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Al otro lado del espejo

Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural

El difunto

Desde muy joven me han producido repulsión los entierros, mejor dicho, los velatorios, esa liturgia que nos permite hacer más llevadero el trance  a quienes han perdido a un ser querido. Se dice que compartiendo la pena, se libera a los deudos de una tristeza que, en soledad, se volvería de un dolor insoportable. Mi rechazo atávico de la muerte, alcanzó el grado de irremediable una noche que jugaba con otros chavales en la calle, a las puertas de mi casa en Úbeda, y asistí por accidente a uno de estos ceremoniales. 

 La vivienda de al lado albergaba una taberna de vino del país, esas cuya cosecha procede del fruto de una vendimia familiar, cuando tocaba la temporada. Todo el mundo identificaba las fechas porque colgaban del balcón principal un manojo de hojas verdes de parra. Por eso estaba yo acostumbrado a ver trasiego de personas y murmullo de gentes en ese portal. Incluso, con cierta frecuencia,  me enviaba mi padre, con una botella, a traerle vino para nosotros.

Aquella noche, digo, jugando al escondite no se me ocurrió otra cosa que ocultarme en aquel portal, sin importarme a mi lo que allí se cocía. Con la excitación del juego, no advertí  que el ritual de los presentes, en apariencia el mismo que el de un bar, por el tono de las conversaciones, poco tenía que ver con el trasiego de vinos ni nada por el estilo, sino todo lo contrario. Nada percibí de extraordinario hasta que, al volver la vista, me encontré ante un catafalco ocupado por el cadáver de un anciano, en medio de la lúgubre habitación, por si fuera poco, custodiado por cuatro velas encendidas.

 Cual no sería mi grito, que todos los asistentes al velorio creyeron advertir algún suceso extraño y saltaron de sus asientos como un resorte. Yo corrí todo lo rápido que me fue posible hasta refugiarme en mi casa y, tras de mi, instintivamente, aquel grupo variopinto de personas que desconocían la causa de la estampida y que acabaron por dejar solo y abandonado al pobre difunto.

Fue aquella una escena de confusión total que se prolongó durante un buen rato. Unos a otros se miraban desconcertados, interrogándose sobre la razón del tumulto, sin mediar palabra. Los rostros desencajados, nadie sabía qué decir. 

 La normalidad del velatorio sólamente se recuperó cuando todo el vecindario (ya no eran los dolientes sino un buen número de los habitantes de la calle) se cercioró de que nada extraordinario había turbado la paz de esa triste familia, y que el cadáver seguía ocupando un lugar preferente en el portal, dentro del ataúd. Eso sí, ninguno volvió a acomodarse sentado cerca del catafalco, sino a una distancia prudencial, en las inmediaciones de la puerta de la calle. Por si acaso.

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