nuestro pudor insensato. Pero ya iba siendo hora de hacerlo.

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