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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

Espejismos: El domingo

  Escribir en domingo tiene un ritmo propio, diferente a hacerlo el resto de los días. Hay un silencio envolvente y espeso, como de concierto que acaba de finalizar pero del que no se recuerda ni una sola nota. Es el día en el que se le acaban las pilas a la semana y, por fin, descansamos del ruido cotidiano de vivir, de ese vivir trepidante que en realidad no es vivir. No miramos los relojes porque se nos antoja que ese día se detienen, siguiendo la pauta de todo lo demás. Ese silencio, por momentos atronador, nos permite observar con detenimiento cosas que de ordinario no vemos. La mente se distrae con ideas superfluas, innecesarias. Es un día raro. 

Del domingo son esos momentos en los que pienso que, con demasiada frecuencia, nos estamos perdiendo lo mejor de la vida, aquello que nos rodea, que nos permite disfrutar, pero en lo que no reparamos. No digo que sea un día perdido, pero casi. En lugar de incorporarlo activamente a la agenda, llenándolo de placeres propios e irrepetibles, perdemos el día, perdemos el tiempo. Parece que quisiéramos acortar una jornada que no cuenta en el calendario.

 El domingo se ha vuelto un día de vísperas, de preparación o tránsito hacia la nueva semana de trabajo, cuando en realidad debía ser al contrario.

 Yo en cambio, escribo en domingo porque esa sensación de atemporalidad me llena los sentidos, me permite concebir ideas con la tranquilidad que otros días no tienen. Disfruto haciéndolo, perdiendo la vista en el horizonte o haciendo conjeturas sobre la futilidad de las cosas.

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