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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

A la moda

Debo reconocer que no llevo bien eso de la moda. La elección de la ropa lo considero un problema a resolver, en el que hay que conjugar comodidad y decoro, nada más. El seguidismo de unas tendencias  impuestas por las empresas del sector, que se enriquecen del hecho de  convertir en obsoletas prendas de vestir de un año para otro,  me parece una estupidez.  Por eso, cuando encuentro una solución, en forma de indumentaria útil a mi gusto, la convierto en elección definitiva. Dicho de otra manera, siempre visto de la misma forma. Será aburrido para otros, no para mí. La elegancia es otra cosa.

No crean que mi actitud pasa desapercibida. En absoluto. Eso de utilizar siempre el mismo modelo de zapatos o chaqueta desde hace treinta años sugiere a mis amistades todo tipo de comentarios, el mejor de ellos, como he dicho, lo de aburrido. Me da igual.  Para mí resulta cómodo y práctico, además de evitarme quebraderos de cabeza.

 Andaba yo en estas y otras divagaciones, cuando alguien me llamó la atención sobre el atuendo en boga: 

--Mira, eres el único de la sala que lleva pantalones largos. En verano ya nadie viste como tú. Qué raro eres. 

Eché una ojeada a mi alrededor y, efectivamente, comprobé que era el único individuo varón que cubría sus piernas hasta los tobillos. No sólo eso, estoy por asegurar que en todo el recinto (la sala de espera del Pabellón de Urgencias del Hospital) no había nadie más que utilizara calcetines,  prenda anticuada, por lo que se ve, que además combina pésimamente con las modernas chanclas de dedo, otro elemento muy extendido recientemente entre el público masculino. Si me apuran, podría afirmar que no todo el mundo usa ropa interior, es decir, que la ropa interior se ha vuelto en realidad la ropa exterior  de la mayoría. Camiseta rotulada y pantalón corto, a la media pierna o la media pantorrilla, según gustos, completan el uniforme.  

No es que produjera asombro mi atrevimiento indumentario. A mí, pudor aquella llamada al orden. Por momentos, pasé de interpretar mentalmente mi conducta de anticuada a intolerable y, de intolerable a delictiva, con el agravante de presentarme en público sin bolsito multiusos colgado en bandolera, como todo el mundo hace por estas fechas veraniegas. Algo imperdonable.

Los celadores, tras una primera observación desdeñosa, se dedicaron a escrutar mi aspecto trasnochado, y a mi persona en general, como portador de una mirada huidiza, una muestra evidente de mi carácter sospechoso.  De ahí pasaron a los hechos, zarandeando mi cuerpo cuando uno de aquellos funcionarios me tomó por la solapa.

 --Oye tú, espabila –gritó mi acompañante, tras oír mi nombre por los altavoces pronunciado por una voz atronadora de mujer--. ¿Te habías dormido? Que ya te toca. A la consulta tres. Tu problema es que tomas demasiado el sol y luego no te rige bien la cabeza.

 El médico de guardia indagó en mis dolencias sin mirarme a la cara.  Que si dolor de articulaciones, fiebre, tos seca. Yo no acertaba a responder, apenas asentía. Mi mirada merodeaba por las cuatro paredes del consultorio, un habitáculo con dos puertas de  salida a dos pasillos diferentes, que me hicieron recordar aquello de por un oído me entra y por otro me sale. 

 --Lo suyo no es nada importante, quizás un golpe de calor, sentenció el facultativo, vestido de pijama verde. 

 Con las mismas, garabateó algo en un formulario para recetas, y se dispuso a librarse de mí. 

--Tómese esto y beba mucha agua. ¡Ah!, y póngase algo fresco, hombre. ¿No ve que con esa indumentaria le va a dar algo…? 

  Pensé entonces en los fumadores perseguidos  por doquier, que acaban escondidos en algún oscuro retrete para satisfacer sus necesidades adictivas, y el humo acaba delatándolos. 

 El humo eran mis calcetines negros.

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