Trapicheos telefónicos
Por temporadas, hay sectores productivos que declaran sus particulares guerras comerciales, guerras de precios, se entiende, con el fin de dar salida a la mercancía que hace bulto pero no rinde, y poder introducir los artículos de mayor novedad. Para los del ramo textil, entre otros, están las rebajas de enero y julio, a cuyo término toca cambio de escaparate. No es el caso de los mercadillos, que son como unos grandes almacenes pero a pie de tierra, toda una gran planta de oportunidades Más recatados son los concesionarios de coches.
Hay, sin embargo, una lucha sin cuartel que últimamente está registrando numerosos daños colaterales entre los usuarios. Me refiero a la competencia entre operadores de telefonía, un sector en el que deberían poner orden las autoridades, sobre todo en el capítulo relativo a publicidad de las tarifas y servicios de atención al cliente, un verdadero galimatías que, casi siempre, deriva en la protesta del consumidor, con toda la razón del mundo.
Evidentemente, cuando solo existía una empresa no había más remedio que entrar por el aro, si bien la Administración Pública ejercía el papel compensatorio que hoy se concede al mercado. Todos pedíamos a gritos la libre competencia de ofertas y la entrada de nuevos operadores, como ahora ocurre. Pero, la verdad, ya no sabe uno a qué atenerse, porque a veces nos encontramos con los problemas de antes, añadidos al desparpajo de ahora, y con muy escasas ventajas. Por ejemplo, el que fuera operador único niega ahora determinados servicios (la infraestructura básica para edificios en construcción, por ejemplo) sólo en localidades donde sabe que no tiene competencia. En otros casos, dice ofrecer mayor potencia o capacidad de conexión a internet, cuando en realidad no puede prestar esa cobertura. Ya no habla, como entonces, de interés social. Al margen de otras peculiaridades en los procesos de contratación de servicios (es fácil contratar, pero no tanto darse de baja), en todos los casos resulta escandalosa la publicidad que le llega al consumidor, escandalosa por lo confusa y manipuladora.
En las continuas ofertas, la cifra del precio es enorme, mientras que en caracteres diminutos se nos informa que ese precio sólo tendrá vigor dos meses. Para el resto del contrato, ni pío, o una letra aún más pequeña. Raro es el operador cuyo servicio de atención al cliente sirva para algo, menos aún el departamento de quejas, si es que lo tienen. De los departamentos de asistencia técnica, mejor no hablar. Nadie se hace responsable de nada. Las operadoras repiten un soniquete supuestamente cortés con el cliente, pero ininteligible, si es que responden operadoras, todas por supuesto de algún extraño país donde no se habla castellano, o se habla fatal. Lo más fácil será que los números de la compañía remitan a otros departamentos mediante una tecla opcional, según el objeto de la llamada, para que, finalmente, se nos requiera una breve explicación del problema, antes de que nos dejen con la palabra en la boca.
Falta de respeto, o algo peor si luego te encuentras en la factura servicios que no deseabas. En fin, una calamidad a la que solo puedo responder con el silencio. El de mi teléfono, claro.