Contaminación visual
Desde hace unos días, veo la luna desde mi ventana. Una luna llena, amarillenta, con una silueta casi poligonal, en todo su esplendor. En realidad, no suelo mirar al cielo por la noche, pero esta posibilidad que me ofrece la ventana de mi nuevo despacho, me invita a hacerlo. Desde allí oteo el horizonte hasta donde alcanza la vista, y adivino en la lejanía, si es de noche, la minúscula visión incandescente de varios pueblos: Las Infantas, Jabalquinto, Mengíbar, incluso Bailén. Y en el cielo, la luna.
La observo a lo lejos con su halo resplandeciente, misterioso. Creo percibir que, en determinados momentos, llega a moverse, creando un breve destello que la acompaña hasta su nueva posición, aunque ya sé que eso no es posible. También ocurre que parpadea o se apaga unos instantes, como si ni siquiera ella estuviera a salvo de los negros nubarrones que presagian tormenta, incluso en verano. Sin embargo, la noche no está nublada. La duda me obliga a mirarla con prismáticos, y es en ese momento cuando descubro la realidad del engaño, ante mi desconsuelo.
No se trata de la luna, sino de un anuncio luminoso de la empresa Ferrovial, que alguien ha situado en el punto más alto de una gigantesca grúa, utilizada en las obras de construcción del nuevo Pabellón de Urgencias del Hospital Universitario de Jaén. Todo un fiasco, no las obras sino la ilusión deshecha de mi paisaje idílico.
Y resulta curioso cómo un elemento tan prosaico puede ser capaz de distraer la imaginación hasta tal punto, rompiendo la armonía apacible del firmamento, aunque esté nublado, o borroso a causa de la niebla. En el fondo, si nos abstraemos, sólo es su forma geométrica en la lejanía lo que diferencia al dichoso rótulo de la luna. Si fuese redondo, como ella, nunca hubiese dudado. Pero, a esa altura, jamás pensaría que pudiera interesar a alguien un espacio publicitario de observación tan ridícula, a no ser aconsejado por la vanidad. Ni la burbuja inmobiliaria hubiese dado para tanta altivez.
Hace poco, un organismo de los que estudian el medio-ambiente creo, ha denunciado el alto grado de contaminación lumínica que padecemos en España. Tan elevada es, que nos impide ver las estrellas desde las ciudades, si es que alguien se permite todavía mirar al cielo por la noche solo por distraerse, aparte de mí, claro. Empeñados como estamos en tanta actividad productiva, no reparamos en que también en lo de la iluminación nos hemos pasado de rosca.
Lo peor es que si se nos ocurriera mirar, quedaríamos sorprendidos por esta otra contaminación que viene de las alturas, como lo de esa maldita grúa de Ferrovial, de publicidad tan ingeniosa como innecesaria. El colmo, vamos.