Muebles viejos
El lenguaje de los muebles no resulta difícil de interpretar. Los muebles gruñen, respiran, roncan con sonido áspero, pero se les entiende todo lo que dicen. En las noches apacibles de invierno, cuando todos descansan, los viejos muebles suelen crujir. En realidad, aprovechan el silencio para gemir, expresar su tristeza, tal vez su desesperación.
Yo creo que los muebles debían de ser de un solo uso, de un solo dueño. Personales e intransferibles. Cuando alguien los compra lo hace con la ilusión del que empieza a vivir su propia historia, seguramente para formar una familia, compartiendo sus cosas con otras personas. Son en ese momento muebles nuevos, de bello diseño, con los que uno se acostumbra a vivir. Llenan el escenario de nuestra vivienda y a ellos confiamos nuestras prendas más queridas, la ropa, los libros, las cartas. Con el tiempo, adquieren un mismo barniz. Apreciamos su aroma, su pátina de la edad. Los muebles envejecen con nosotros, en una convivencia confortable.
Lo peor viene cuando los muebles de nuestra vida llegan a sobrevivirnos, y acaban ocupando algún rincón desangelado de un pariente que parece acogerlos por caridad, por no tirarlos a la basura. Son por lo general, muebles ya desvencijados, por cuyas rendijas se cuela el polvo y la humedad. Las maderas ya no encajan como antes, los cajones se atascan, sus cerraduras no funcionan. Ahora forrados de papel de periódico en su interior, ya no atesoran prendas queridas. Su uso se limita a almacenar otros objetos inservibles, condenados al mismo destino final.
A mí nunca me han gustado los muebles viejos, porque su aspecto nos trae reminiscencias de los que fueron sus anteriores dueños. Parece como si violáramos su intimidad. Las ralladuras, las muescas en la madera tuvieron un significado que ahora desconocemos. Les tenemos aprecio a los nuestros precisamente porque son testigos de vivencias imposibles de transferir. Los muebles, como tantas otras cosas, sólo tienen significado para las personas a las que pertenecieron, y ellos parecen ser fieles también a esa relación.
Los muebles viejos lloran por las noches su triste destino, seguramente implorando que alguien los condene al infierno de una hoguera antes que permanecer en el purgatorio de la indigencia y el olvido.