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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Divagaciones sobre género

A veces los periodistas nos ofuscamos en la defensa de unos argumentos que, por su aparente endeblez, nos obligan a explicarlos con reiteración, empalago e, incluso, angustia. Es el caso de la mal llamada violencia de género, mal llamada no por tratarse de un concepto ficticio, sino imposible. Ya saben,  la violencia nunca podrá ser aplicada en materia de género, porque éste es un elemento gramatical, y difícil tenemos hacerle maltrato a las palabras de forma violenta, aunque algunos ejerzan con verdadera maestría en el empeño. 

Lo que ocurre es que, como las modas, hay palabras o conjuntos de ellas, cuyo uso político les otorga carta de naturaleza, y los personajes de verbo fácil, por no decir ligero, las hacen extensivas a todo lo que se les pone por delante.  Sin ir más lejos, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía insiste en el error cuando considera que deben anularse los contenidos referidos a ideología de género de la asignatura Educación para la Ciudadanía, lo cual nos viene a indicar que tampoco en el ámbito de la Judicatura merece mayor respeto la correcta aplicación semántica del vocablo. 

 Realmente, el defecto no es de ahora. Ya hemos hablado alguna vez en esta columna del fenómeno de las palabras gastadas, expresión que sirve para un roto y un descosido, incluso para los gestos de agresión, si las palabras son lanzadas como piedras al adversario, ejercicio muy del gusto popular. El maestro Manu Leguineche dice que hay palabras que habría que tener en remojo una temporada, como los garbanzos, antes de utilizarlas en una conversación o un texto escrito. Más vale en esos casos administrar los silencios, es decir, callarse, que adentrarse en una terminología confusa que empobrece nuestro idioma. Intenciones aparte, las palabras mal utilizadas corren el riesgo de gastarse antes de la cuenta, amén de perder su verdadero significado.  Como anda corto de vocabulario el andamiaje intelectual de la mayoría, hacemos caso omiso de las recomendaciones que nos llevarían a una expresión correcta, y  una y otra vez recurrimos al latiguillo. Porque, sinceramente, no creo yo que haya algo más que desconocimiento gramatical detrás de esa expresión, y no precisamente de un/a miembro/a de la RAE. El término violencia unido a género, en lugar de violencia por razón de sexo, lo inventaron los políticos y, como ellos, no hace sino crear controversia. Sabemos lo que querían decir, pero no anduvieron finos. Antes, en cambio, era el uso social el que imponía las expresiones, y así se consolidaban mejor, sin tantas prisas. 

No piensan así quienes otorgan al término categoría ideológica, más allá de lo gramatical,  y  acusan a sus adversarios de ocultar un fondo reaccionario en esas interpretaciones. A estos habría que decirles que, no por inventada, la expresión deba recibir un respeto unánime.

Sí es cierto que suelen renegar de la idea, no de la palabra en sí, sin importarles la expresión correcta, sectores radicales de la derecha, la Iglesia y, como hemos visto, la rama más conservadora de la Judicatura, no por casualidad. La derecha es la derecha. Por cierto, el término derecha, para determinar sólo una posición, ¡qué éxito tuvo en política! El caso es que los políticos seguirán atribuyéndose el derecho a bautizar nuevos conceptos, saltándose a la torera todo lo que haga falta, gramática incluida. Todo muy al gusto de la época, y del género nuestro.

 

Referencias

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Comentarios

  1. Mi querido JM:
    Esta vez, no estamos de acuerdo. La palabra género aplicada a la situación de desigualdad de hombres y mujeres por la única razón de pertenecer a un sexo, situación de desigualdad que es universal, es decir, se da en todas las culturas, razas, tribus, etnias… a lo largo de todos los tiempos, es un concepto nuevo. No proviene de la política, sino del feminismo anglosajón, de dónde toma la palabra y el término que enuncia el concepto, se aplica, por similitud al género que ya tenía el castellano, pero en absoluto apela a una cuestión gramatical.
    Es un concepto nuevo, que revoluciona la mirada sobre muy diversas materias o áreas de conocimiento. El género se aplica a la medicina, la economía, las matemáticas, la arquitectura, la política , la información, la historia, la sexualidad… etecé, y también, ¿cómo no?, a la gramática y el lenguaje.
    Negar la concepción de este nuevo baremo para medir a las sociedades, sus productos y sus gentes, es permanecer anclado a principios del siglo XX: Hemos avanzado unos años, y cuestionamos el género porque queremos ser felices, y queremos ser lo que queramos, independientemente del sexo que la ruleta de la fortuna nos asignó al nacer.

    Comentario de Lucía hace 3 meses y 9 dias


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