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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

El procurador y la señora rubia

 Por muchos motivos, no puedo asegurar que el relato que sigue, haya pasado con éxito todos los filtros de confirmación adecuados, o si por el contrario, se trata de una leyenda más de las muchas que adornan la historia lisonjera de este país. En cualquier caso, al lector le parecerá un suceso real o, cuando menos, verosímil, además de muy actual. Sí puedo afirmar que no está basado en notas oficiales.

En la época previa a la transición,  a unos meses de la muerte de Franco, se celebró un pleno de las Cortes para aprobar el proyecto de reforma política. Ya saben, aquello de sin prisa pero sin pausa, pero nada de partidos ni su tía la de Murcia. Todo el mundo consideraba imprescindible la presencia en el acto de todos los procuradores de representación provincial, porque, entre otras razones, se debatía una decisión trascendental para el futuro de la nación, en los términos de democracia orgánica. O sea, más de lo mismo. Además, allí pasaban lista. 

 Hubo uno, al menos, del grupo de Jaén, que se ausentó del hemiciclo, al parecer por una indisposición que le obligaba a recluirse en la habitación del hotel, o eso había dicho. El caso es que, por las mismas fechas,  una semana de  rebajas de Galería Preciados tuvo tanto éxito, que TVE dio cobertura al evento con profusión de reportajes y entrevistas sobre las ventajas del comercio en grandes almacenes. Y sucedió que entre los entrevistados, no tuvo por menos que aparecer nuestro procurador en cuestión, de pronto recuperado de su extraña dolencia y en compañía de una señora rubia guapísima, hasta entonces desconocida para  la parroquia política del interesado.

 Naturalmente, a nadie se le pasó por la cabeza poner en entredicho la honorabilidad del procurador (ni la pública, ni la privada) por aquellos novillos, porque todo el mundo daba por hecho que el interés de los políticos de la época poco o nada tenía que ver con el servicio público, y sí con el bolsillo o la entrepierna privados. Por eso, apenas dieron importancia al suceso. Eso sí, resultó muy comentado en los círculos  donde se movía el susodicho, no sin cierta sorna, la naturaleza del voto emitido. Por lo visto, la mala suerte ha perseguido históricamente a los servidores de la patria en sus incursiones por la capital del reino.  

Nada que ver con la querencia a los micrófonos, el caso de otro diputado que se disponía a tomar una copa en una discreta cafetería del centro, acompañado igualmente de una dama rubia, cuando en el local se encontró con toda una tertulia de periodistas de Jaén.  No se le ocurrió otra respuesta que la del sueco y, volviendo sobre sus pasos, sin decir ni pío, desapareció de la vista de los atónitos comprovincianos, que, todo sea dicho, se fijaron más en el aspecto de la rubia que en el rostro de estupor del ilustre paisano. Los cronistas a su vuelta no escribieron nada sobre aquello, pero largar, vaya si largaron. 

Supongo que eran este tipo de episodios los que aconsejaban a un destacado dirigente no saludar a un colega en Madrid si le hallaba acompañado de una dama, menos aún si existía la convicción de que esa señora era la legítima y, en ningún caso, si se trataba de una mujer rubia. Cuestión de  elegancia. La política  establece esas  extrañas complicidades.

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