La crisis nos pertenece

No es una novedad hablar de la crisis en la prensa, porque ¿cuándo no ha estado la prensa en crisis? El problema es que, además, nos toque a los periodistas asumir las dificultades de un sector que, hasta hace apenas unos meses, rivalizaba en mostrar con orgullo unas cuentas de resultados con abultados beneficios y crecientes audiencias o tiradas de papel. Nada que discutir a que las empresas ganen dinero. Sí debemos objetar que siempre sean los periodistas los que paguen los platos rotos cuando las cuentas no cuadran, aunque sea ésta una dinámica que forme parte ya de la historia de esta profesión.
Los editores traducen su credibilidad en dinero, pero a los periodistas ya no les queda ni el respeto de la sociedad ni la propia autoestima. Las empresas desprecian el valor intelectual de las redacciones si el medio no obtiene beneficios, y son las cabezas de los redactores las primeras en rodar. Los que aún conserven su empleo, tras la crisis, aceptarán de buen grado nuevas sobrecargas de horarios, a cambio del mismo sueldo de miseria.
En apenas unos meses, hemos visto en la provincia de Jaén cómo cerraba un periódico gratuito, otro recortaba su plantilla y un tercero suspendía sus proyectos de aparecer en breve. Una emisora de televisión local anunciaba la reducción de sus equipos de reporteros, de tres a uno, otra afronta un futuro incierto desvinculada de la marca nacional que la ha venido sustentando, y las demás no despiden a periodistas por la sencilla razón de que ya no cuentan con ninguno. Por si fuera poco, el Ayuntamiento de la capital estudia una reestructuración de la radiotelevisión municipal y otras Administraciones comienzan a reducir costes de personal por la vía de dejar sin efecto algún que otro contrato de falsos autónomos. Pero esto no ha hecho más que empezar.
Si en condiciones de bonanza económica existía una queja generalizada sobre la precariedad de los contratos del sector, ¿qué justificaciones no podrán exhibirse ahora para adelgazar aún más las plantillas? La única incógnita a despejar será saber qué recorrido le queda aún a esta política laboral que excluye toda posibilidad de un ejercicio digno de la profesión. Es decir, cuándo tocaremos fondo.
La crisis no será necesariamente una excusa para la prensa, no la necesita. La crisis ya nos pertenecía a los periodistas antes de que la acuñaran los mismos que ahora se quejan, los de siempre. La misma crisis existencial de todos los días.