Un velatorio accidentado
A los entierros asiste uno por compromiso, la mayoría de las veces. Parece como si nos quedara una cuenta pendiente que saldar si no acudimos a consolar a los familiares de un difunto en día tan señalado. Además, suele ser ese tipo de actos sociales donde pasan lista y a los que faltan se lo tienen en cuenta toda la vida. Por gusto, nadie iría.
La primera vez que fui a uno, marcó mi existencia para los restos. Pensé, ni uno más, pero luego no he podido sustraerme a la inercia social a que se asocian, y ya llevo unos cuantos. Además, la gente suele ir a los entierros menos tristes, los que suceden a una defunción que reclama la propia naturaleza, para luego liarse de copas. Los otros, prefiere uno ahorrárselos. Y si encima los deudos no expresan demasiado dolor o desesperación, les decimos, eufemísticamente, que están muy enteros, que es como criticar la entereza como poco apropiada para estos casos. Otros entierros, los que no son de parientes ni de amigos, corren el riesgo de ser hasta divertidos, aún con el mal trago, claro, si uno no los sufre en primera persona.
Con mis colegas de entonces, J. y M. asistimos una noche al velatorio de una señora que había sido la suegra de otro compañero, o sea, un rollo. La difunta habitaba (había habitado para ser exactos) una casa del barrio de Belén y San Roque, en Jaén, una vivienda de pequeñas habitaciones e intrincada escalera para unir sus dos plantas. Nada más llegar, y encontrando ocupados todos los asientos, los tres optamos por acomodarnos sobre un poyete situado a un extremo del salón, y adecentado con una manta. A esto que comenzaron a contar los chistes habituales para estas ocasiones y, mirándonos, a la gente cada vez les daba más risa. Por momentos nos animábamos más y más. Sólo con mirarnos, todos los asistentes acababan soltando una carcajada, y los chistes no eran para tanto. Cómo no sería la escandalera, que uno de los familiares de la fallecida, que aún se encontraban en la planta de arriba, bajó al salón a ver lo que pasaba, y fue él quien se encargó de explicarnos la fiebre desternillante de aquel público. Se acercó hasta nosotros y, levantando la manta del poyete, nos mostró lo que se ocultaba debajo:
--¿Es que no tenéis otro sitio para sentaros que encima del ataúd?
Ni que decir tiene que aquel era el último lugar en donde hubiésemos situado el habitáculo de la muerta. Con una agilidad pasmosa (las risas ya debían oírse a kilómetros de allí) saltamos del aposento a la calle, de un traspiés. El deudo, no contento con nuestra cara de arrepentimiento, se propuso que completáramos la noche con una acción solidaria, a modo de redención por nuestra falta de respeto:
--Ya que estáis aquí, y sois tan buenos mozos, podíais ayudarme a subir la caja al dormitorio, donde está la difunta.
A mi se me heló la sangre en las venas. Los tres nos miramos, a ver si alguno encontraba alguna excusa. Lo cierto es que al instante, nos vimos haciendo maniobras para tratar de subir el ataúd a la planta de arriba, algo que se comprobó a todas luces imposible. No cabía por la escalera.
--Bueno, no tendremos más remedio de hacerlo al revés, terció el deudo.
Al revés consistía en lo que temíamos: descender a la muerta hasta el salón tendida sobre una manta, una operación por lo que se vio, tan complicada o más que lo de la caja. A los dos más altos, para compensar el desnivel, nos tocó la parte de los pies de la difunta, hacia donde por efectos de la gravedad se deslizaba todo el cuerpo. Primero probamos a sujetarla cogiendo sólo los picos de la manta, pero la estrechura de la escalera nos hizo que los cuatro acabáramos abrazados a la abuela, eso sí, todos mirando hacia otro lado y a punto por eso de rompernos la crisma varias veces. La maniobra concluyó sin novedad ante el regocijo de una concurrencia a la que sólo faltó aplaudir a los animados voluntarios, a esas alturas con una palidez de rostro mucho mayor que la de la interfecta.
Fue ése el día en que juré y perjuré que nunca volvería a ir a un entierro.