La dignidad de un cadáver
Lejos de lo que pudiera pensarse, los forenses no suelen ser personas a las que el fenómeno de la muerte les tenga despreocupados. El hecho de manejar a diario los cuerpos sin vida de otros paisanos, yo creo que no les hace perder sensibilidad ni respeto hacia ellos o sus restos mortales, sino todo lo contrario. Quizás sea una forma instintiva de compensarles por el hecho de pasar por sus manos en la disección que supone la autopsia. Repito, la humanidad del forense no debe quedar jamás en entredicho. Yo lo puedo atestiguar desde aquel suceso que tuve que cubrir para el periódico, un suceso que conmocionó a Jaén y saltó a la mayoría de los medios nacionales.
La noticia era realmente truculenta. Un hombre mayor, que trabajaba como conserje en una residencia de ancianos regentada por una congregación de monjas, se había suicidado no sin antes amenazar con su escopeta a la superiora y encaramarse al tejado del edificio, presa de la desesperación. Al parecer, sus ideas políticas no congeniaban con las creencias de las religiosas, y éstas no desaprovechaban la menor ocasión para expresarle su desprecio y hacerle la vida imposible, tal vez queriendo forzar su despido. Un día, harto de la situación, amenazó con llevarse por delante a todo el claustro, pero al final, sólo dirigió su cólera contra sí mismo, descerrajándose un tiro en el rostro que acabó con su existencia, en un último acto supremo de protesta.
Entre la opinión pública circularon dos versiones distintas: una, la de aquellos que se apiadaban del suicida y censuraban el comportamiento de las hermanas; otra, la de las personas muy cristianas, para las que la acción del conserje de amenaza contra las monjas no podía justificarse de ninguna manera.
El caso es que aquello era tema informativo, sobre todo la foto del cadáver, por el morbo de comprobar los efectos de un disparo de escopeta de caza en la cara de una persona. Acompañado del fotógrafo, me fui hasta el depósito de cadáveres, donde no resultó nada difícil colarse dentro, ante mi sorpresa. Allí sobre una mesa desvencijada, se hallaba el cuerpo del conserje, aún con el uniforme de trabajo, pero en estado lamentable. Su rostro no existía. Apenas un ojo, y fuera de su órbita, colgando sobre una masa informe de carne, era todo lo que quedaba en esa zona de su anatomía. Un desagradable olor a carne quemada, terminaba de convertir la escena en una cámara de los horrores.
El fotógrafo se apresuró a tomar la imagen, tratando por todos los medios de no tener que mirar al muerto, es decir, con los ojos cerrados, algo imposible. Yo mientras tanto, opté por volverme de espaldas, evitando soltar el vómito allí mismo. Un trance terrible. En esto, apareció el forense, que comenzó a gritarnos:
--Por Dios, ¿no os da vergüenza?, ¿es que no sentís respeto por este pobre hombre? Los periodistas sois chacales…
Nosotros no podíamos sino asentir con la cabeza, apesadumbrados, sin decir ni pío. El forense seguía con su monserga mientras ponía en orden aquel cuerpo desmadejado: abotonó su traje, apretó la corbata y colocó el cuello y los puños de la camisa, al tiempo que entrelazaba los dedos de las manos para que reposaran sobre el pecho. Concluida la operación, todo esto sin dejar de argumentar sobre los excesos de la clase periodística, dijo:
--Ya está. Ahora sí está en condiciones. Ya podéis tirarle las fotos. Nada como la dignidad de un cadáver.
Referencias
Comentarios
-
Interesante relato
Comentario de Armenteros hace 28 dias y 1 hora