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	<title>Al otro lado del espejo</title>
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	<description>Recopilación de artículos periodísticos de contenido social y cultural</description>
	<dc:language>es</dc:language>	<dc:date>2009-11-22T10:32:04Z</dc:date>
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<item rdf:about="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/11/22/el-aparato-y-el-partido">
	<title>El aparato y el partido</title>
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	<dc:date>2009-11-22T09:35:02Z</dc:date>
	<dc:creator>José Manuel Fernández Ruiz</dc:creator>
	<dc:subject>Comentarios</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">No tiene nada que ver, pero resulta ilustrativa esta historia respecto a acontecimientos de enorme actualidad. Siempre me viene a la memoria cuando oigo a alg&uacute;n dirigente pol&iacute;tico pedir prudencia o discreci&oacute;n a los periodistas, cuando lo que se pretende en realidad es que<span>&nbsp; </span>determinadas informaciones no vean la luz, algo que se est&aacute; volviendo muy habitual en nuestros d&iacute;as. Unos exhiben razones de Estado y otros, otro tipo de argumentos, por lo que se ve, de un calibre menor, pero igualmente poderosos.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>El caso a que hago menci&oacute;n, circula desde hace a&ntilde;os como leyenda urbana para regocijo de unos e indignaci&oacute;n de otros, seg&uacute;n las afinidades pol&iacute;ticas de cada cual. Desde luego, parece imposible certificar su veracidad. Todo el mundo le concede credibilidad al relato,&nbsp;por los muchos elementos reales&nbsp;mencionados en el mismo, o quiz&aacute;s porque ven aqu&iacute; reflejada la naturaleza humana, lo que obliga a pensar&nbsp;que la&nbsp;versi&oacute;n, al menos, parece&nbsp;veros&iacute;mil, entre otras razones, porque nadie suele igualar en inventiva a la propia naturaleza.&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">El suceso hace referencia a un alcalde que sufri&oacute; los efectos indeseables de cierta p&iacute;ldora de color azul, cuando se hallaba en compa&ntilde;&iacute;a de una se&ntilde;ora a la que frecuentaba de forma clandestina, peluquera ella por m&aacute;s se&ntilde;as, se aseguraba, como si a este gremio pudieran atribuirse alegremente comportamientos que no son identificables en otros profesionales.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>La prolongaci&oacute;n indefinida del estado gozoso, produjo primero en el edil ciertas incomodidades que luego fueron agrav&aacute;ndose al comprobar que aquello, lejos de desistir, cada vez adquir&iacute;a una consistencia mayor. Saltaron entonces las alarmas en el nido amoroso y no tuvieron otra que requerir ayuda facultativa, en vista de los s&iacute;ntomas, tan espectaculares como dolorosos. </font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Total, que nuestro personaje y su compa&ntilde;era<span>&nbsp; </span>avisaron a los servicios sanitarios como &uacute;ltima medida a tan inc&oacute;moda e &iacute;ntima crispaci&oacute;n, no sin antes haber probado con ba&ntilde;os fr&iacute;os, masajes y toda clase de ap&oacute;sitos. </font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">La ambulancia se person&oacute; inmediatamente en el domicilio donde no esperaba ser hallado el alcalde, y al comprobar las asistencias de qui&eacute;n se trataba y las caracter&iacute;sticas de su mal, no tuvieron por menos que tomarse el asunto con cierta parsimonia y aplicar al servicio todo tipo de protocolos y garant&iacute;as de procedimiento, no fuera que el incumplimiento de la normativa sobre urgencias la sufriera en sus carnes una primera autoridad local, y para qu&eacute; m&aacute;s l&iacute;o el que se hubiera podido formar.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>El alcalde, en aquel trance, observ&aacute;ndose tan desarmado, en sentido figurado, claro, no alcanzaba sino a pedir &ldquo;discresi&oacute;n&rdquo; a las asistencias, m&eacute;dico, ATS, conductor y camilleros, requerimiento que no consigui&oacute; sino el efecto contrario al deseado: como en una cabalgata de feria, fue paseado por toda la ciudad, cubierto con una manta que no dejara ver sus verg&uuml;enzas en erecci&oacute;n, pero con todas las sirenas, focos y luces de la ambulancia encendidos y a todo trapo, con lo que el accidente rijoso a punto estuvo se salir en la portada de todos los peri&oacute;dicos nacionales o ser retransmitido por alguna televisi&oacute;n local, en horario no infantil.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Por mucha &quot;discresi&oacute;n&rdquo; que se aplicara al asunto, nadie pudo evitar que todo el vecindario supiera al d&iacute;a siguiente la peripecia del alcalde, con pelos y se&ntilde;ales, as&iacute; como la identidad de su amiga secreta, que ya dej&oacute; de serlo a consecuencia del esc&aacute;ndalo.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>Bueno, dej&oacute; de ser secreta la amiga del alcalde y dej&oacute; tambi&eacute;n de ser vecina de la <span>&nbsp;</span>localidad, porque tuvo que marcharse a vivir a otro pueblo.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;El alcalde tambi&eacute;n dej&oacute; de ser alcalde, aunque todos atribuyeron el fin de su carrera pol&iacute;tica a sus malas relaciones con el aparato del partido, lo cual, seg&uacute;n<span>&nbsp; </span>esta versi&oacute;n, constituye toda una falsedad. <span>&nbsp;</span>Porque la culpa no la tuvo el aparato del partido, la culpa la tuvo su propio aparato.</font></span></p>]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/11/13/baeza-mon-amour">
	<title>Baeza, mon amour</title>
	<link>http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/11/13/baeza-mon-amour</link>
	<dc:date>2009-11-13T09:27:31Z</dc:date>
	<dc:creator>José Manuel Fernández Ruiz</dc:creator>
	<dc:subject>Comentarios</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Definitivamente, parece que se le van los humos a Baeza, o eso he le&iacute;do. Las autoridades municipales y el propietario de la factor&iacute;a que enturbia los aires de la ciudad Patrimonio de la Humanidad, han llegado a un acuerdo para trasladar esa industria contaminante al Puente del Obispo, un pueblo de al lado pero lo suficientemente alejado como para que el tufo ole&iacute;cola no espante a los turistas. Sin duda ser&aacute; para bien, pero la ciudad parecer&aacute; otra, no s&eacute; si al final no se arrepentir&aacute;n. Estoy bromeando, claro.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Lo cierto es que esa espesa niebla en invierno, vapores emitidos por la secadora de orujo,<span>&nbsp; </span>otorgaba cierto aire de misterio a la ciudad. Las farolas del barrio que circunda el casco antiguo, por el que Baeza se asoma al valle del Guadalquivir, irisan al atardecer sus destellos de luz como una invitaci&oacute;n para adentrarse en la bella realidad monumental que atesora, como si fuera una realidad de otro tiempo. Si me apuran, el olor de almazara completa una sensaci&oacute;n de atemporalidad y de geograf&iacute;a rural a una ciudad, quer&aacute;moslo o no, que no puede oler a otra cosa. <span>&nbsp;</span>Baeza, toda la provincia, huele a eso y no nos debemos avergonzar.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Quiero decir que no s&eacute; si hacemos bien en plegarnos tan r&aacute;pidamente a los deseos de esa cohorte de funcionarios de la UNESCO que peri&oacute;dicamente nos visita, teatralizando una inquietud medioambiental que s&oacute;lo se exterioriza por motivos tur&iacute;sticos. Digo yo que el problema es problema, no porque lo digan esos inspectores, sino porque lleva a&ntilde;os atosigando a todo un pueblo y poco se han preocupado las autoridades de ponerle soluci&oacute;n.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">A mi, particularmente, me horroriza m&aacute;s la silueta de ese engendro industrial situado como portada de la ciudad que los olores que desprende. Sin embargo, todo apunta a que la planta permanecer&aacute; en el mismo lugar, s&oacute;lo con funciones de almazara. Puestos a hacerlo bien, tal vez nos hemos quedado cortos. La contaminaci&oacute;n visual puede resultar tan inquietante como la otra.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Digo todo esto a cuento de nuestra idiosincrasia provinciana: tan dispuestos siempre a complacer al visitante como reacios a ponerle remedio a situaciones tremebundas cuando afectan al paisano que tenemos m&aacute;s cerca.<span>&nbsp; </span>Esa forma de actuar, a impulsos de conveniencia localista, puede que haya significado muchos &eacute;xitos hist&oacute;ricos<span>&nbsp; </span>para esta tierra, de forma puntual, pero refleja una indudable falta de personalidad colectiva que nos condena, permanentemente, a la sumisi&oacute;n y el victimismo: sea a la UNESCO de turno o al se&ntilde;orito con dineros de toda la vida. &iexcl;Baeza, <em>mon amour</em>, ya nada ser&aacute; lo mismo!</font></span></p>]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/11/11/un-velatorio-accidentado">
	<title>Un velatorio accidentado</title>
	<link>http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/11/11/un-velatorio-accidentado</link>
	<dc:date>2009-11-11T13:10:39Z</dc:date>
	<dc:creator>José Manuel Fernández Ruiz</dc:creator>
	<dc:subject>Reportajes</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">A los entierros asiste uno por compromiso, la mayor&iacute;a de las veces. Parece como si nos quedara una cuenta pendiente que saldar si no acudimos a consolar a los familiares de un difunto en d&iacute;a tan se&ntilde;alado. Adem&aacute;s, suele ser ese tipo de actos sociales donde pasan lista y a los que faltan se lo tienen en cuenta toda la vida. Por gusto, nadie ir&iacute;a.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>La primera vez que fui a uno, marc&oacute; mi existencia para los restos. Pens&eacute;, ni uno m&aacute;s, pero luego no he podido sustraerme a la inercia social a que se asocian, y ya llevo unos cuantos. Adem&aacute;s, la gente suele ir a los entierros menos tristes, los que suceden a una defunci&oacute;n que reclama la propia naturaleza, para luego liarse de copas. Los otros, prefiere uno ahorr&aacute;rselos. Y si encima los deudos no expresan demasiado dolor o desesperaci&oacute;n, les decimos, eufem&iacute;sticamente, que est&aacute;n muy enteros, que es como criticar la entereza como poco apropiada para estos casos. Otros <span>&nbsp;</span>entierros, los que no son de parientes ni de amigos, corren el riesgo de ser hasta divertidos, a&uacute;n con el mal trago, claro, si uno no los sufre en primera persona.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Con mis colegas de entonces, J. y M. asistimos una noche al velatorio de una se&ntilde;ora que hab&iacute;a sido la suegra de otro compa&ntilde;ero, o sea, un rollo. La difunta habitaba (hab&iacute;a habitado para ser exactos) una casa del barrio de Bel&eacute;n y San Roque, en Ja&eacute;n, una vivienda de peque&ntilde;as habitaciones e intrincada escalera para unir sus dos plantas. Nada m&aacute;s llegar, y encontrando ocupados todos los asientos, los tres optamos por acomodarnos sobre un poyete situado a un extremo del sal&oacute;n, y adecentado con una manta. A esto que comenzaron a contar los chistes habituales para estas ocasiones y, mir&aacute;ndonos, a la gente cada vez les daba m&aacute;s risa. Por momentos nos anim&aacute;bamos m&aacute;s y m&aacute;s. S&oacute;lo con mirarnos,<span>&nbsp; </span>todos los asistentes acababan soltando una carcajada, y los chistes no eran para tanto. C&oacute;mo no ser&iacute;a la escandalera, que uno de los familiares de la fallecida, que a&uacute;n se encontraban en la planta de arriba, baj&oacute; al sal&oacute;n a ver lo que pasaba, y fue &eacute;l quien se encarg&oacute; de explicarnos la fiebre desternillante de aquel p&uacute;blico. Se acerc&oacute; hasta nosotros y, levantando la manta del poyete, nos mostr&oacute; lo que se ocultaba debajo:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--&iquest;Es que no ten&eacute;is otro sitio para sentaros que encima del ata&uacute;d?</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Ni que decir tiene que aquel era el &uacute;ltimo lugar en donde hubi&eacute;semos situado el habit&aacute;culo de la muerta. Con una agilidad pasmosa (las risas ya deb&iacute;an o&iacute;rse a kil&oacute;metros de all&iacute;) saltamos del aposento a la calle, de un traspi&eacute;s. El deudo, no contento con nuestra cara de arrepentimiento, se propuso que complet&aacute;ramos la noche con una acci&oacute;n solidaria, a modo de redenci&oacute;n por nuestra falta de respeto:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Ya que est&aacute;is aqu&iacute;, y sois tan buenos mozos, pod&iacute;ais ayudarme a subir la caja al dormitorio, donde est&aacute; la difunta.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">A mi se me hel&oacute; la sangre en las venas. Los tres nos miramos, a ver si alguno encontraba alguna excusa. Lo cierto es que al instante, nos vimos haciendo maniobras para tratar de subir el ata&uacute;d a la planta de arriba, algo que se comprob&oacute; a todas luces imposible. No cab&iacute;a por la escalera.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Bueno, no tendremos m&aacute;s remedio de hacerlo al rev&eacute;s, terci&oacute; el deudo.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Al rev&eacute;s consist&iacute;a en lo que tem&iacute;amos: descender a la muerta hasta el sal&oacute;n tendida sobre una manta, una operaci&oacute;n por lo que se vio, tan complicada o m&aacute;s que lo de la caja. A los dos m&aacute;s altos, para compensar el desnivel, nos toc&oacute; la parte de los pies de la difunta, hacia donde por efectos de la gravedad se deslizaba todo el cuerpo. Primero probamos a sujetarla cogiendo s&oacute;lo los picos de la manta, pero la estrechura de la escalera nos hizo que los cuatro acab&aacute;ramos abrazados a la abuela, eso s&iacute;, todos mirando hacia otro lado y a punto por eso de rompernos la crisma varias veces. La maniobra concluy&oacute; sin novedad ante el regocijo de una concurrencia a la que s&oacute;lo falt&oacute; aplaudir a los animados voluntarios, a esas alturas con una palidez de rostro mucho<span>&nbsp; </span>mayor que la de la interfecta.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Fue &eacute;se el d&iacute;a en que jur&eacute; y perjur&eacute; que nunca volver&iacute;a a ir a un entierro. </font></span></p>]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/10/15/la-dignidad-de-un-cadaver">
	<title>La dignidad de un cadáver</title>
	<link>http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/10/15/la-dignidad-de-un-cadaver</link>
	<dc:date>2009-10-15T09:29:07Z</dc:date>
	<dc:creator>José Manuel Fernández Ruiz</dc:creator>
	<dc:subject>Reportajes</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Lejos de lo que pudiera pensarse, los forenses no suelen ser personas a las que el fen&oacute;meno de la muerte les tenga despreocupados. El hecho de manejar a diario los cuerpos sin vida de otros paisanos, yo creo que no les hace perder sensibilidad ni respeto hacia ellos o sus restos<span>&nbsp; </span>mortales, sino todo lo contrario. Quiz&aacute;s sea una forma instintiva de compensarles por el hecho de pasar por sus manos en la disecci&oacute;n que supone la autopsia. Repito, la humanidad del forense no debe quedar jam&aacute;s en entredicho. Yo lo puedo atestiguar desde aquel suceso que tuve que cubrir para el peri&oacute;dico, un suceso que conmocion&oacute; a Ja&eacute;n y salt&oacute; a la mayor&iacute;a de los medios nacionales.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">La noticia era realmente truculenta. Un hombre mayor, que trabajaba como conserje en una residencia de ancianos regentada por una congregaci&oacute;n de monjas, se hab&iacute;a suicidado no sin antes amenazar con su escopeta a la superiora y encaramarse al tejado del edificio, presa de la desesperaci&oacute;n. Al parecer, sus ideas pol&iacute;ticas no congeniaban con las creencias de las religiosas, y &eacute;stas no desaprovechaban la menor ocasi&oacute;n para expresarle su desprecio<span>&nbsp; </span>y hacerle la vida imposible, tal vez queriendo forzar su despido. Un d&iacute;a, harto de la situaci&oacute;n, amenaz&oacute; con llevarse por delante a todo el claustro, pero al final, s&oacute;lo dirigi&oacute; su c&oacute;lera contra s&iacute; mismo, descerraj&aacute;ndose un tiro en el rostro que acab&oacute; con su existencia, en un &uacute;ltimo acto supremo de protesta.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Entre la opini&oacute;n p&uacute;blica circularon dos versiones distintas: una, la de aquellos que se apiadaban del suicida y censuraban el comportamiento de las hermanas; otra, la de las personas muy cristianas, para las que la acci&oacute;n del conserje de amenaza contra las monjas no pod&iacute;a justificarse de ninguna manera.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>El caso es que aquello era tema informativo, sobre todo la foto del cad&aacute;ver,<span>&nbsp; </span>por el morbo de comprobar los efectos de un disparo de escopeta de caza en la cara de una persona. Acompa&ntilde;ado del fot&oacute;grafo, me fui hasta el dep&oacute;sito de cad&aacute;veres, donde no result&oacute; nada dif&iacute;cil colarse dentro, ante mi sorpresa. All&iacute; sobre una mesa desvencijada, se hallaba el cuerpo del conserje, a&uacute;n con el uniforme de trabajo, pero en estado lamentable. Su rostro no exist&iacute;a. Apenas<span>&nbsp; </span>un ojo, y fuera de su &oacute;rbita,<span>&nbsp; </span>colgando sobre una masa informe de carne, era todo lo que quedaba en esa zona de su anatom&iacute;a. Un desagradable olor a carne quemada,<span>&nbsp; </span>terminaba de convertir la escena en una c&aacute;mara de los horrores.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">El fot&oacute;grafo se apresur&oacute; a tomar la imagen, tratando por todos los medios de no tener que mirar al muerto, es decir, con los ojos cerrados, algo imposible. Yo mientras tanto, opt&eacute; por volverme de espaldas, evitando soltar el v&oacute;mito all&iacute; mismo. Un trance terrible.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">En esto, apareci&oacute; el forense,<span>&nbsp; </span>que comenz&oacute; a gritarnos:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Por Dios, &iquest;no os da verg&uuml;enza?, &iquest;es que no sent&iacute;s respeto por este pobre hombre? Los periodistas sois chacales&hellip;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Nosotros no pod&iacute;amos sino asentir con la cabeza, apesadumbrados, sin decir ni p&iacute;o. El forense segu&iacute;a con su monserga mientras pon&iacute;a en orden aquel cuerpo desmadejado: aboton&oacute; su traje, apret&oacute; la corbata y coloc&oacute; el cuello y los pu&ntilde;os de la camisa, al tiempo que entrelazaba los dedos de las manos para que reposaran sobre el pecho. Concluida la operaci&oacute;n, todo esto sin dejar de argumentar sobre los excesos de la clase period&iacute;stica, dijo:</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">--Ya est&aacute;. Ahora s&iacute; est&aacute; en condiciones. Ya pod&eacute;is tirarle las fotos. Nada como la dignidad de un cad&aacute;ver.</font></span></p>]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/10/08/el-difunto">
	<title>El difunto</title>
	<link>http://elportachuelo.bitacoras.com/archivos/2009/10/08/el-difunto</link>
	<dc:date>2009-10-08T09:28:30Z</dc:date>
	<dc:creator>José Manuel Fernández Ruiz</dc:creator>
	<dc:subject>Reportajes</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Desde muy joven me han producido repulsi&oacute;n los entierros, mejor dicho, los velatorios, esa liturgia que nos permite hacer m&aacute;s llevadero el trance <span>&nbsp;</span>a quienes han perdido a un ser querido. Se dice que compartiendo la pena, se libera a los deudos de una tristeza que, en soledad, se volver&iacute;a de un dolor insoportable. Mi rechazo at&aacute;vico de la muerte, alcanz&oacute; el grado de irremediable una noche que jugaba con otros chavales en la calle, a las puertas de mi casa en &Uacute;beda, y asist&iacute; por accidente a uno de estos ceremoniales.</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3"><span>&nbsp;</span>La vivienda de al lado albergaba una taberna de vino del pa&iacute;s, esas cuya cosecha procede del fruto de una vendimia familiar, cuando tocaba la temporada. Todo el mundo identificaba las fechas porque colgaban del balc&oacute;n principal un manojo de hojas verdes de parra. Por eso estaba yo acostumbrado a ver trasiego de personas y murmullo de gentes en ese portal. Incluso, con cierta frecuencia,<span>&nbsp; </span>me enviaba mi padre, con una botella, a traerle vino para nosotros. </font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Aquella noche, digo, jugando al escondite no se me ocurri&oacute; otra cosa que ocultarme en aquel portal, sin importarme a mi lo que all&iacute; se coc&iacute;a. Con la excitaci&oacute;n del juego, no advert&iacute; <span>&nbsp;</span>que el ritual de los presentes, en apariencia el mismo que el de un bar, por el tono de las conversaciones,&nbsp;poco ten&iacute;a que ver con el trasiego de vinos ni nada por el estilo, sino todo lo contrario. Nada percib&iacute; de extraordinario hasta que, al volver la vista, me encontr&eacute; ante un catafalco ocupado por&nbsp;el cad&aacute;ver de un anciano, en medio de la l&uacute;gubre habitaci&oacute;n, por si fuera poco, custodiado por cuatro velas encendidas.</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;</font></span><span style="font-family: Arial"><font size="3">Cual no ser&iacute;a mi grito, que todos los asistentes al velorio creyeron advertir alg&uacute;n suceso extra&ntilde;o y saltaron de sus asientos como un resorte. Yo corr&iacute; todo lo r&aacute;pido que me fue posible hasta refugiarme en&nbsp;mi casa y, tras de mi, instintivamente, aquel grupo variopinto de personas que desconoc&iacute;an la causa de la estampida y que acabaron por dejar solo y abandonado al pobre difunto. </font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">Fue aquella una escena de confusi&oacute;n total que se prolong&oacute; durante un buen rato. Unos a otros se miraban desconcertados, interrog&aacute;ndose sobre la raz&oacute;n del tumulto, sin mediar palabra. Los rostros desencajados, nadie sab&iacute;a qu&eacute; decir.&nbsp;</font></span></p><p><span style="font-family: Arial"><font size="3">&nbsp;La normalidad del velatorio s&oacute;lamente se recuper&oacute; cuando todo el vecindario (ya no eran los dolientes sino un buen n&uacute;mero de los habitantes de la calle) se cercior&oacute; de que nada extraordinario hab&iacute;a turbado la paz de esa triste familia,&nbsp;y que el cad&aacute;ver segu&iacute;a ocupando un lugar preferente en el portal, dentro del ata&uacute;d. Eso s&iacute;, ninguno volvi&oacute; a acomodarse sentado cerca del catafalco, sino a una distancia prudencial, en las inmediaciones de la puerta de la calle. Por si acaso.</font></span></p>]]></content:encoded>
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