Imágenes y palabras
Ya sé que muestro inseguridad a la hora de escribir, inseguridad relativa, claro. Me explico: no es precisamente habilidad literaria lo que caracteriza mi forma de expresar las ideas, eso de trasladar al papel los episodios imaginarios que circulan por mi cabeza, sencillamente porque no es ésa mi intención. No soy un escritor. Definitivamente, nunca aspiraré a serlo ni a lograr el reconocimiento público por ese talento, aunque también me gane la vida contándole cosas a la gente. Mi proceso intelectual es diferente y guarda relación con el mundo de las noticias y las sensaciones que provocan, que también a través de ellas se puede comunicar, incluso en mayor medida que con la ficción, porque la proximidad del mundo real establece con el lector unos vínculos más fuertes.
El universo de las palabras se asemeja para mí al de los pinceles, de manera que al lector le quede prendida en la piel algo más que la mera percepción de un suceso o mi valoración sobre lo ocurrido. Mi intención no es tranquilizarle sino, por el contrario, inquietarle. Las noticias, dijo alguien, no constituyen en sí mismas un valor tangible sino por el pálpito que producen. Esa es la tensión informativa que perseguimos los periodistas, en respuesta a la insaciable curiosidad ajena, que nada tiene que ver con el proceso de creación literaria, entre otras razones, porque el interés ajeno hacia los libros no está relacionado con la actualidad, que es otro condimento imprescindible del trabajo éste. El periodismo tiene poco o debería tener poco de realidad imaginaria o inventada.
Por eso, si reconozco mi escaso valor literario no lo hago a modo de justificación, sino por hacerles ver a los ortodoxos del lenguaje, que el periodismo se aproxima más a la versión callejera de un autor que a la academicista, porque el esfuerzo de llegar es exigencia prioritaria a la de crear o recrearse. En periodismo debemos acentuar la precisión del lenguaje. Hay palabras para expresarlo todo, y cada cosa necesita su palabra, pero no sólo eso.
La precisión consiste también en transmitir la atmósfera de las noticias, el dolor, la angustia, la alegría, todo aquello que rodea el hecho en sí, sea o no tangible. Y eso sólo es posible hacerlo recurriendo al mundo de las sensaciones, que también tiene su traslación a la paleta colorista de las palabras. Los medios audiovisuales disponen de infinidad de recursos para transmitir la realidad de las personas y las cosas. La imagen, la luz y el sonido, consiguen la mayoría de las veces llevar al espectador muchos acontecimientos que no necesitan explicación alguna. Pero el mundo interior de las personas resulta imposible de visualizar si no es a través de las palabras, que constituyen no sólo un complemento perfecto para las imágenes, sino el universo en sí mismo de las ideas.
Ahora bien, si lo que pretendemos es la banalidad informativa, aquella que concibe al espectador como objeto pasivo comercial, entonces sírvanse ustedes mismos de lo que hay. Ese fenómeno mediático no me interesa, y si se hace con dinero público, menos aún.