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<title>Al otro lado del espejo</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://elportachuelo.bitacoras.com" />
<tagline>Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural</tagline>
<modified>2009-10-15T09:32:06Z</modified>
<copyright>Copyright 2009</copyright>
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	<author>
		<name>José Manuel Fernández Ruiz</name>
	</author>
	<title>La dignidad de un cadáver</title>
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	<modified>2009-10-15T09:29:07Z</modified>
	<issued>2009-10-15T09:29:07Z</issued>
	<dc:subject>Reportajes</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/10/15/la-dignidad-de-un-cadaver"><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Lejos de lo que pudiera pensarse, los forenses no suelen ser personas a las que el fen&oacute;meno de la muerte les tenga despreocupados. El hecho de manejar a diario los cuerpos sin vida de otros paisanos, yo creo que no les hace perder sensibilidad ni respeto hacia ellos o sus restos<span>&nbsp; </span>mortales, sino todo lo contrario. Quiz&aacute;s sea una forma instintiva de compensarles por el hecho de pasar por sus manos en la disecci&oacute;n que supone la autopsia. Repito, la humanidad del forense no debe quedar jam&aacute;s en entredicho. Yo lo puedo atestiguar desde aquel suceso que tuve que cubrir para el peri&oacute;dico, un suceso que conmocion&oacute; a Ja&eacute;n y salt&oacute; a la mayor&iacute;a de los medios nacionales.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">La noticia era realmente truculenta. Un hombre mayor, que trabajaba como conserje en una residencia de ancianos regentada por una congregaci&oacute;n de monjas, se hab&iacute;a suicidado no sin antes amenazar con su escopeta a la superiora y encaramarse al tejado del edificio, presa de la desesperaci&oacute;n. Al parecer, sus ideas pol&iacute;ticas no congeniaban con las creencias de las religiosas, y &eacute;stas no desaprovechaban la menor ocasi&oacute;n para expresarle su desprecio<span>&nbsp; </span>y hacerle la vida imposible, tal vez queriendo forzar su despido. Un d&iacute;a, harto de la situaci&oacute;n, amenaz&oacute; con llevarse por delante a todo el claustro, pero al final, s&oacute;lo dirigi&oacute; su c&oacute;lera contra s&iacute; mismo, descerraj&aacute;ndose un tiro en el rostro que acab&oacute; con su existencia, en un &uacute;ltimo acto supremo de protesta.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Entre la opini&oacute;n p&uacute;blica circularon dos versiones distintas: una, la de aquellos que se apiadaban del suicida y censuraban el comportamiento de las hermanas; otra, la de las personas muy cristianas, para las que la acci&oacute;n del conserje de amenaza contra las monjas no pod&iacute;a justificarse de ninguna manera.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>El caso es que aquello era tema informativo, sobre todo la foto del cad&aacute;ver,<span>&nbsp; </span>por el morbo de comprobar los efectos de un disparo de escopeta de caza en la cara de una persona. Acompa&ntilde;ado del fot&oacute;grafo, me fui hasta el dep&oacute;sito de cad&aacute;veres, donde no result&oacute; nada dif&iacute;cil colarse dentro, ante mi sorpresa. All&iacute; sobre una mesa desvencijada, se hallaba el cuerpo del conserje, a&uacute;n con el uniforme de trabajo, pero en estado lamentable. Su rostro no exist&iacute;a. Apenas<span>&nbsp; </span>un ojo, y fuera de su &oacute;rbita,<span>&nbsp; </span>colgando sobre una masa informe de carne, era todo lo que quedaba en esa zona de su anatom&iacute;a. Un desagradable olor a carne quemada,<span>&nbsp; </span>terminaba de convertir la escena en una c&aacute;mara de los horrores.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">El fot&oacute;grafo se apresur&oacute; a tomar la imagen, tratando por todos los medios de no tener que mirar al muerto, es decir, con los ojos cerrados, algo imposible. Yo mientras tanto, opt&eacute; por volverme de espaldas, evitando soltar el v&oacute;mito all&iacute; mismo. Un trance terrible.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">En esto, apareci&oacute; el forense,<span>&nbsp; </span>que comenz&oacute; a gritarnos:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Por Dios, &iquest;no os da verg&uuml;enza?, &iquest;es que no sent&iacute;s respeto por este pobre hombre? Los periodistas sois chacales&hellip;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Nosotros no pod&iacute;amos sino asentir con la cabeza, apesadumbrados, sin decir ni p&iacute;o. El forense segu&iacute;a con su monserga mientras pon&iacute;a en orden aquel cuerpo desmadejado: aboton&oacute; su traje, apret&oacute; la corbata y coloc&oacute; el cuello y los pu&ntilde;os de la camisa, al tiempo que entrelazaba los dedos de las manos para que reposaran sobre el pecho. Concluida la operaci&oacute;n, todo esto sin dejar de argumentar sobre los excesos de la clase period&iacute;stica, dijo:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Ya est&aacute;. Ahora s&iacute; est&aacute; en condiciones. Ya pod&eacute;is tirarle las fotos. Nada como la dignidad de un cad&aacute;ver.</font></span></p>]]></content>
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	<author>
		<name>José Manuel Fernández Ruiz</name>
	</author>
	<title>El difunto</title>
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	<modified>2009-10-08T09:28:30Z</modified>
	<issued>2009-10-08T09:28:30Z</issued>
	<dc:subject>Reportajes</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/10/08/el-difunto"><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Desde muy joven me han producido repulsi&oacute;n los entierros, mejor dicho, los velatorios, esa liturgia que nos permite hacer m&aacute;s llevadero el trance <span>&nbsp;</span>a quienes han perdido a un ser querido. Se dice que compartiendo la pena, se libera a los deudos de una tristeza que, en soledad, se volver&iacute;a de un dolor insoportable. Mi rechazo at&aacute;vico de la muerte, alcanz&oacute; el grado de irremediable una noche que jugaba con otros chavales en la calle, a las puertas de mi casa en &Uacute;beda, y asist&iacute; por accidente a uno de estos ceremoniales.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>La vivienda de al lado albergaba una taberna de vino del pa&iacute;s, esas cuya cosecha procede del fruto de una vendimia familiar, cuando tocaba la temporada. Todo el mundo identificaba las fechas porque colgaban del balc&oacute;n principal un manojo de hojas verdes de parra. Por eso estaba yo acostumbrado a ver trasiego de personas y murmullo de gentes en ese portal. Incluso, con cierta frecuencia,<span>&nbsp; </span>me enviaba mi padre, con una botella, a traerle vino para nosotros. </font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Aquella noche, digo, jugando al escondite no se me ocurri&oacute; otra cosa que ocultarme en aquel portal, sin importarme a mi lo que all&iacute; se coc&iacute;a. Con la excitaci&oacute;n del juego, no advert&iacute; <span>&nbsp;</span>que el ritual de los presentes, en apariencia el mismo que el de un bar, por el tono de las conversaciones,&nbsp;poco ten&iacute;a que ver con el trasiego de vinos ni nada por el estilo, sino todo lo contrario. Nada percib&iacute; de extraordinario hasta que, al volver la vista, me encontr&eacute; ante un catafalco ocupado por&nbsp;el cad&aacute;ver de un anciano, en medio de la l&uacute;gubre habitaci&oacute;n, por si fuera poco, custodiado por cuatro velas encendidas.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Cual no ser&iacute;a mi grito, que todos los asistentes al velorio creyeron advertir alg&uacute;n suceso extra&ntilde;o y saltaron de sus asientos como un resorte. Yo corr&iacute; todo lo r&aacute;pido que me fue posible hasta refugiarme en&nbsp;mi casa y, tras de mi, instintivamente, aquel grupo variopinto de personas que desconoc&iacute;an la causa de la estampida y que acabaron por dejar solo y abandonado al pobre difunto. </font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Fue aquella una escena de confusi&oacute;n total que se prolong&oacute; durante un buen rato. Unos a otros se miraban desconcertados, interrog&aacute;ndose sobre la raz&oacute;n del tumulto, sin mediar palabra. Los rostros desencajados, nadie sab&iacute;a qu&eacute; decir.&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;La normalidad del velatorio s&oacute;lamente se recuper&oacute; cuando todo el vecindario (ya no eran los dolientes sino un buen n&uacute;mero de los habitantes de la calle) se cercior&oacute; de que nada extraordinario hab&iacute;a turbado la paz de esa triste familia,&nbsp;y que el cad&aacute;ver segu&iacute;a ocupando un lugar preferente en el portal, dentro del ata&uacute;d. Eso s&iacute;, ninguno volvi&oacute; a acomodarse sentado cerca del catafalco, sino a una distancia prudencial, en las inmediaciones de la puerta de la calle. Por si acaso.</font></span></p>]]></content>
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	<author>
		<name>José Manuel Fernández Ruiz</name>
	</author>
	<title>Especulaciones: Javier Ortiz</title>
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	<modified>2009-09-16T12:51:25Z</modified>
	<issued>2009-09-16T12:51:25Z</issued>
	<dc:subject>Comentarios</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/09/16/especulaciones-javier-ortiz"><![CDATA[<p><span style="color: #133374; font-family: Arial"><font size="3">&iquest;C&oacute;mo hablar de una persona a la que no conoces? Javier Ortiz, un periodista donostiarra fallecido hace unos meses, visit&oacute; este blog en una ocasi&oacute;n, interesado por uno de mis art&iacute;culos. La verdad es que no s&eacute; c&oacute;mo lleg&oacute; hasta aqu&iacute;. El art&iacute;culo se llamaba (se llama, porque todav&iacute;a sigue colgado) &ldquo;Palabras gastadas&rdquo;, en relaci&oacute;n a los usos equ&iacute;vocos que solemos hacer del lenguaje. El a&ntilde;adi&oacute; en su comentario una referencia a las palabras que son utilizadas como &quot;pedradas&rdquo;, un uso muy extendido, desgraciadamente, en la sociedad que nos ha tocado vivir.&nbsp;</font></span><span style="color: #133374; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="color: #133374; font-family: Arial"><font size="3">Trato de establecer ahora alg&uacute;n grado de&nbsp;paralelismo entre este colega y yo, a prop&oacute;sito de esas ideas comunes, al margen de la afinidad profesional, para comprender qu&eacute; proceso mental le llev&oacute; a un razonamiento similar al m&iacute;o. S&oacute;lo puedo decir que, despu&eacute;s de indagar algo sobre su existencia, una existencia de<span>&nbsp; </span>indudable compromiso ideol&oacute;gico, el mundo de las palabras y&nbsp;las im&aacute;genes escritas constitu&iacute;a su modo de expresi&oacute;n, una forma de comunicaci&oacute;n que le permit&iacute;a&nbsp;conseguir la mayor&iacute;a de las cosas que el resto ni siquiera alcanza a so&ntilde;ar.</font></span></p><p><span style="color: #133374; font-family: Arial"><font size="3">Sus &ldquo;pedradas&rdquo; literarias, si las hubo, no fueron guerra preventiva, sino una forma civilizada de entenderse con los dem&aacute;s, eso s&iacute;, alejado de convencionalismos, ni siquiera literarios, tan al gusto de la &eacute;poca. Una muestra de su forma de entender la vida (y este trabajo) fue la publicaci&oacute;n de su propio obituario a&uacute;n en vida.</font></span><span style="color: #133374; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="color: #133374; font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;Ahora, un</span>&nbsp;grupo de compa&ntilde;eros y amigos se encarga de continuar la obra de Javier Ortiz, a&ntilde;adiendo textos al diario inveros&iacute;mil de un difunto. El, entre tanto, puede&nbsp; ya descansar en paz, tan tranquilo. </font></span></p>]]></content>
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	<author>
		<name>José Manuel Fernández Ruiz</name>
	</author>
	<title>A la moda</title>
	<link rel="alternate" type="text/html" href="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/08/25/a-la-moda" />
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	<modified>2009-08-25T12:27:39Z</modified>
	<issued>2009-08-25T12:27:39Z</issued>
	<dc:subject>General</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/08/25/a-la-moda"><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Debo reconocer que no llevo bien eso de la moda. La elecci&oacute;n de la ropa lo considero un problema a resolver, en el que hay que conjugar comodidad y decoro, nada m&aacute;s. El seguidismo de unas tendencias <span>&nbsp;</span>impuestas por las empresas del sector, que se enriquecen del hecho de<span>&nbsp; </span>convertir en obsoletas prendas de vestir de un a&ntilde;o para otro,<span>&nbsp; </span>me parece una estupidez. <span>&nbsp;</span>Por eso, cuando encuentro una soluci&oacute;n, en forma de indumentaria &uacute;til a mi gusto, la convierto en elecci&oacute;n definitiva. Dicho de otra manera, siempre visto de la misma forma. Ser&aacute; aburrido para otros, no para m&iacute;.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;La elegancia es otra cosa.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">No crean que mi actitud pasa desapercibida. En absoluto. Eso de utilizar siempre el mismo modelo de zapatos o chaqueta desde hace treinta a&ntilde;os sugiere a mis amistades todo tipo de comentarios, el mejor de ellos, como he dicho, lo de aburrido. Me da igual. <span>&nbsp;</span>Para m&iacute; resulta c&oacute;modo y pr&aacute;ctico, adem&aacute;s de evitarme quebraderos de cabeza.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Andaba yo en estas y otras divagaciones, cuando alguien me llam&oacute; la atenci&oacute;n sobre el atuendo en boga:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Mira, eres el &uacute;nico de la sala que lleva pantalones largos. En verano ya nadie viste como t&uacute;. Qu&eacute; raro eres.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Ech&eacute; una ojeada a mi alrededor y, efectivamente, comprob&eacute; que era el &uacute;nico individuo var&oacute;n que cubr&iacute;a sus piernas hasta los tobillos. No s&oacute;lo eso, estoy por asegurar que en todo el recinto (la sala de espera del Pabell&oacute;n de Urgencias del Hospital) no hab&iacute;a nadie m&aacute;s que utilizara calcetines, <span>&nbsp;</span>prenda anticuada, por lo que se ve, que adem&aacute;s combina p&eacute;simamente con las modernas chanclas de dedo, otro elemento muy extendido recientemente entre el p&uacute;blico masculino. Si me apuran, podr&iacute;a afirmar que no todo el mundo usa ropa interior, es decir, que la ropa interior se ha vuelto en realidad la ropa exterior <span>&nbsp;</span>de la mayor&iacute;a. Camiseta rotulada y pantal&oacute;n corto, a la media pierna o la media pantorrilla, seg&uacute;n gustos, completan el uniforme.&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">No es que produjera asombro mi atrevimiento indumentario. A m&iacute;, pudor aquella llamada al orden. Por momentos, pas&eacute;&nbsp;de interpretar mentalmente mi conducta de anticuada a intolerable y, de intolerable a delictiva, con el agravante de presentarme en p&uacute;blico sin bolsito multiusos colgado en bandolera, como todo el mundo hace por estas fechas veraniegas. Algo imperdonable. </font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Los celadores, tras una primera observaci&oacute;n desde&ntilde;osa, se dedicaron a escrutar mi aspecto trasnochado, y a mi persona en general, como portador de una mirada huidiza, una muestra evidente de mi car&aacute;cter sospechoso.<span>&nbsp; </span>De ah&iacute; pasaron a los hechos, zarandeando mi cuerpo cuando uno de aquellos funcionarios me tom&oacute; por la solapa.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Oye t&uacute;, espabila &ndash;grit&oacute; mi acompa&ntilde;ante, tras o&iacute;r mi nombre por los altavoces pronunciado por una voz atronadora de mujer--. &iquest;Te hab&iacute;as dormido?&nbsp;Que ya te toca. A la consulta tres. Tu problema es que tomas demasiado el sol y luego no te rige bien la cabeza.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">El m&eacute;dico de guardia indag&oacute; en mis dolencias sin mirarme a la cara.<span>&nbsp; </span>Que si dolor de articulaciones, fiebre, tos seca. Yo no acertaba a responder, apenas asent&iacute;a. Mi mirada merodeaba por las cuatro paredes del consultorio, un habit&aacute;culo con dos puertas de<span>&nbsp; </span>salida a dos pasillos diferentes, que me hicieron recordar aquello de por un o&iacute;do me entra y por otro me sale.&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Lo suyo no es nada importante, quiz&aacute;s un golpe de calor, sentenci&oacute; el facultativo, vestido de pijama verde.&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Con las mismas, garabate&oacute; algo en un formulario para recetas, y se dispuso a librarse de m&iacute;.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--T&oacute;mese esto y beba mucha agua. &iexcl;Ah!, y p&oacute;ngase algo fresco, hombre. &iquest;No ve que con esa indumentaria le va a dar algo&hellip;?</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp; </span>Pens&eacute; entonces en los fumadores perseguidos<span>&nbsp; </span>por doquier, que acaban escondidos en alg&uacute;n oscuro retrete para satisfacer sus necesidades adictivas, y el humo acaba delat&aacute;ndolos.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>El humo eran mis calcetines negros.</font></span></p>]]></content>
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	<author>
		<name>José Manuel Fernández Ruiz</name>
	</author>
	<title>Mentiras piadosas</title>
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	<modified>2009-07-20T11:51:09Z</modified>
	<issued>2009-07-20T11:51:09Z</issued>
	<dc:subject>General</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/07/20/mentiras-piadosas"><![CDATA[<span style="font-size: 12pt; color: #242424; font-family: 'Times New Roman'">&nbsp;</span><br /><br /><p><strong><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></strong><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>Sostiene Alfonso Uss&iacute;a que Espa&ntilde;a es un pa&iacute;s donde los actos de todo tipo cuentan siempre con una amplia concurrencia de p&uacute;blico. Ser&iacute;a &eacute;sa una explicaci&oacute;n a la facilidad que tenemos para encumbrar a determinados personajes, con independencia de sus m&eacute;ritos. Por lo que se ve, el conocido columnista nunca ha visitado Ja&eacute;n.</font></span><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>Se trate de una conferencia, la presentaci&oacute;n de un libro, un recital po&eacute;tico o cualquier otra manifestaci&oacute;n cultural organizada aqu&iacute; con car&aacute;cter gratuito, no hay manera de que se completen las dos primeras filas de un modesto sal&oacute;n, si en la convocatoria no se anuncia convenientemente que, al final, se servir&aacute; la consabida copa de vino espa&ntilde;ol. No est&aacute; la vida para p&eacute;rdidas de tiempo, pensar&aacute; la gente o, lo contrario, no est&aacute;n los tiempos para ir desperdiciando la vida en acontecimientos est&eacute;riles.</font></span></p><p><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">No se puede generalizar, pero ocurre que nos solemos preocupar m&aacute;s por el eco de los eventos que por el contenido de &eacute;stos. Si se tuviera en cuenta la idiosincrasia de nuestros cong&eacute;neres, algunos sonoros fracasos no se producir&iacute;an. No es que importe mucho, a fin de cuentas en el curr&iacute;culum de cada cual s&oacute;lo figurar&aacute; que fue ponente en tal ocasi&oacute;n o invitado por tal instituci&oacute;n, no cu&aacute;nto p&uacute;blico acudi&oacute; a escucharle. <span>&nbsp;</span>Tan es as&iacute;, que casi nunca se suspende un acto por la ausencia de p&uacute;blico, a no ser que el que falte sea el actor principal. En muchas ocasiones, una conferencia se acabar&aacute; convirtiendo sobre la marcha en una mesa redonda, con total intervenci&oacute;n del auditorio (una o dos personas) y asunto resuelto. Van pocos y, adem&aacute;s, los que van tienden al protagonismo. En fin, que todos contribuyen a chafar el acto.</font></span><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">No es de extra&ntilde;ar, as&iacute;, que algunas convocatorias parezcan de asistencia obligatoria, si el que las realiza es un organismo con amplia n&oacute;mina de personal, civil o militar. Alg&uacute;n teniente coronel de la Comandancia de Ja&eacute;n, ya jubilado se entiende, podr&iacute;a atestiguarlo: &iquest;cu&aacute;ntos actos han podido celebrarse con el cartel de aforo completo, gracias a instrucciones de alg&uacute;n alto cargo con mando en plaza para que as&iacute; fuera? Una gobernadora, recuerdo yo, no organizaba nada sin la garant&iacute;a de que el recinto estuviera a reventar, aunque fuera de personal uniformado, ante la convicci&oacute;n de que el personal civil pasar&iacute;a ol&iacute;mpicamente de asistir a la cita, a&uacute;n a riesgo de recibir el cese fulminante.</font></span></p><p><span style="color: black; font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-size: 12pt; color: black; font-family: Arial">Luego est&aacute; la complicidad de los medios de comunicaci&oacute;n, factor indispensable si se pretende que el acontecimiento quede reflejado con brillantez en una cr&oacute;nica de sociedad. Al igual que las circunstancias anteriores, lo de menos suele ser el contenido. Parece como si se diera por hecho que una puesta en escena, y su parafernalia, s&oacute;lo fueran necesarias si el <span>&nbsp;</span>acto resulta ser un tost&oacute;n, como pasa a veces.<span>&nbsp; </span>Es el caso de las mentiras piadosas que suelen escribir los periodistas, en aras del vigor cultural, tan piadosas que no merecen siquiera un acto de contrici&oacute;n. Lo curioso es que en estos casos no se ponga en entredicho la labor del mensajero, como acostumbramos hacer en otros asuntos.</span></p>]]></content>
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