El Parque "Alcalde José Morales", un disfrute para los sentidos
Historias y personajes se suceden en un pequeño trozo de naturaleza atrapado en el interior de la ciudad
El Parque “Alcalde José Morales Robles” está situado entre dos calles poco ajetreadas y una parroquia de reciente creación, la de Santiago Apostol. Su frondosidad, para una ciudad como Jaén, resulta extraña, incluso alarmante, por lo inusual. Tiene áreas de césped y setos con arbustos variados, y abundancia de rosales, adelfas y madroños. Infinidad de especies vegetales. Sus viales de albero serpentean entre palmeras, pinos y arces. Una gozada. No somos pocos los que pensamos que no tardará alguien en decidir acabar con él, por la fórmula de convertirlo en zona lúdica, llena de aparatos para distracción infantil y, naturalmente, todo pavimentado de cemento, por donde al final no aparecerá nadie. Lo de siempre. Entre tanto, lo disfrutamos.
Los rayos de sol y la brisa se tamizan entre las ramas verdes del arbolado produciendo una sensación de frescor que invita a solazarse. Grajas y tórtolas rivalizan con los gorriones por adueñarse de este pequeño paraíso interior que, ahora sí, todos los días alguien se encarga de regar y cuidar. Incluso un diminuto riachuelo alienta la sensación de espacio natural que transmite el parque. Bien por el responsable municipal para estos temas. Perfecto si acometieran la reparación de algunos desperfectos.
Sin embargo, me comentan que en este parque ocurren cosas raras, pero no acabo de entender de qué se trata. Estamos hablando de un espacio atractivo, casi idílico, que invita a descansar, a respirar hondo, sobre todo las tardes de primavera cuando el calor empieza a apretar, incluso ahora, en verano, con todo lo que está cayendo.
Una señora todos los días les lleva comida a los pájaros. Lo que pasa es que no siempre son alimentos recomendados para las aves. Últimamente les lleva cocido, con todos sus ingredientes, y claro, los gorriones no pueden con los garbanzos ni la carne, y son finalmente los perros los que se dan el banquete, ante la incredulidad de sus dueños.
En invierno, me han dicho, el panorama no difiere mucho. El recinto, que permanece cerrado por las noches para preservarlo de actividades indecorosas, sigue siendo agradable de visitar. Todo el año tiene vida.
Hay personas que van al parque, simplemente, a estirar las piernas, a hacer ejercicio. Otras, a sentarse y leer o conversar. A un grupo observé yo, que se reunió aquí para celebrar un cumpleaños, con tarta y todo. Dos chicas ensayan un número de juegos malabares y una banda de tambores del barrio, irrumpe a veces en la quietud del parque, alborotándolo todo, para ensayar sus toques semanasanteros. Los canes les acompañan en la escandalera.
Algunas personas, simplemente, van y vienen, o lo utilizan como atajo entre dos direcciones. Habría para escribir un libro.
También hay grupos indeseables que lo visitan ocasionalmente, pero pocos, que hacen del petardeo o el botellón, su forma de disfrute, y no estaría del todo mal, si no fuera porque no siempre les merece respeto la presencia de otras personas, ni la limpieza de esta zona verde. Algún policía de paisano pregunta por estos problemas, pero se nota que no están preocupados. La policía local, en ocasiones, cruza los senderos motorizada, haciendo notar su presencia, porque a ellos tambien les incumbe la tranquilidad de todos.
Los más, acuden al parque a pasear a la mascota, y dejarlas trotar a su aire por unos minutos, a propósito del “pipican” que ha instalado el Ayuntamiento en una esquina. Hay horas en que he visto juntarse a una tropa de quince o veinte perros, cada uno de una raza distinta, acompañados de sus respectivos amos, que, con la excusa del paseo, entablan una conversación superficial, normalmente sobre sus cachorros o las bondades del entorno, que por lo visto es también un escenario de pasiones.
Ahora, todos comentan las andanzas de una pareja de enamorados que, diariamente y sin falta, después de disfrutar de una merienda ligera, sentados en un banco, se entregan sin complejos a un disfrute más libidinoso de los sentidos, ajenos a la presencia de otra gente, incluso niños. La historia no tendría mayor importancia si no fuera porque, la pareja en cuestión, andará en una edad más cercana a los noventa que a los ochenta años, y en ocasiones, la “muchacha” no tiene reparos en mostrarse prácticamente sin ropa ante los arrumacos de su galante. Es el espectáculo sexy de cada tarde.
Pero, aún así, en un paraje tan placentero, suceden cosas difíciles de catalogar. Un paisano me ha contado que, en este mismo parque, hace apenas tres meses, un hombre joven puso fin a su vida, colgándose de un árbol. Lo halló una chica que paseaba a su perro y quedó traumatizada. A primera vista pensó que no era más que un desaprensivo que, simplemente, se aliviaba de orina junto a un olmo, como acostumbran a hacer muchos en este parque, aprovechando la escasa concurrencia nocturna. Pero la rigidez del cuerpo, con los pies casi rozando el suelo, la hizo dar la alarma. ¿Qué drama habría detrás de ese triste desenlace?
Los parques son recintos proclives a la mezcolanza de personajes. Cada uno busca en ese trozo de campo atrapado en el interior de las ciudades, un motivo de esparcimiento diferente, o una solución a su soledad, que ante la naturaleza, no parece tal. Yo creo que, en el fondo, las historias de este parque no difieren mucho de las de otros. Sus historias no son más raras. Quizás lo raro sea el disfrute de la gente en un entorno agradable, simplemente, algo poco común en esta ciudad, pero por la escasez de parques, no por la rareza de la gente.
Referencias
Comentarios
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Decía, en un comentario que se ha comido la blogosfera, que esta lectura me ha traído el parque botánico de Benedetti, en el que una pareja que se grita y no se escucha, escribe iniciales sobre la corteza de un árbol; también me ha traído un poema de Ángel González en que hace un inventario de los lugares propicios al amor.
Eres un gran poeta, Jotaeme, pero tu humildad mancilla la belleza de estos textos.
Comentario de Lucía hace 1 año y 15 meses