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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Mi "inmigrante" sin papeles

 Vivo con un inmigrante sin papeles, y debo reconocer que no ha habido problemas entre nosotros, problemas de convivencia se entiende. No sé porqué hay gente que dice no poder soportarlos. Mi inmigrante, lo describo, es blanco, joven y fuerte. Habla poco, casi nada, y lo que habla no se le entiende. La verdad, tampoco nos complicamos la vida por eso. Eso sí, es simpático y extremadamente cariñoso. Su mirada, un tanto extraña (una mirada borbónica le digo que tiene), resulta lo suficientemente expresiva como para decir lo que piensa sin articular palabra. Nos hemos acostumbrado a su presencia y sus gestos y, lo reconozco, ahora se nos haría más difícil la vida sin él. 

Su problema es que come demasiado y trabaja poco, bueno, casi nada. A falta de otra ocupación, su principal labor consiste en mantener controlada la manta donde, a modo de jergón, le permitimos dormir hasta tanto consigue algo mejor. Debo subrayar que su nivel de integración a las costumbres de nuestra sociedad ha sido perfecto. A diferencia de otros, él procede de las tierras frías del norte del Canadá, la Península del Labrador. Llegó a nuestro país atraído seguramente por nuestro buen clima, o un accidente familiar, en ningún caso el turismo. Curioso que nosotros le hayamos acogido sin problemas, viniendo de tan lejos, y sin embargo nos cueste tanto abrirles las puertas a otros que vienen de mucho más cerca, y están más necesitados de nuestra ayuda y solidaridad. Estos tiempos del bienestar nos han hecho a las personas mostrar nuestra cara más egoísta, desgraciadamente.

 El inquilino de mi casa, inmigrante como digo, tiene seguramente muchas de las virtudes que los humanos consideramos imprescindibles para alcanzar la armonía social. La lealtad es una de ellas, seguramente la más importante a destacar, si nos fijamos en la sociedad de acogida. Sin embargo, el se mueve por el interés que le reclama el estómago, a fin de cuentas no deja de ser un indigente. Todo su futuro lo tiene apostado a mi casa, y eso no deja de preocuparme, sobre todo porque la crisis, que va a resultar implacable para todos, lo será aún más para los que vinieron de fuera. Un ministro ha venido a decir que vayan pensando en hacer las maletas. No era su intención afirmarlo así de claro, pero se le ha entendido todo.  

Claro que a mi huésped parece no afectarle el problema. No hablamos sobre el asunto. El se limita a mirarme con una expresión de sorpresa (¡esa mirada!). Cuando le pregunto, todo lo más dice “guau” y mueve la cola, y a todos nos hace mucha gracia.

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