Espejismos: Música de interior
La música tiene un efecto sedante indudable, a veces incluso narcotizante, hasta el punto de conseguir de un plumazo, hacernos escapar de la realidad. Que el tiempo se detenga, que se paralice cualquier actividad mental. A mí me pasa a menudo: oigo una determinada canción en la radio y todo deja de dar vueltas. La razón se pliega para dar paso a las sensaciones. Sin proponérmelo, me abstraigo de los pensamientos y sólo vuelvo a ellos cuando cesa la música. No sé a qué proceso mental obedece este fenómeno.
Hay en la música, seguramente, un lenguaje que conecta con fibras del organismo que desconozco dónde radican. Quisiera controlar ese mecanismo porque sería un remedio paliativo para muchas situaciones de dolor, ansiedad o, simplemente, tristeza.
Es evidente que, cuando hablo de música, no estoy hablando de toda la música, de cualquier música. Pero tampoco soy capaz de establecer un popurrí sentimental de mi persona. Ese mecanismo interior de extrañamiento, se dispara en momentos que no soy capaz de controlar. Quiero decir que, hay canciones que he incorporado a mi universo interior, pero al oírlas (voluntariamente) no me producen ese estado de alucinación. Tampoco podría definir nítidamente la naturaleza de ese estado. Sin duda hay un componente agradable.
Pero la afluencia de sensaciones, en estos casos, resulta más compleja. Hay una pizca de nostalgia, un soplo de orgullo, un pellizco de reivindicación de lo vivido, que se aglutinan con la amargura de los episodios felices pero no retornables. Estoy hablando de evocaciones, que son sensaciones provocadas. Desconozco, todavía, si la suma de todos esos elementos, constituyen la herencia interior de la vida, que la música es capaz de evocar. Sí sé que, en mi caso, de principio, me ha provocado el deseo de escribirlo, o escribirla, porque mi música es la reivindicación de la vida misma, la vivida por mí.