Apuesta y referente
En política, hay dos palabras que odio, vamos, que deberían estar prohibidas por el manual de la buena práctica, en el supuesto caso de que ese manual existiera. Me refiero a las palabras “apuesta” y “referente”, dos términos que no hacen sino confundir al paisanaje y frivolizar sobre la gestión pública, como si no se frivolizara ya lo suficiente sobre los asuntos de interés general. Ambas palabras, las dos, juntas y por separado, constituyen, más que un tópico, una declaración temeraria sobre cuestiones que requerirían mayor enjundia.
Las razones de mi rechazo, con independencia del equívoco que representa introducir un vocabulario impropio en un debate que debería caracterizarse por su seriedad, no pueden ser más sencillas y tienen que ver con la apariencia de las cosas. Me explico: no debe citarse la soga en casa del ahorcado, como no debería hablarse de apuestas en casa del perdedor. Del mismo modo, resulta impropio referenciar un estado de cosas respecto a la nada, o lo poco, cuando la mayoría de los referentes que se citan, sobre todo si hablamos de aquí y ahora, son o constituyen una situación calamitosa, sin que ello contribuya a mejorar las cosas. Ahora con la manida crisis, con mayor motivo.
Desde luego no está en mi deseo, nunca lo ha estado, aplaudir a los catastrofistas, pero tampoco lo haré con los cantamañanas. No deja de sorprenderme la facilidad con que se pretenden resolver los mismos problemas, una y otra vez, con esta fórmula, que no es más que una falta de concreción para eludir la responsabilidad, aunque quizás sea peor el hecho de que nadie sea capaz de protestar ante la insistencia del fracaso. Si hay políticos que se permiten esta laxitud de criterio, más lamentable es que nadie intente enderezarles la costumbre.
Los dos términos vendrían a definir una actitud agresiva en la gestión, o así creo interpretarlo, una actitud que en determinadas circunstancias se viene a identificar con el liderazgo. Es como el que presume de un primo ministro y por ese solo hecho, y a través de su recomendación, se pretendan encauzar de un plumazo todas las dificultades, cuando el ministro ni sabe que existe ese primo de marras (lo de primo no va con segundas). Lo único que habrá conseguido el interesado es salir del paso, es decir, ganar tiempo, que en política no deja de ser una baza considerable.
Cuando salía a provincias, Franco soltaba también en sus discursos un latiguillo similar, a modo de ensalmo, y lo hacía en todas partes. “Jaén me quita el sueño”, si era el caso de nuestra provincia, lo que ocurre es que de tanto repetirlo, al final los españoles de la época se volvieron también insomnes, pero los problemas seguían estando ahí. Y, como ahora, nadie replicaba.
Lo peor de todo, es que los ímpetus por trompetear su propia gestión que tienen algunos personajes, se está contagiando a otros elementos del debate público, como la prensa, y es ahí donde se produce la total confusión. Si esos términos los asumen como normales los medios, en su cometido de interpretar la actualidad, ¿hasta donde no serán capaces de llegar los protagonistas de la noticia?, es decir, aquellos que acometen su actuación como un envite. Bien entendido que la apuesta se hace con dinero de los demás, que es lo mismo que decir que hablamos de un juego en el que siempre pierden los otros. O sea, todos.